Estampas

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Té frío en Paseo de Gracia. Traigo bajo el brazo El pájaro. Ahora que dejé a Balcells, harto de su fidelismo, el bueno de C. trata de venderme los libros. Puta antes y puta ahora, que eso somos los escritores. Con la humana e ideológica diferencia a mi favor esta vez. No es poco. El verano trae como todos los años el destape y apenas puedo concentrarme en la conversación. Un río de hermosuras arriba y abajo. Carne, carne. La vida única. Ruido, andamios, un trillón de coches. Motocicletas hasta en los párpados. Dos policías piden identificación a un indito latinoamericano. Nosotros, los blancos, estamos a salvo. Sólo exigen identificarse a los indios, a los negros y a los árabes. Es una selección absolutamente étnica. La blanca Europa. Por qué coño tiene uno que identificarse. Me gustaría saberlo. Acaso les pregunto yo a ellos quién coño son. Pasa una morena sudada. Pasa una rubia nívea. Mi previlegiado olfato distingue sus olores en la multitud. Mantequilla, nata, panetelas. La rubia lo lleva rasurado. Quién pudiera, con su poquito de leche condensada. ¿Crisis? Hay cola para entrar en Gucci. El sol a raja tabla. Menta, hielo. Entro en la Casa del Libro. Compro el libro sobre Pla y el viejo periodismo de Pericay. Espero que los viejos periodistas fueran menos vendidos que los de ahora. ¿Viste la revista dominical del diario de Zapatero? Sí, todo un hito en la historia de la babosería periodística. Yo es que hubiera dado cualquier cosa por estar en las sesiones de fotos. A ver usted agarre el taladro, ponga cara guay hombre que no es para tanto estar en el paro. Y usted Lequio, sáquese la polla que si no nadie va a saber quién es. ¡Luz interior!, han escrito sobre el retrato de una ciega. Qué gandinga. Hurgan en las entrañas del alma del país y sale este picotillo edulcorado y servil. No te pierdas a esa negra. Hace siglos que no me follo una negra. ¿Cómo ves la cosa? Fatal. El último libro que vendí, demoraron un año en pagarle el adelanto al autor. Tropa de delincuentes. A mí me ha pasado con editoriales grandes. Es lo normal. Sería mucho mejor tratar con Al Capone. Yo es que estoy al mandar al carajo la literatura. Mira ese culo. Ya no se puede venir a la ciudad. Qué sufrimiento.

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Bajo las moreras cervezas heladas. Sardinas, pan, cebolla. Miro los diarios. El de Zapatero le dedica toda la revista dominical. Es una propaganda tan descarada que divierte. Retrato de un país. Dicen. Glamour, parados y el futuro pertenece al socialismo. Agítese bien y añádase la inmensa jeta del jefe a doble página. Qué guay qué superguay. Vengan corderitos que aquí está papá uno como vosotros aunque viva en palacio.
¿Existió alguna vez el periodismo independiente? Uno se lo pregunta viendo a estos criados.

Bajamos otra vez a la playa. El oleaje es verde y el sol blanco. La gente mastica a la sombra de los pinos. Los niños retozan. Una señora tumbada en la arena y sus dos toneladas de tetas. Pájaros en el acantilado. Boyas amarillas. Esa adolescente.

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Vamos hacia el sur oyendo canciones molonas. Viajar al sur es siempre ir a casa. Y estas pulidas carreteras son en la melodía veredas…

Country roads, take me home,
To the place where I belong
West Virginia, mountain mama
Take me home, country roads…

Luz blanca. Hoy se cumplen diez años de la muerte de mi padre. Ya sé que todo es pérdida. Pero no dejaré de cantar. Que ningún hijodeputa pretenda callarme. Soy indomesticable. Es verdad que ya no tengo esperanzas, pero sí una hermosa mujer, este día deslumbrante, hambre mucha hambre y erecciones cada vez que las necesito. ¿Qué más podría pedir?

Olivares. Laderas despellejadas. Fábricas. Y el mar cosido al cielo con hilos de humo. Entramos en el pueblo que tiene otro nombre pero que para mí es La Polla. Qué bonito nombre. Tengo que ir a felicitar al puto alcalde. Grandes pájaros traslúcidos dejan su sombra en el parabrisas y allí se achicharran.

Llegamos a Lapizlázuli. Sus jorobas claras. Y los amigos que aunque provienen de tierras pavorosas no lo parecen. Así debe ser. Si uno tiene la desgracia de nacer en semejante estercolero lo mejor es olvidarlo cuanto antes.

