Estampas

564

Cruzamos el Estrecho de Messina a bordo de un ferry llamado Caronte. A ver dónde nos lleva. Pero atracamos en Villa San Giovanni.

Siento un entusiasmo infantil cuando se abre la boca del barco y salen los coches.

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Entramos en Messina por unas autopistas sucias orladas de basura. Los edificios compiten a ver cual es el más espeluznante. Los políticos deben robárselo todo y lo que vemos son sus sobras. Sin embargo el mar qué azul qué rizos qué espaldas hasta Reggio Calabria.
Directos al hotel yo me iría a la cama pero vamos a cenar junto a un lago la comida mala pero qué personajes de Fellini por todas partes. La gorda ballena el bonitillo peludo y calavera el barrigón en chancletas. La perenne sensación de que te están estafando. Otro vino local qué decepción los vinos sicilianos. Gambas crudas.
Paseamos junto al malecón y es una suerte que sea de noche. Unos tenderetes y el olor a algodón dulce. Un par de mujeres de carne agresiva y labios mantecosos. Bellezas tengo que reconocer y empiezan a ocurrírseme varios usos interesantes para sus poderosas narices.

Caminando por allí recuerdo aterrado el zumo de naranja que sirven en los hoteles italianos un remedo de ácido sulfúrico pero mucho peor.

Dios, la cama.

Antes de meterme en mi oscuridad pienso en las únicas ruinas que importan, las de mi casa. En ellas hay cuatro niños felices y cuatro viejos dando alaridos.

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Otra vez Taormina. Estuve aquí hace otra vida. Los jardines eran superiores en mi memoria. A lugares hermosos no es bueno regresar. Comemos una comida rápida y espantosa en la que refulgen unos tomates y su cremoso queso. Aquí los tomates salvan cualquier cosa. Dios sabe quién meará las cervezas italianas. El tiempo zumba. Pasa una diosa de pezones gordos gigantesca dorada y su peplo turquesa debe ser escandinava pues las locales tienen todas cara de aguilucho.

Chupo el tomate.

Yo tuve una vez una mujer con pezones como esos colorados y de varios pisos.

Hubiera sido mejor seguir viaje a Messina.

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Desayuno en el techo del hotel como lo que soy, un príncipe. La bahía a mis pies. Qué ciruelas. Hola tetas, saludo con la mano. Cómo se ríe. Anoche una sopa de verduras decente y un vino local rasposo. En la plaza el pueblo llano y la inevitable iglesia. Helados en el barandal que cae sobre la playa. Higo. Veleros. Ficus gigantes.
La gente en Siracusa un poco menos fea que en Palermo y Agrigento.

Gran puesta de sol.

La isla de Ortigia nos compensa de tanto paisaje reseco y tanta aridez. Los niños se lanzan desde el espigón frente al hotel y se iluminan como antorchas al darles el sol antes de entrar al mar. Dejamos atrás el Forte San Giovannello, cruzamos el Ponte Umbertino. Veinte minutos después estamos en el Teatro Griego. Tiene que ser uno de los lugares más bellos del mundo. Durante milenios las más diversas alimañas ostrogodas, sarracenas, normandas, bizantinas, romanas, catalanas, aragonesas, vándalas hicieron todo lo posible por destrozarlo y el tarado de Carlos V usó sus piedras para construir una muralla.

Pero aún estos restos ante mis asombrados ojos cortan la respiración.

Aquí se estrenó una obra de Esquilo. Aquí se sentó Arquimedes. En estas gradas se reunían quince mil cuerpos a escuchar.

Cipreses.

Tengo la certeza de que contar es más que vivir.

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Desde el valle de los templos levanto la vista y observo la conejera que es Agrigento.
Templo de Hera. Templo de Heracles.

Lo que queda, en contraste con la ciudad sobre las colinas, deja claro adonde hemos llegado desde tanta hermosura: a las conejeras.

Camino a Siracusa recorremos media Sicilia sin encontrar un árbol.

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Llegamos a Palermo de madrugada. Desde el avión la línea de luces y el negro del mar. El aeropuerto feo y flaco, pero debe ser la hora. Aparece el angelical P. y al hotel y a la cama. Dormimos cuatro horas y nos despierta un sol vigoroso. Salimos a la ciudad del gran Cagliostro. La música del italiano tal vez demasiado empalagosa. Colinas peladas. Paquebotes.

Vamos al Oratorio di San Lorenzo. Aquí había un magnífico Caravaggio, pero se lo robaron. Iglesias varias. Angelotes tan espeluznantes que curarían a cualquier pedófilo. La gente en general fea y bajita. Tropiezo con una vikinga de inapelables argumentos lácteos. ¡Lecha, leche! El cielo ligero. Sopla un viento cálido que yo enseguida confundo con el scirocco de aquel cuento de Faulkner. Comemos berenjenas sardinas salsas moradas y aceites esponjosos.

