Estampas
570
Vemos las niñas bailar. En la tierra roja del patio de la escuela. Me dice Leah que preparan la ceremonia de fin de curso. Es sexo claro pero además y fundamentalmente la conexión principal. ¡La conexión principal! Ya sé que la cultura lo es todo el escudo inventado contra la monstruosa Naturaleza lo es todo pero he aquí la prueba de que el arte ha estado desde siempre en los genes y conectado a la raja de la Nebulosa de Andrómeda.
Mueven el culo como preparando el Big Bang ahora ya sabemos de dónde salió el Universo. Negras nalgas como escuadrones de madres. Todo el baile es culo. Culo que se encrespa y late como el sol o más bien como un agujero negro y su correspondiente túnel del Tiempo. Que nadie venga a hablarme ahora de ballet, esa gimnasia para mariquitas y anoréxicas. Estoy totalmente extasiado por los culos danzantes y a punto de correrme.
Sin leche.
Una epifanía.
Y esa noche en el Serengueti a una nube le salen alas.

569
Vamos en bicicleta hacia el Lago Manyara. Atravesamos platanales, visitamos la miseria de una familia. La señora de la casa amable y culo fabuloso. Un anciano limpia peces raquíticos, nubes de moscas. Niños polvorientos. La cabaña es de fango. Le entrego un reluciente billete norteamericano a la señora. El marido distante bajito y feo muestra un estrafalario orgullo. Yo como cada vez que veo niños mocosos y barrigones de inmediato pienso en la imperiosa necesidad de matar al presidente del país. Al rato me calmo un poco e incluyo a todos los ministros en la matanza.
Esa manipulación, ese mal sabor de boca.
Volvemos a montar en las bicicletas y salimos a la intemperie. Un inmenso espacio refulgente nos separa del lago. ¡Jirafas, jirafas! Dos, cuatro, seis.
Dejamos las bicicletas y avanzamos por la pradera. Cobro consciencia de que estamos a pie de león. Es el mismo duro suelo seco que pisan las fieras cuando dan caza y matan y despedazan el que pisamos. Le pregunto a Josep, pero me tranquiliza. No vienen mucho por acá. ¡No vienen mucho! Encontramos el esqueleto de un ñú. Lo mató una familia de leones hace unos días, nos ilustra Josep. Leah, la otra joven guía sonríe beatíficamente. Nos acercamos a las jirafas.
Miren, la jirafa tiene su órgano sexual afuera. Nos advierte diligente Josep. Cierto. Agarro los binoculares y vaya órgano sexual el del jirafo. Le cuelga un buen trozo y no está más que morcillón, por lo que aprecio. La hembra jirafa también lo ha visto y se aproxima naturalmente ojo a la miradita. Leah se ríe, Josep se ríe, todos nos reímos. Me encanta esta gente.
En la distancia el lago reverbera como un montón de sal hirviente.
Allá un grupo de pescadores. Sus barcas. Estas aves rapiñando restos. Alzo la cabeza y contemplo el cielo blanco. Las montañas rodean el lago. Son de humo. A la izquierda y a unos quinientos metros las tumbadas moles de los hipopótamos. Montamos y a pedalear.
Voy detrás de Leah concentrado en su culo quién fuera ese sillín. Leah tiene los dientes afilados y la dejaría comerme. Sí, aquí, que me coma y pase esa larga lengua por mis huesos y los deje limpitos al sol.
Después de ver los hipopótamos nos vamos a comer a casa de La Mama. Platanales otra vez y agua que corre y una mata de ¡santo cielo! guanábanas y unos plátanos diminutos que se los mete uno de una sentada en la boca. La Mama cocina en un fogón de piedras y leña.
Le doy otro reluciente billete norteamericano a La Mama que es como mi Mama pero negra. La misma dulzura pero seguro me la invento.
Regresando por un terraplén sombreado vemos las niñas bailar.