Corremos al mar. Tal parece que no va a caer la noche nunca. Es la hora del aire terso y de la arena morada. Hace como un año que no metía mi estupendo cuerpito entre las olas. Aquí lo tienen. Ah, qué maravilla. Antes de entrar les ofrecí a los compañeros mi usual discurso: Costa Dorada, Costa Brava, Costa del Sol, Costa de Oro… ¡pamplinas! No hay forma de que no se te hielen los huevos. Pero ahora que ya pasé por lo que llamo el momento oso polar, la cosa se hace llevadera. Nado. Meterse en el mar es recuperar a los que se fueron. ¡Dancemos en las eternas praderas! ¡Dancemos en las inmensidades líquidas!

Cenamos bajo un cielo de algodón, a la luz de las velas. G. es un conocedor así que los vinos en su punto. El shiraz argentino planta cara. Pasa una lechuza gigante. Ya adentrados en los licores nos ponemos a mejorar el mundo. Lo primero es prohibir las identidades, todo lo tribal debe desaparecer. Es hora de ser terrícolas. Fuera religiones, también, estamos hartos de tarados. Nada ante lo que arrodillarse, salvo un chocho, claro. No sé si alcanzarán las bombas de neutrones para tamaña empresa. Lo que si está claro es que sobran alimañas. Yo prefiero estar del bando de los que perecerán, declara un romántico. Pierde de vista que se trata de una operación fundamentalmente sanitaria.

La noche pasa engarrotada. Tu olor la endulza. Temprano, bajamos a la playa. Un anciano levanta piedras. Santo cielo que manía la de esta gente con levantar piedras. Paseamos. Farallones. Espumas. La crema del amanecer. Huele a pescado frito y a tetas duras.

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Cenamos con X. De este hombre emana una especie de ternura. Hablamos del nacionalismo que como se sabe es una forma de subnormalidad. Reímos. Yo es que casi vivo para burlarme de esos imbéciles. Son peligrosos. Ya lo sé. Pero vivir sin riesgo no es vivir.

Empanadillas, sopa de miso, manjares japos varios. Vino fresco.

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San Juan. Venimos a Sitges. Cenamos bichos marinos (no en la acepción puertorriqueña del término) y bebemos vinos largos y espesos. Nuevos amigos. ¿De que va tu blog? De genitales, respondo. Todo ha de verse desde un punto de vista genital. Sueño con que las frases embarren, etcétera.

Los panes y los peces. P. y su generoso culto a la abundancia. Gracias, belleza.

... qué linda nochecita la Noche de San Juan…

Caminamos hasta el mar. El perfil humeante de la playa y la fálica iglesia al fondo. La noche es un cuenco y mar adentro los barcos resplandecen. En noches como esta los dioses del cuerpo, los únicos que existen, se permiten grandes delicadezas: olor a garapiña y los ojos de mi madre en esa muchacha. La línea de la costa es la máquina del tiempo.

Las gemelas sacan estrellas de una bolsa y las tiran al cielo. Ascienden entre chisporroteos y ay quién fuera uno de esos artefactos luminosos diseñados para burlar la ley de gravedad y extinguirse en medio de un fulgor. La arena bulle y las olas llegan y se van como gente amada. ¿Existirá esta playa cuando ya nos estemos? Lo dudo, sinceramente.

Meto el rostro en su escote, en su cuello. Por qué coño hay que salir.

Siempre he sido el peor cantante de todos los tiempos. Pero ahora escucho a A. y ya no estoy tan seguro. Ver bailar a esa mujer produce cierto escozor en las tripas. La diosa, por su parte, se limita a ser diosa y yo podría escribir una novela cuyos personajes principales fueran su escote y su cuello. Que son regiones de mi país. Qué perfumes. Qué ardores. Qué gota de sudor.

Saboreo un trozo de coca y sabe a entretelas. ¿Dónde están los muslos abiertos?

A las cinco de la mañana todavía cantamos a grito pelado dulces canciones de nuestra juventud.

... qué linda nochecita la Noche de San Juan…

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Hoy comienza el verano. Bien. Muy bien. Estupendamente. Veo su cuerpo flotar entre las montañas. Mañana San Juan y su fogata, que haremos brillar en Sitges. La falta que me hace una sanjuanada. Como cuando estaba vivo de verdad y salía a mataperrear por las calles del barrio detrás del muñeco. Danzando, apestando a humo a victoria a intemperie.

M. mete la mano en el agua: ¡qué caliente!: carrerilla: se zambulle.
Verlas, mojadas.
Filetes, ensalada.
Vino de Mendoza.

