Estampas
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T. me envía los poemas de Hinostroza. Siguen firmes y frescos. En los años setenta estos versos fueron, para nuestro grupo alucinante, puro alimento. Vagábamos por las siniestras calles habaneras cantando Imitación de Propercio. Y soñábamos con tierras libres y muchachas de largas piernas que musitaran canciones goliardas.
Oh César
no me sueltes a tus perros de presa
la otra margen quizás no he de alcanzar
quizás me turbe
la contemplación de la belleza
y quede detenido otra vez detenido por un cuerpo
sensible a la virtud de un río
qué fueron sino rocío de los prados
qué fueron sino verdura de las eras
y pasaron miserablemente sus días en la tierra
Mi amada me espera en la Puerta de Lilas
iremos en auto-stop a Salzburgo
Mozart prende las estrellas
nos revolcaremos sobre campos de avena
una vez más hacer el amor será un milagro
entre dos o tres
y las suecas de largas piernas
el invierno nórdico
cantando cosas
lúbricas forever
descubriendo la dulzura del Oro de Acapulco
nuestra propia dulzura
la naturaleza bienamada
robando frutas
vendiendo baratijas hechas por nuestras manos
viajando hacia el verano
o el otoño
los desiertos alquímicos
bellas palabras en idiomas extraños
y acamparemos bajo las estrellas
ritos órficos/sueños
espuma de mares jóvenes y mortales
donde no lleguen tus gerifaltes
Oh César
a intentar que cantemos al Poder.
Gracias Rodolfo.

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En la madrugada, osos polares. Nadando en mar abierto son poesía de la buena, de la que ya no se escribe. También otras visiones a las que preferiría no viajar. El amanecer algodonoso y yo mismo pero Santos Montes desde la pared y a salvo tras el cristal exhibo una sonrisa entre burlona y compasiva. Diosa, en la tumbona, ríe a manos llenas. El verde del jardín es rosa y el amarillo azul de prusia. Meo. Ayer jugaba con E. y ¡hostia! cómo se te pone la polla. Dijo. Hostia, polla. Piénsenlo un poco. Café con leche y galletas. Meto los dedos en el estercolero global. Después quince minutos de jabón de kiwi y estropajo. Dicen que el ornitorrinco se separó de la rama humana hace ciento sesenta y seis millones de años: buena movida. Me tienen hasta los huevos con lo del mayo francés. Burgueses culos gordos maoístas y dicho sea de paso qué estómago había que tener para follarse a Sartre.
¡Estoy sin té japonés! Sencha de mis amores, que huele a lagos blancos. La chica de la tienda ligera y quebradiza recomienda té blanco, humoso como una katana.
Hoy, las gemelas. Bocetos, acuarela.
La pintura nada tiene que ver con las ideas.

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Sábado, príncipes etruscos. En una vasija Hércules horada a las amazonas. Ibamos a la Fundación Miró a por las adolescentes japonesas pero le salía una lombriz de turistas de casi cien metros. En Caixa Forum compro las autobiografías de Chirico y Balthus.
El viernes me acosté a las cuatro del sábado. L. a dúo chilla como si la estuvieran abriendo en canal. Que es más o menos lo que le estamos haciendo. Ya no estoy para estas cosas.
Domingo, T. desnuda en la cama elástica. Jazmín y azahares. Y la tarde con esa mujer magnífica, Katherine Kuh. La fulgurante angustia de Rothko y su ridícula preocupación por la Historia del Arte.
Rothko y Jensen, hombres desesperados.
Como ha de ser hasta cierto punto.
No se puede servir a dos dioses, me dijo Lydia Cabrera en su minúsculo apartamento de Coral Gables. Aquel lugar bajo el agua mientras restalla el sol y la gran dama como un águila posada en su bastón con un áureo ademán convierte el desierto miamense en un frutal sonsacante.
Pero no se trata de servir.
Casi al caer la noche, esa consistencia de semen en el aire, pienso que pintar y escribir es lo mismo.
De alguna manera, he estado pintando todos estos años.

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Odio Ikea. Ya sabemos que el Cielo no existe. El Infierno tiene muchas más posibilidades. Debe ser como Ikea. Gordas tripas recorridas por manadas que se disputan un cucharón verde, una cortina espeluznante, una fregona anaranjada, un delantal con treinta bolsillos.
Usted entra en la boca de Ikea y desciende por los coloridos órganos (el trayecto se hace lentísimo en los intestinos) hasta ser triunfalmente cagado en el espacioso estacionamiento.
Hoy, abandonamos en la laringe.
Corremos para salvar nuestras vidas.

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El sexo es una forma de infancia, claro está.

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Cualquier puta es más decente que un obispo un ministro un presidente un rey un alcalde un general un académico de la lengua un santo un emperador un dirigente obrero un periodista estrella un banquero un diputado un intelectual mediático un político un líder religioso o un escritor consagrado.

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Niza. 1954.
El arte trata de la belleza. Nada más.
Entren y vean a Matisse esperando la muerte. Poseído por la luz y la dicha. Lydia Delectorskaya, recién bañada, tetas de naranja, odalisca fidelísima, diosa de nieve, se acerca a la cama y el pintor pide un bolígrafo y sobre papel de escribir la libera otra vez.
Pájaros, peces, algas, pulpos, esponjas, medusas, estrellas candentes.
Ya se ha ido Bonnard y ahora toca el turno al último gran mago.
El arte trata de la belleza. Nada más.
Ay, toda esa mierda del arte conceptual.