568
Las mujeres tanzanas son culonas y hermosas. A los pocos días es un hecho que estoy en el país de los grandes culos. Arrancan en la cintura estrecha dichos promontorios forman un ángulo de noventa grados se elevan treinta o cuarenta centímetros de escarpada carne que en el tope ondula y luego descienden a la base de los muslos sin ceder un ápice a la gravedad y como si fuera poco es evidente por la manera en que lo llevan y mueven que estas mujeres saben que un culo así es un cerebro mejorado y una fuente ilimitada de placer y poder.
Me gustaría verlas agacharse y mear. Pienso sacando la cabeza por la ventana y con la lengua afuera.
Hay un evidente culto al culo en este país. A eso llamo yo sabiduría
Dicen que tenemos que ver los cinco grandes: elefantes, leones, búfalos, hipopótamos y jirafas. Pero es obvio que son seis los grandes. Seis.
Me trago el polvo rojo que levantan al caminar y abro al máximo las aletas.
Más adelante si me recupero hablaré de sus bocas.
Dejamos atrás la población y por fin recojo la lengua. Las praderas pasan y mientras recupero el resuello vuelvo a meditar sobre las diferencias entre la pobreza en Tanzania y la pobreza en India. En la pobreza de los indios todo es sentimental, infectado de religión. Aquí no. Me dicen que empiezan a follar a los nueve o diez años. Ese es un gran signo de sanidad mental.
No hay nada virtuoso en la religión como se sabe, sólo escarnio y embrutecimiento colectivo.
Nuestro guía y el gran todoterreno con su techo que se convierte en mirador. Ñus, gacelas Thomson, cebras, buitres, babuinos, grullas, estorninos soberbios, avestruces, árboles candelabro. Elefantes al alcance de la mano.
Leo en la guía mientras el coche poderoso sube y baja por los terraplenes una apología de Julius Nyerere. Nyerere viene a ser algo así como el padre de la Patria Tanzana. Un viejo conocido, Nyerere. Viajó a la pavorosa hace muchos años y en la ciudad de Santiago de Cuba lo recibió una conga que revela en todo su esplendor la siniestra frivolidad de los cubanos:
¡Nyerere Nyerere Nyerere!
¡Santiago te saluda sin saber quién eres!
La condición, brutal.

567
Bajo la escalerilla del avión y entro en la noche de África. La luna como la yema de un huevo. De un huevo europeo porque los huevos aquí son todo blanco. Pero todavía no lo sé. Mañana me comeré el primero en las inmensurables praderas y a mis pies allá abajo al borde de una charca beberán los elefantes, las jirafas, las cebras. La noche de África. El aeropuerto es como de película de Gregory Peck. Más pequeño que el avión que nos ha traído. Salen al paso flamboyanes y un enorme tamarindo.
Todo me resulta familiar: es aterrador
En la carretera, chozas y polvo y figuras agachadas hasta el hotel. Cuerpos rotundos, niños, perros, gallinas. Ducha y cena. La comida elemental, poca mariconada, nada de cocina, alimento. Algún chispazo como una sopa de calabaza y coco.
No puedo menos que comparar esta pobreza con la de India. Diría que esta pobreza folla y la de los indios reza. Es una gran diferencia.
El plan es salir a las praderas y las selvas al encuentro de leones, búfalos, cebras, impalas, elefantes y leopardos. Es lo que hacemos. El segundo día a la reserva de Tarangine. Moscas y leones jadeantes: devoran un búfalo.
Los observo con mis binoculares que hace tiempo como saben no me los quito ni para follar y estos días con más razón si cabe. Cabe. De la pradera sube un vaho un humo un aliento ardiente. Todo es literatura desde que bajé del avión. Ernest claro y Achebe y Tutuola pero tambien Lydia Cabrera.
Tropiezo de súbito con el árbol de Saint-Exupéry. Qué gran emoción.
Noche. El bungalow donde dormimos es de tela una especie de velamen sobre una plataforma elevada. La madera de la plataforma es negra. Custodiará el lugar un guerrero masai por si las fieras. El guerrero masai lleva un largo cuchillo un arco y dos fechas. En la madrugada escucho el desplazarse de los elefantes y el ruido inclasificable de las hienas: cualquier cosa excepto la famosa risa de las hienas. Huele a campo un olor que había olvidado. Me despierto a las cuatro y veo al masai de pie en el sendero y la habitación es una nave y el mastil es mi pito y las velas mi corazón.

566
El angelical P. y La Pez siguen rumbo a Brindisi. Antes, comemos en el comedor tipo nave espacial del hotel y bebemos un estupendo vino blanco alemán.
Sí, basta de esnobismo. Alemán.
Adiós, adiós, que el dios de la aventura los acompañe.
Nosotros otra vez al ferry y a Messina donde abordaremos un tren con destino a Palermo. Pasaremos la noche aquí, junto al mar. Oigan esto: mamar es hoy diferente. Tiene una connotación épica. Hay un antes y un después de los guerreros de bronce. Medito mirando la mole negra del Etna sobre cómo ha influido la visita a las esculturas en esta actividad medular.
Y todavía hay quien dice que el arte no modela la vida.
Cenamos rodeados de japoneses y allá costurones de espuma.
Mañana el tren cancaneará contra el aire caliente bordeando la costa. Y de noche volaremos a casa.

