Estampas

3005

Portugal (8)

Voy con el fotógrafo y navegante Cervera a un bar extraordinario, barroco, verde, terciopelo y libidinoso, donde hay un baño muy inspirador (ahora que lo pienso creo que en el baño teníamos que haber hecho otro retrato) con su travesti y todo un hermoso travesti de piernas muy largas y labios sinuosos y allí sentado en un lujurioso sofá me hace Cervera un retrato.

3004

Portugal (7)

Y una noche, veo en las OLIMPIADAS a una esclava musulmana compitiendo con su traje de esclava. Toda tapada, que es como se sabe el uniforme de las esclavas musulmanas. Debería prohibirse. Las OLIMPIADAS no deben condonar la esclavitud de la mujer, y eso es lo que hacen admitiendo en los juegos a mujeres esclavizadas en nombre de la religión musulmana y de su cultura misógina.

Una mujer con su traje de esclava (burkini, hiyab, niqab, burka o lo que sea) es una violación del espacio laico que tanta sangre y sacrificios ha costado alcanzar en los países libres donde las mujeres son libres. Una mujer con su traje de esclava en territorio libre laico es una invasión que pretende normalizar en territorio laico la barbarie social en la que viven las mujeres en los países musulmanes. Hay que combatir ese odio a la mujer y hay que combatirlo firmemente en nombre de la libertad y de la dignidad humana y en nombre de la superioridad laica y sobre todo en nombre de la civilización.

3003

Portugal (6)

Cuando regreso al hotel cansado de trepar como una cabra por la ciudad, ya duchadito y hasta con el pito entalcado, me pongo a ver las OLIMPIADAS. Lo que pongan, pero sobre todo el voley playa porque me gusta mirarles el culo a las jugadoras. Hay quien piensa que si le miras el culo a las jugadoras de voley playa eso quiere decir que sólo ves culos y que denigras a la mujer y que la reduces al culo y que mirarles el culo automáticamente te convierte en un monstruo; eso es una enorme tontería, y es reducir a los hombres, por cierto. Veo las OLIMPIADAS hasta tarde, con los dedos cruzados y deseando cuando compite algún atleta pavoroso que pierda el atleta pavoroso, que tropiece si corre o que se caiga de las barras paralelas y se rompa un hueso. Eso es lo que más me gusta de las OLIMPIADAS, ver perder a un atleta pavoroso. Ni Allyson Felix, ni Phelps, ni Nadal, ver perder o ver descalabrarse a uno de esos esbirros es lo que más me gusta.

No se crean ni por un segundo que esos atletas no son esbirros al servicio del régimen, si representas a una dictadura asesina eso es lo que eres. Un cómplice y un esbirro. Otra cosa es, claro está, si el atleta es cubano pero exiliado, es decir excubano, que es la mejor manera de ser cubano: ¡entonces le deseo lo mejor y cruzo los dedos para que gane y salga a celebrar con otra bandera y no con el trapo repugnante que es la bandera cubana!

3002

Portugal (5)

Sigo con César Aira y mi problema con Aira es su afán por hacer literatura. Y a mí que cada día me interesa menos la literatura, lo único que me interesa ya cuando escribo es hablar claro. Sin embargo la manera en que comienza su crónica sobre el viaje a La Habana es magistral: “La primera mañana fui a la casa de Lezama Lima. Sucedió un poco por casualidad: salí a caminar para ver la ciudad, y como no hay mucho que ver porque todo está en ruinas, todo es sucio y sórdido y uno trata de pasar de largo lo más rápido que pueda, dejé atrás la Habana Vieja, de pronto estaba en Prado y se me ocurrió que la calle Trocadero no debía estar lejos”.

Y cuando Aira llega a la casa de Lezama todo es aún más sórdido, hay una policía a cargo del discurso histórico naturalmente y todo está en ruinas y se lo han robado todo: los libros de Lezama sus cuadros sus amados objetos mitificados, todo. Un gobierno de ladrones y un país de ladrones.

Sólo se me ocurre una cosa más abyecta que el panorama abyecto que describe Aira y esa cosa es un escritor cubano de visita en esa isla estercolero. Hay que ser muy sumiso y hay que ser muy miserable.

3001

Portugal (4)

Vamos a visitar la casa del poeta Pessoa. Está en una zona tranquila y diáfana de la ciudad cerca de un gran parque frondoso y abrisado. Permanezco un rato de pie delante de la camita de Pessoa, qué camita tan pequeña la del poeta, se diría la de un niño. Leí hace muchos años el Libro del desasosiego y me gustó mucho por lo que recuerdo. Compro los poemas de Pessoa inspirados en el Rubaiyat de Omar Khayyam. Una edición muy bonita con una foto en la que Pessoa parece un cernícalo un halcón o algo así. Lo del poeta Omar Khayyam es curioso, no se sabe casi nada de él ni siquiera se sabe si lo que leemos son sus poemas o los poemas de sus discípulos. La llamada inmortalidad literaria es algo muy raro. ¿No?

Cuando terminamos, salimos a las calles azulejeadas y vamos hasta el Café A Brasileira donde solía ir Pessoa a escribir y a ver la vida pasar. Frente al lugar, que está muy bien conservado y que está más o menos igual que en época de Pessoa pero del que simultáneamente ya no queda nada, han colocado una escultura de bronce del poeta. Da un poco de pena ver a Pessoa ya metálico allí expuesto a la inclemente y zafia curiosidad de los turistas casi todos muy feos.