La princesa madrileña llegó, y se fue.

Quedan su risa y su trazo en el aire.

270

Qué mierda la Patria, me digo y cierro el libro de Xavier Pericay, Filología catalana, Memorias de un disidente. Ya lo sabía, pero estas páginas tristes lo confirman de forma inapelable. Va Pericay, bajo la envidiable presencia de la madre, desgranando sus experiencias de catalán cada vez más arrinconado por la Patria y emerge un panorama rasposo, emerge el rostro malencarado de una sociedad envenenada. Por la Patria, y por su siniestro, sentimental testaferro: la Lengua.

Yo vengo del Infierno y el filólogo y periodista catalán no puede dejar de parecerme, a ratos, ingenuo. Pero siempre es infinitamente mejor pecar de ingenuo que ejercer de mercenario de la Identidad o cualquier otra subvencionada superchería.

Si tuviera que escoger una palabra para describir este libro esa palabra sería decencia.
Decencia, ese animalito tan raro.
Pero está, además, la elegancia. Que no siempre acompaña a la decencia pero sí en este caso. Y un cansancio que es más que otra cosa serenidad. Y una calidez de fogón maternal en invierno. Todo esto acompañado de una inteligencia mordaz, una mirada limpia y una capacidad de análisis desprovista de aspavientos.

Soy aquí (y en el mundo) un extranjero, y siempre lo seré; pero siento como mías las pérdidas que dan cuerpo a estas memorias.
Todo buen libro nos habla de un lugar perdido.

Ya sé que es un manoseado lugar común, pero la Filología catalana de Xavier Pericay debería ser lectura obligatoria en las escuelas de Cataluña, de España.

No lo será.

Eso ilustra la magnitud de la tragedia que retrata.

269

Vivir carece de sentido, toda felicidad es efímera, nada permanece. Nunca te rindas, odia la sumisión, muere en combate.
Filosofía de los guerreros Alfiles.
Reescribo la segunda parte de lo que ha dejado de ser la trilogía para convertirse en una enorme, casi mil páginas, novela. Tiendo puentes, amplío, raspo y froto. Esto de no terminar nunca los libros tiene su encanto.
Voy bien. La cosa fluye.
Es una novela de aventuras. Allí empecé, leyendo a Salgari a Verne y a Karl May.
He vuelto.

Qué pena que maten a las Lucilas, de pezones amarillos y chochos enchumbados. Pero así es la ficción, implacable.

Mientras trabajo, tengo de música de fondo la voz de Reinaldo.
Dice: Yo no he venido aquí a respetar a nadie.

268

Viene P., el paria senegalés, acompañado de su R. Este es un artista al que le gusta ver las cosas en su realidad. Nada de trámites ni interpretaciones. No visita museos. Las cosas en su perfecta utilidad. Ese ser para la utilidad puede alcanzar un rango estético. Ahora lo veo. Lo real de las cosas. Su estricto existir. Por eso le apasionan las fábricas. Vamos a una. Hay que ver su cara de niño ante las máquinas. Hace fotos con el entusiasmo de un arqueólogo que descubre una mitológica tumba egipcia. Esto está lleno de mis dibujos. Exclama. Es verdad. A mí me parece una especie de Bill Traylor blanco y de ojos azules. Los dos ansían, aunque por caminos casi antagónicos, el mismo corazón de las cosas.

Cuando terminamos de explorar la fábrica nos vamos a casa a comer. Esos cremosos calabacines y los filetes de atún en su punto. La cerveza, negra. Hablamos de Japón y de aquel templo en Kioto.
Me gusta sentirme como un extranjero, dice a los postres. A mí también. Sentirse extranjero es una manera de ser sabio.

Después, miramos dibujos.

Piernas abiertas. Bosques lubricados.

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Ha muerto en Nueva York Dolores Koch. Lolita. Gran amiga de nuestro grupo de desarrapados marielitos. Traductora excelente. Por Navidades recibí, como todos los años, una postal suya. Aparte de las felicitaciones y los buenos deseos de rigor, me decía que estaba enferma y que no se hacía muchas ilusiones. Estoy lista, escribía con su letra hermosa de cubana de antes.

La llamé. Su voz era la de siempre: dulce, firme y vertiginosa. Me habló de la cercanía de la muerte como quien habla de terminar de leer un libro. La mayor parte de la conversación la ocupó Reinaldo, nuestro tema preferido. Cuánto lo quiso, Lolita.

Ya casi no queda nadie con quien hablar así de Reinaldo.

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