Estampas
1456
Veo un cuadro que pinté hace casi treinta años y que está colgado en estos momentos en un museo en Miami por aquellos días morían mis amigos víctimas de la plaga y el cuadro muestra una figura atravesada por su propio aguijón. Y unas manchas que ruedan. Me doy cuenta enseguida de que el cuadro es una impostura.
Crear es aceptar la impostura.

1455
Dejo a Casanova un momento está en el convento donde ha ido a visitar a una de sus monjas y allí una novicia de doce años se la chupa la novicia es amante de la monja. Qué tiempos aquellos. Lo dejo un rato a Casanova para ir al notario por la mañana frutal bueno ya les conté eso ayer. Pero me faltó contarles que cuando llegué al pueblo vi en algunos balcones la bandera separatista catalana que es por cierto una copia de la asquerosa bandera cubana y que entonces pensé como es lógico que el nacionalismo es una forma de retraso mental.

1454
Hoy voy al notario y encuentro la mañana frutal. Cosas mías. No hay ni puede haber nada especial en la mañana salvo yo que la miro.
Atravesando Cerdanyola, mi diminuto pero vocinglero yo me dice ahí ibas al gimnasio ¿recuerdas? y siempre regresabas a tu apartamento bueno a aquel apartamento por esa calle. Y yo sí sí recuerdo y hago como que hay alguien ahí que es otro y conversamos. Lo hago automáticamente. Cada vez me desconcierta más ese diálogo entre mi pequeño yo y su interlocutor al que yo (es decir él) denomina yo como si fuera alguien diferente. Y en este punto recuerdo que ese pretendido yo vaga en medio de una sopa química de dimensiones galácticas en referencia a ese otro yo con el que dialoga.
Y así es que avanzo por la mañana frutal.

1453
“Con diecisiete para dieciocho años, Mariuccia era alta, gozaba de buena salud y parecía cincelada por Praxíteles. Era blanca de piel, pero su blancura no era la de una rubia que, deslumbrante y sin matices, casi hace creer que no tiene sangre en las venas. La blancura de Mariuccia era tan animada que ofrecía a la vista un encarnado que ningún pintor habría sabido nunca captar. Sus ojos negros, muy rasgados, profundos, y muy inquietos, tenían en la superficie una especie de rocío que parecía barniz del esmalte más fino. Ese rocío imperceptible que el aire disipaba con mucha facilidad reaparecía cada vez más fresco con cada rápido parpadeo de sus pestañas. Sus cabellos, recogidos en cuatro grandes trenzas, se unían en la nuca para formar un bello nudo, y dejaban caer, a ambos lados de la bella cabellera, para adornar los confines de su espaciosa frente, aquí y allá, pequeños rizos crespos donde no se veía artificio ni orden ni estudio. Rosas vivas animaban sus mejillas, la dulce risa habitaba en su bella boca y sus labios de fuego, que ni bien unidos, ni bien separados, sólo dejaban ver en una línea muy recta el extremo de sus blancas hileras. Sus manos, en las que no se veían músculos ni venas, parecían largas en proporción a la anchura. En Roma, tanta belleza no había caído bajo los ojos de ningún entendido, y fui el primero a quien el azar se la presentó en una calle por donde no pasaba nadie y donde vivía en la oscuridad de la pobreza”.
Ahora está en Roma como ven (página 1832) y se dedica a explorar y a rescatar de las tinieblas dulces tesoros y los esmaltes más finos.

1452
“No hay ciudad en Francia donde el libertinaje de las jóvenes vaya más lejos que en Marsella. No sólo tienen a gala no negarse a nada, sino que son las primeras en ofrecer al hombre lo que el hombre no se atreve a pedir”.
Habrá que ir a Marsella.

