Estampas

1932

Detesto esa música popular (cubana y latinoamericana y del mundo entero si nos ponemos a ver), que se dedica a cantar las bonanzas y la superioridad del terruño y de los campesinos que, en esas canciones, mientras más analfabetos más envidiables y dignos. La tierra y la miseria les inoculan una gran nobleza, se entiende. Yo mismo he visto un millón de campesinas y labradoras muy feas pero en esas canciones no aparecen nunca, todas las mujeres en esas canciones son bellísimas y son un primor y tienen labios de coral y son como vestales o cualquier otra barbaridad.

Hay miles de canciones sobre las maravillas del campo cubano y sus habitantes, por hablar de un fenómeno que conozco. Que si el buey, que si las palmas (¡las espantosas palmas!), que si el arroyuelo cantarín. Espeluznante. El campo cubano es horroroso, como todos los campos, qué les puedo decir. Garrapatas, chinches, parásitos, alacranes, guasasas, sé de lo que hablo porque he sufrido en carne propia (que diría un literato) a todos esos molestos, y peligrosos, bichos.

Miles de canciones mentirosas, que si la guajira esto que si el guajiro lo otro. Pavoroso. Todo campesino sensato queriendo escapar del campo y cantantes y guitarreros cantando sin parar las maravillas del campo.


Es lo que me viene a la cabeza mientras pinto y escucho esa música a salvo, muy lejos del campo, naturalmente.

1931

En el lobby del Hotel Mandarín véanme sentado en un gran sofá feo, pero incómodo. La decoración es de esas llenas de cosas relucientes mucho espejo y los cuadros atroces. Por qué los decoradores se gastan el dinero en esos bodrios y no en buena pintura es algo que siempre me ha llamado mucho la atención.

Hemos venido a comer en el hijo de Aponiente que ha abierto hace poco aquí y a beber manzanillas y finos y todos los suntuosos, fabulosos quise decir, vinos de Cádiz. La comida excelente, pero no a la altura del Aponiente del Puerto de Santa María, donde las tardes suelen hacernos inmortales.

Hablamos de sexo, ya saben ustedes que yo siempre termino hablando de sexo, porque me gusta, pero sobre todo porque es el único tema verdaderamente importante.

Como a medianoche, ya saciados y bastante borrachos, nos vamos al Tirsa. A seguir bebiendo (yo mariconerías y los demás gin tonics) pero también a iniciar la ceremonia de la despedida. Una despedida que durará hasta fin de año porque cierra el Tirsa. La decadencia de las ciudades se aprecia claramente en estos casos. Una ciudad que tiene un Tirsa y que se permite cerrarlo es una ciudad que se degrada y se vulgariza sin remedio.

Hago esa foto.

1930

Y ya que hablo de jerigonzas releo a veces algo que he escrito y comprendo lo bien que me ha venido, para hablar de temas sexuales, la jerigonza española. La jerigonza cubana, aunque pensándolo bien la cubana no es ni jerigonza es un dialecto de una jerigonza en cualquier caso, me resulta chirriante y vulgar y como que destila cierta bajeza. Singar, por ejemplo, me cuesta escribirlo. Sin embargo follar me sale como si nada. Es una palabra bonita follar, así como gilipollas que me encanta y chorrada qué palabra estupenda para no hablar de fardar qué linda.

Pero. No soporto polvo que es una palabra muy desafortunada y hasta estúpida para designar el acto humano supremo, tampoco tío, que los españoles sueltan cada dos por tres y que los hace lucir como analfabetos y como subnormales a mi modo de ver.

Lo mejor es ir mezclando de aquí y de allá y escribir naturalmente sin respeto alguno por regla o convención y escribir como a uno le dé la gana y sobre todo escribir sabiendo muy bien que no hay nada sagrado.

1929

El periodista Sostres se ha declarado hijo del delincuente Pujol y reivindica en un artículo publicado en una hoja parroquial subvencionada su orgullo tribal. El periodista Sostres tiene razón cuando afirma que Pujol el Viejo es el máximo responsable de la involución catalana: de ciudadanos libres a monos abanderados. El periodista Sostres, aclaremos, habla de la involución catalana como si fuese una gran cosa y no la degradación que es.

Pujol el Viejo organizó, financió (con dinero español, mayormente) y alimentó durante tres décadas, (con gran ayuda de una suicida negligencia gubernamental española) la reconstrucción tribal catalana. Que se había diluido bastante, por fortuna, en la marea civilizadora de la llamada Transición. Hubo generosidad allí, pero también ingenuidad criminal de parte de los que creyeron que se podía contentar a los jefes de tribu catalanes y vascos. No se puede esperar limpieza ni altitud moral de un nacionalista, es decir de un mono tribal, pero los políticos españoles de aquel momento prefirieron contentar al mono tribal, y así nos va.

La obra de Pujol el Viejo ha traído como consecuencia generaciones de catalanes nacionalistas cada vez más tribales, xenófobos y engreídos, gente pito fláccida, llorica y sentimental que pretende convertir el folklor catalán y la jerigonza catalana en algo sagrado.

De ahí Sostres.