Creo en la poesía y en su poder curativo, pero a veces no me queda otro remedio que pensar que es sólo un subterfugio tras el que ocultamos de la vida el horror.

3000

Portugal (3)

A medida que pasan los días va gustándome más Lisboa. Pero es una ciudad vedada para mí. Al llegar me pasó por la mente si tienes que salir huyendo de Cataluña por los sediciosos, tal vez aquí tal vez. Pero no. Es una ciudad más que para personas para cabras. Y no cabras comunes cabras de esas que vemos en los documentales trepando riscos. Ayer salimos de paseo y hoy me levanté molido soy un hombre mayor pero además con una columna vertebral magullada y subir estas pendientes letales me dejaría definitivamente postrado.

Por otro lado, se oyen fados por todas partes. No sé cuál será el índice de suicidios en Lisboa, pero debe ser alto. Al segundo fado yo rompo a llorar y al cuarto salgo y me tiro debajo de un tranvía.

2999

Portugal (2)

Me había leído un artículo de Muñoz Molina antes de venir de esos que escriben los literatos por encargo para los diarios. Bueno, de esa ciudad a lo Pessoa poética y trémula y goteo dulzón que describe Molina no veo nada. La ciudad es feílla aunque con cierto encanto tristón. Debe ser la música. Los portugueses muy agradables, sin la arrogancia injustificada y algo cumbayá de los españoles. Tomamos un tranvía porque (dicen) hay que ver la ciudad desde un tranvía. Creo que se exagera mucho con lo de los tranvías. En otro tiempo, tal vez. En época de Pessoa, que debió ser más vacía y sosegada. Pero ahora. El tranvía se detiene con mucha frecuencia y avanza lentamente por las calles abarrotadas y el conductor a lo suyo, que nunca coincide con lo de los pasajeros, y el tranvía traquetea de manera infernal con desafortunadas consecuencias para mi espalda y mis glúteos.

Estamos en el Martinhal Chiado (yo siempre viajo con niñas) y es un lugar formidable los detalles muy cuidados y el personal gentilísimo. Y qué cama, y qué almohadas. Y ya de noche, cena en el By The Wine con sus muchachos y muchachas diligentes y guapos y qué estupendas dentaduras un lugar ya completamente del primer mundo. Y vinos del Algarve, mantecosos y cristalinos a un tiempo no sé cómo lo consiguen.

2998

Portugal (1)

Volamos a Lisboa y ya en el avión la primera sorpresa agradable. Todo lo que sale de los altavoces sale en dos idiomas, portugués e inglés. El idioma del país, y el idioma del mundo. Si fuera en una aerolínea española cuando estuviera aterrizando en Lisboa aún estarían repitiendo todo en siete mil dialectos. Volamos a un país sensato, qué bien. Voy leyendo a César Aira, el librito que me regaló mi amigo Daniel. Interesante, por ahora, aunque esa prosa un tanto densa e incluso a veces farragosa de Aira. A mí me cuesta avanzar por un lugar así, pero de vez en cuando un destello que se agradece, y que anima a seguir.

A la salida del aeropuerto, pienso, esto parece un país tercermundista, pero sin miseria, y además un país tercermundista donde las cosas funcionan, a un ritmo más lento es verdad, pero funcionan. Mucho calor. Pasa un primer fabuloso ejemplar de mujer portuguesa. Ya me detendré en ellas. Impresionante. Y no es que yo vaya mal acompañado: mi rubia preferida y sus deliciosos atributos y mi reina la más bella entre todas las mujeres. Como para no ver nada más. Pero, ay, no puedo evitarlo. Ni quiero. ¿Cuál es mi primera impresión de Portugal, por si le importa a alguien?. Pues como una Andalucía pero mejor más dulce y carente de esa pátina africana tan desagradable que uno encuentra al otro lado de la frontera. Claro que se trata de una primera impresión, que tal vez vaya cambiando.

2997

HIPERCOR. Felipe Caparrós. Oil on canvas, 27 × 35 cms.


Cortesías

2996

Voy a Barcelona a ver a mi amigo Daniel que se fue a Francia hace años y allí es profesor y ya tiene dos hermosos hijos y una mujer más hermosa aún que cuando vivía en Barcelona, algo asombroso porque han pasado como digo desde que se fue Daniel unos cuantos años. Daniel es argentino y recuerdo que una vez me dijo tú eres el único cubano que me cae bien, un hombre inteligente Daniel. Los dos amamos a Borges y a Lezama, y a Homero sobre todas las cosas y nos sentamos en el café de La Central de la calle Mallorca (a la que yo iba en un tiempo compulsivamente por una niña que trabajaba allí, una niña con unas tetas muy grandes y muy blancas y una cara inocente y depravada, qué combinación) a beber cervezas y a hablar de la vida y del tiempo que pasa siniestro y veloz y de libros, y de la estupidez humana, claro está. Yo le regalé a Daniel un libro de Pascal Bruckner y él a mí un librito de César Aira que tiene una crónica sobre un viaje que hizo a La Habana. Veremos qué cuenta Aira, espero no tener que machacarlo. Daniel sigue siendo un muchacho alto y apuesto y muy inteligente y cuando salimos de la librería nos fuimos caminando hasta Plaza Cataluña un lugar cada día que pasa más feo y más atroz, y yo que tengo pocos amigos iba muy contento de ver otra vez a Daniel y en cierto momento alcé la vista al cielo y vi que la tarde nos miraba.


Cortesías

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