1451
Amanece un gran sol y salgo a verlo al jardín. Hay unos bichos acorazados rondando la parra. Aplasto dos o tres. Ahí se tumbaban no hace mucho tres muchachas desnudas. Con la cabeza inclinada, como si creyese en algo, pienso en tu fragante boca pienso en tus tetitas claras. Después voy hasta el manzano. Pulgones. En el rincón del sur bulle el enjambre sombrío como es habitual. La luz tiene podridos los dientes.
No hay que dejarse engañar.

1450
Es un gran despilfarrador. “Me agrada el derroche”. Y es un optimista irrefrenable.
“La única que llamó mi atención en toda aquella gran compañía fue una joven y alta señorita de aire modesto, morena, muy bien hecha y vestida con sencillez. Esta muchacha, muy interesante, después de haber deslizado sus bellos ojos sobre mí una sola vez, se empeñó en no mirarme más. Enseguida mi vanidad me hizo creer que sólo era para dejarme plena libertad de contemplar con regularidad su belleza. Fue por esta joven por la que me decidí al instante, como si toda Europa no fuera otra cosa que el serrallo destinado a mis placeres. Le dije a Valanglart que me gustaría conocerla; me respondió que era una joven honesta, que no recibía a nadie y que era muy pobre.
-Esas tres cualidades aumentan mi deseo de conocerla”.

1449
Me interno en el segundo tomo a toda marcha y es muy tierno como se adelanta para ver por última vez a la monja (su éxito con las monjas es algo verdaderamente digno de estudio) que regresa a pie al convento acompañada por dos guardianas. Le ha ofrecido casarse pero ella está ya demasiado envilecida por la religión para aceptar. Han disfrutado de varios días de amor y de maternales placeres. Tengamos en cuenta que la monja acaba de parir.
“Déjame chupar las dulces reliquias de tu leche! Suplica Casanova a la bella. Y ella se quita la camisa y lo deja chupar y lo llama “mi bebé”.
Se adelanta en su carroza, decía, y luego regresa a pie para cruzarse por última vez con su amada. “A un cuarto de legua de Aix vi a mi ángel que caminaba despacio, y a las dos monjas, que me pidieron limosna en nombre de Dios. Les di un luis y les deseé buen viaje”.
Ella no lo miró.

1448
En Ginebra, visita a Voltaire y folla con dos traviesas hermanas. “Hechas para el amor, a pesar de que no se pudiera decir que eran auténticas bellezas”. Voltaire y Casanova sostienen eruditos intercambios. Según Casanova, resulta vencedor Casanova. A la luz de nuestro héroe Voltaire parece algo soso, es verdad.
Se aloja en las mejores posadas, come las mejores comidas, bebe los mejores vinos, va tras las más hermosas mujeres. Abundancia, siempre abundancia. Y yo diría que también excelencia, siempre excelencia.
Es un hombre generoso. Entrega en matrimonio a su último amor, la brillante Dubois. Es lo mejor para ella. Casanova padece, llora, pero la entrega. Su patria es la pérdida. Llega baila folla come bebe ríe llora teme sufre hiere y parte siempre parte.
Es movimiento.

1447
El duque de Wüttemberg, un delincuente de cuidado, intenta desplumarlo. La justicia (es decir el duque), con el concurso de tres malandrines al servicio del duque, le ponen una droga en el vino y luego le hacen contraer una deuda desorbitada en un garito del duque. Todos los garitos de la ciudad están controlados por el duque.
Casanova (gracias a la ayuda de una antigua amante y gracias a su ingenio y gracias a la imbecilidad humana indefectiblemente inmensa) consigue escapar de Stuttgart al galope.
“Los esperaré y será un placer matarlos”. Esto escribe a los malandrines, ya fuera del alcance del duque, desde una posada en Fürstenberg.
Aguarda en la posada elegante y sereno al enemigo, listo para batirse, pero eso sí, sin perder el tiempo.
“Los tres oficiales no acudieron; pero esos tres días las hijas del posadero me hicieron pasar el tiempo del modo más placentero que pudiera desear”.

