1928

Ya en el AVE voy pensando en la elegancia de Madrid y en su aire fino y como regreso a Barcelona no puedo dejar de pensar en la vulgaridad butifarresca que se ha ido apoderando de lo que, antes, fue una ciudad tan bonita. Es cierto que Barcelona es Gaudí y poco más, pero, cuando llegué hace casi veinte años, tenía cierto encanto. Una ciudad de provincias, es verdad, pero amable y que parecía ir civilizándose. Pero. Un siniestro proyecto tribal ha destruido ese impulso civilizador que era evidente hace veinte años y hoy se ha reducido a un borboteo grotesco profusamente abanderado y al sonido gutural de una tribu y se ha reducido a un sentimentalismo flatulento. Es lo de Cuba, pero con comida, por ahora, y en plan la Banda de la Butifarra y no La Gran Revolución Proletaria.

El paisaje corre raudo y me alejo de la bella Madrid una ciudad donde se come y se folla espléndidamente una ciudad que es una ciudad y su luz grandiosa y su gente acogedora y una ciudad que resuma diversidad y civilización y una ciudad que se ha propuesto, resulta evidente, alejarse de la caverna.

Y yo aquí volviendo al proyecto tribu y a sus monos patrióticos en el poder, santocielo.

1927

Una gran ciudad es aquella en la que puedes ver la Colección Abelló y luego dar un delicioso paseo de apenas diez minutos por avenidas espléndidas y ver a Sorolla en la Fundación Mafre.

Con Sorolla me pasa siempre lo mismo, transcurrido el primer impacto luminoso de su extraordinaria habilidad para el color y la luz, me digo que es algo provinciano. Bacon o Picasso quieren decirnos quiénes somos y quiénes podemos ser, intentan cambiar la forma en que vemos el mundo; Sorolla se conforma con la anotación local. Rutilante anotación local, eso sí. Pero. Carente de ambición. Si la pintura es un instrumento de transformación de la cultura humana y de la especie (que lo es, creo), entonces no puede reducirse a retratar hermosamente la realidad. Bueno, puede, y con excelentes resultados pictóricos como Sorolla demuestra.

Pero haciéndolo renuncia a su propósito fundamental.

1926

En la Colección Abelló hay muchas obras maestras pero donde yo me detengo largo rato es ante la Niña con vestido rojo (Dolly, hija del pintor) de Kees Van Dongen. Y eso que hay un formidable tríptico anaranjado de Bacon y un Modigliani tibio y sonoro y un trémulo Van Gogh y unas teticas delicadas de Balthus. Pero. Van Dongen. Ahora pienso que tuve frente a ese cuadro una especie de epifanía. Como si viera al fin la pintura.

Y aún no lo sé allí de pie extasiado pero cuando vuelva al estudio pintaré a Daniela como si fuese la niña de Van Dongen.

1925

Madrid es una ciudad que embellece a cada viaje. Nos alojamos en pleno barrio de Salamanca y tenemos suerte, nos tocan días de sol y el frío es muy soportable para estas fechas. Tanto que de noche abrimos los ventanales del balcón y lo veo entrar desde debajo de la manta, antes de quedarme dormido.

Hemos venido a ver la Colección Abelló, y Sorolla y Estados Unidos, superior a la primera, según me dice un amigo.

La primera noche hacemos el aperitivo en el Marcano. Nuestro Espada ordena como es natural lo mejor y me produce gran satisfacción viajar cual rémora pegado a su barriga y qué amabilidad la madrileña y qué reconfortante ver cómo los del lugar lo saludan y se preocupan por complacerlo y lo acogen como se acogerían a sí mismos. Espada es un ciudadano de España que es un país y no esa monserga de país de países, puedo verlo.

Y del Marcano, casi a regañadientes, a cenar con La Giganta. Y a mi lado en la mesa una hermosa sumisa jovencísima y pelirroja con su cinturón de castidad y todo.

Y la llave al alcance de la mano, por suerte.

1924

El estudio, noviembre.

1923

Y con el invierno como debe ser llega la última película de Iñaki Arteta sobre ETA. 1980. Arteta es un hombre que merece un monumento. Un hombre que se niega a olvidar toda esa abyección del llamado pueblo vasco más conocida como ETA.

Sí. Hay que decirlo todo. ETA no fue sólo una banda de asesinos ideologizados de izquierda, también fue (y es) un caso de suciedad moral multitudinaria.

A mí siempre me ha parecido más asqueroso, por usar una palabra suave, la complicidad de una enorme cantidad de vascos con los asesinos, que los asesinos en sí. ¿Cómo pudieron tantos vascos burlarse de los hijos de las víctimas de las madres de las víctimas de los hermanos y mujeres de las víctimas, cómo pudieron tantos, tantísimos vascos, someterlos a un acoso y a un desprecio de tal magnitud que obligó a muchos a escapar a otras regiones de España? ¿Cómo pudieron tantos políticos vascos apoyar y justificar a la banda asesina y usar sus crímenes para obtener prebendas y mayores cuotas de poder autonómico del Estado español?

Esta falla moral pesará siempre como una pesada losa sobre todo vasco honrado.

En 1980, cuando ETA convertía España y la región española llamada país vasco en un matadero, 125.000 cubanos huíamos de la dictadura castrista a bordo de frágiles embarcaciones. Y en los campos de Cuba entrenaba el castrismo a los asesinos de ETA.

Quiero decir que las víctimas de ETA son mis hermanos.

« Anteriores

Comentarios

© Juan Abreu, 2006-2011