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Entre la multitud, un personaje de perfil tremebundo enarbola un enorme cartel: ¡JESUS VIENE! ¡ARREPENTÍOS! ¡VIENE EN CARNE Y HUESO! Faltaría más. Llevamos miles de años esperando su carnita. Bueno sería que ahora se nos apareciera en estado gaseoso. ¡ARREPENTÍOS! Que obsesión la de esa gente. Yo, todo lo contrario. Ahora mismo, de sólo mirar a estas cuatro adolescentes que me rodean ya se me ocurren diez mil nuevos pecados.
Eso sí, el día espléndido. Avanzo cauteloso, evitando como a la peste bubónica los libros cuyos títulos contengan las palabras catedral, ángel, conspiración, sombra, asombroso, viaje, perros, pijama.
Compro Lost Girls, la mejor literatura estos días.
A la altura de la calle Valencia me detengo y dejo pasar a dos criaturas. Su conversación es tan estúpida que amenaza con hacerme estallar el cerebro. Pasado el peligro, me encamino a un programa de Radio Nacional de España. Todo va a ser muy rapidito, me dice una chica con la que yo encantado lo haría muy rapidito pero la cosa no va por ahí, desafortunadamente. En los altavoces el Rey premia a un poeta que no se ha enterado de que cuando te dan uno de esos premios es porque ya no eres poeta. La estrella de la radio sentada a la derecha tiene unas tetas más que respetables. Menos mal. Una señora habla de la literatura costarricense, que como sabemos no existe. Un señor de que a los argentinos se les da mejor el dibujo que la escritura. San Borges, protégenos. Y las consabidas cositas del diíta, el dragoncito, las florecitas y los libritos.
Cuando llega mi turno, mientras me entrevista, la entrevistadora habla por señas con un barbudo. Dong, ding, dang. Imagino a Alicia, Dorothy y Wendy follando sobre la mesa de transmisión.
Rosas.
Banderitas.

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La noche prusia, diamantes. ¿Cuánto debe Matisse a la amistad de catalanes nobles como Maillol y Terrus? Terrus, arisco, terroso como un jabalí. Terrus, salvaje y tierno, despectivo y sediento como hay que ser. Qué amigos. Ahora todo está lleno de mierdecillas disfrazados.
Y qué decir de Madame Maillol, Clotilde, que se deja levantar el vestido sobre la cabeza y muestra sus admirables piernas macizas, sus gozosos muslos rojos. Ese poder de diosa siempre disponible. Basta verla, en la foto de 1907, su rostro carnoso, sus pechos titánicos, sus caderas de potranca, para caer rendido a sus pies.
A la mierda la muerte y el tiempo.
La noche, sumamente habitada como ven, mientras paseamos bajo una luna inmensa.
Dormimos enredados.
En la mañana, mercado popular. Quesos, quesos, quesos. Nos hacemos con una buena provisión. Después trepamos hasta el lugar donde apostaban sus caballetes. Ahí están las tibias visiones. El glande de la iglesia, las aspas en el risco, la embriaguez de los racimos, el fulgor del horizonte.
Liviandad máxima.
Regresamos por la carretera de la costa. En la división entre países una garita abandonada. Cuánta libertad.

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El pueblo está clavado en el mar. La luz es lo que decían Matisse y Derain: un hechizo. El hotel fresco, pulposo, a pie de plaza y cementerio. Tristes canciones catalanas. Desde la terraza que da al patio interior con enorme magnolio y fuente se ve la tapia y los frutales del patio de la casa donde vivió y murió Antonio Machado. En la tumba de Machado los cipreses esponjan la piedra.
Cuando era un adolescente, leyendo sus versos de viejos olmos verdecidos y corazones que esperan me dije: iré.
Y aquí estoy.
Salimos y basta cruzar la calle para acceder al laberinto de callejuelas que conducen al puerto, a la fortaleza, a la torre naranja y al mar de cristal. Barcas catalanas. Patos esmeralda. Burbujeo y piedras pulidas. Fachadas rosa, púrpura, cobalto y cadmio. Rastreamos los cuadros. Desde este balcón, sin duda. Desde esta curva entre la muralla y el oleaje, seguro. Los arrecifes, dientes negros. El aire está cubierto de escamas refulgentes. Nuestra Señora de los Angeles en carne y hueso.
Caminamos hasta Port d´ Avall, nos sentamos en medio de la luminiscencia. Eso llamado realidad supura. Crema de piedras. Leche de arena. Curvas temporales. Azucaradas babas.
En Casa León una dorada impetuosa, sopa de pescado, pan del cielo con crema de ajo. Y un Cornet blanco y acampanado.
Después de comer, nos sentamos a contemplar el mar. Aquí desafió Matisse a los dioses de la pintura y salió victorioso.
Al atardecer siesta, desnudos al sol en la terraza, sabores compartidos. M. se ocupa de que no se pierda ni una gota. Siempre tan exquisita. Es como comerse a uno mismo.