Abajo la ciudad seca y pelada. Trepamos en busca del Duomo de Monreale. En una de las columnas del claustro la Mujer Pez. Es un misterio que pueda estar metida en la piedra y a nuestro lado tan fresca que dan ganas de meterla en la parrilla. Coliabierta en la piedra. Y el toro alado a su lado inspirado. Vean.

Hacia Agrigento. Toda Sicilia es un pedregal.

558

Pienso que el mayor problema al que se enfrentará en el futuro la Humanidad será averiguar por cual de sus dieciocho agujeros se le mete la polla a una marciana. Quien dice una marciana dice cualquier extraterrestre. Quien dice dieciocho dice veinte.

Me da por meditar sobre cosas trascendentes cuando estoy a punto de zarpar. Hoy zarpamos.
Algo diré durante el viaje.

Una Educación Sexual regresará el primer domingo de septiembre.

557

Hago un alto en mis labores, me bebo una alemana y miro los diarios. Han atrapado a una alimaña etarra. La alimaña en cuestión en nombre de la Patria Vasca los bailes autóctonos el trapo nacional el espeluznante himno y alguna otra sandez le pegó cuatro tiros a un enemigo de la Patria Vasca mientras el enemigo (otro vasco) civil y desarmado desayunaba en un bar.
Viva la Patria.
Vi en la televisión como alimañas del entorno de la alimaña apresada camaradas autóctonos y gente por el estilo gritaban ánimo ánimo al asesino mientras se lo llevaban. Y golpeaban los furgones de la policía y se enfrentaban con la policía en defensa del asesino. Esto en un pueblucho lllamado Hernani. Qué gentuza.
Habría que hacerle a la alimaña recién atrapada un juicio rápido y certero y después fusilarlo o ahorcarlo o alguna otra solución higiénica, digamos una solución desinfectante.

Vuelvo a las alemanas. Qué asco el mundo. Cojo otra vez las herramientas y regreso al trabajo. El sol me quema el lomo pero yo impertérrito. Levanto mis nuevos y magníficos binoculares que no me los quito del cuello ni para follar y enfoco el comedero. Ahí están, a un palmo de mi nariz, negros y amarillos. Tengo pinta de Crusoe y una sed monumental.

Construyo un emparrado.

Por el trabajo físico y por la alegría de que atraparan a la alimaña desarrollo una notable erección.

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Adoro Puerto Rico. Todo un ejemplo Puerto Rico. Un país que quiere ser anexado por USA. Qué maravilla, qué clarividencia. En Puerto Rico a los nacionalistas independentistas se les considera lo que son: chiflados. Los puertorriqueños lo tienen muy claro: un independentista (que es un nacionalista que ya necesita electroshock) es un bicho peligroso que merece la extinción.

Gente brillante los puertorriqueños. ¡Son estadounidenses desde 1917! Qué envidia.
Ojalá Cuba hubiera sido anexada hace al menos un siglo. Qué diferente sería nuestro pavoroso discurrir.

Comiéndome una ensalada de tomates del huerto bañados en un aceite que más que aceite es semen leo en los diarios la apología de una independentista puertorriqueña una tal Lebrón que acaba de morir. Cuánta gilipollez. Madre de la Patria dicen de la pistolera fanática de la chorrada del terruño.

Los puertorriqueños la condenaron a la nulidad. Pero “Madre de la Patria”. Eso a destacar no la sensatez maravillosa de los puertorriqueños que han conseguido ser estadounidenses y aspiran a la total anexión.
Así de enloquecida es la prensa española.

Santo cielo qué aceite.

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Coño. Hoy han salido todas las tetonas a la calle. Voy a pasito corto extasiado. Frente a la FNAC la cosa es desasosegante. Deben ser mis enemigos tratando de que pierda el equilibrio espiritual. Pobres. No saben que a mí el exceso de tetas me lleva en volandas a la cúspide del equilibrio espiritual. Entro. Estoy en las escaleras mecánicas. Santo cielo mira eso. Tiene que haber una convención de tetonas por aquí cerca.

Me compro un libro de aventuras marinas para los viajes. Añoranzas de Salgari y del paraíso. Husmeo por si algún nuevo Miyazaki. Nada.

Hay que ir al Corte Inglés a por unas maletas. Atravieso Plaza Cataluña, la plaza más fea del mundo (después de la Plaza Lesseps). Me encanta ir al Corte Inglés. Es como ir al zoológico. Vean esa manada de rusos. Vean a esa japonesa feilla como todas pero cómo me gustan cómo me gustan con la puntita de la lengua afuera rosadita y la faldita. Vean a esos animales autóctonos, vean a esa cebra.

Y ahora los dejo que he de comprar unos calcetines.

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