565
Hemos venido a ver los Bronces de Riace. Los encontraron en el mar. Ahora los están restaurando. En el Palazzo Campanella. Entramos. Los hallamos tendidos sobre unos soportes a prueba de terremotos. Como si no se supieran defender.
Santo cielo, aquí estoy. Vengo del infierno pavoroso, fugitivo desde mi adolescencia así que lo primero que hago al poner sobre ellos mis ojos es dar gracias al Dios de los Parias. El único que existe.
Mira, mira: uno es lo que ve.
Qué hombres. Guerreros de ojos de pájaro culos apoteósicos pitos de niño y dientes de plata. ¿Por qué pitos de niño? Lo sabían todo de la armonía y la proporción y los ideales quién soy yo para disentir. Pero aún así digo que estarían mejor con sus pollas adultas. Varoniles, cabezonas. Yo se las hubiera puesto morcillonas. Por la inminencia de la batalla. Oscilantes en cuanto el espectador posara la devota mirada.
Perdóname Fidias, o quien haya sido.
En los televisores explican los pormenores del rescate, la Historia y sale una experta que parece una pasa gigante. No hay donde sentarse. Tampoco aire acondicionado. Pregunto, no hay catálogos. Me regalan cuatro postales. Todo bastante tercermundista que Poseidón se apiade de mí. En una vitrina hay un pito de bronce. Es curioso que sólo se salvara el pito.
Ya no hay quien haga arte de esta magnitud, me digo mientras bajamos hacia el mar en el calor centelleante. Ni siquiera hay artesanos que puedan seguir las intrucciones de un imposible Fidias.
No me he alejado ni cien metros del palazzo y ya embellezco.
Cuando vivimos algo que creemos especial o significativo se inicia de inmediato un proceso de embellecimiento de ese trozo de vida que jamás volverá a ser lo que es.
Si intentamos despojarlo de este añadido sólo obtenemos tristeza.

564
Cruzamos el Estrecho de Messina a bordo de un ferry llamado Caronte. A ver dónde nos lleva. Pero atracamos en Villa San Giovanni.
Siento un entusiasmo infantil cuando se abre la boca del barco y salen los coches.

563
Entramos en Messina por unas autopistas sucias orladas de basura. Los edificios compiten a ver cual es el más espeluznante. Los políticos deben robárselo todo y lo que vemos son sus sobras. Sin embargo el mar qué azul qué rizos qué espaldas hasta Reggio Calabria.
Directos al hotel yo me iría a la cama pero vamos a cenar junto a un lago la comida mala pero qué personajes de Fellini por todas partes. La gorda ballena el bonitillo peludo y calavera el barrigón en chancletas. La perenne sensación de que te están estafando. Otro vino local qué decepción los vinos sicilianos. Gambas crudas.
Paseamos junto al malecón y es una suerte que sea de noche. Unos tenderetes y el olor a algodón dulce. Un par de mujeres de carne agresiva y labios mantecosos. Bellezas tengo que reconocer y empiezan a ocurrírseme varios usos interesantes para sus poderosas narices.
Caminando por allí recuerdo aterrado el zumo de naranja que sirven en los hoteles italianos un remedo de ácido sulfúrico pero mucho peor.
Dios, la cama.
Antes de meterme en mi oscuridad pienso en las únicas ruinas que importan, las de mi casa. En ellas hay cuatro niños felices y cuatro viejos dando alaridos.

562
Otra vez Taormina. Estuve aquí hace otra vida. Los jardines eran superiores en mi memoria. A lugares hermosos no es bueno regresar. Comemos una comida rápida y espantosa en la que refulgen unos tomates y su cremoso queso. Aquí los tomates salvan cualquier cosa. Dios sabe quién meará las cervezas italianas. El tiempo zumba. Pasa una diosa de pezones gordos gigantesca dorada y su peplo turquesa debe ser escandinava pues las locales tienen todas cara de aguilucho.
Chupo el tomate.
Yo tuve una vez una mujer con pezones como esos colorados y de varios pisos.
Hubiera sido mejor seguir viaje a Messina.

561
Desayuno en el techo del hotel como lo que soy, un príncipe. La bahía a mis pies. Qué ciruelas. Hola tetas, saludo con la mano. Cómo se ríe. Anoche una sopa de verduras decente y un vino local rasposo. En la plaza el pueblo llano y la inevitable iglesia. Helados en el barandal que cae sobre la playa. Higo. Veleros. Ficus gigantes.
La gente en Siracusa un poco menos fea que en Palermo y Agrigento.
Gran puesta de sol.
La isla de Ortigia nos compensa de tanto paisaje reseco y tanta aridez. Los niños se lanzan desde el espigón frente al hotel y se iluminan como antorchas al darles el sol antes de entrar al mar. Dejamos atrás el Forte San Giovannello, cruzamos el Ponte Umbertino. Veinte minutos después estamos en el Teatro Griego. Tiene que ser uno de los lugares más bellos del mundo. Durante milenios las más diversas alimañas ostrogodas, sarracenas, normandas, bizantinas, romanas, catalanas, aragonesas, vándalas hicieron todo lo posible por destrozarlo y el tarado de Carlos V usó sus piedras para construir una muralla.
Pero aún estos restos ante mis asombrados ojos cortan la respiración.
Aquí se estrenó una obra de Esquilo. Aquí se sentó Arquimedes. En estas gradas se reunían quince mil cuerpos a escuchar.
Cipreses.
Tengo la certeza de que contar es más que vivir.


















