Estampas

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HIPERCOR. Sonia Cabrerizo Mármol. Oil on canvas, 27 × 35 cms.

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“Hace tiempo, cuando se produjo un trivial incidente cuyo pleno significado no se me reveló hasta que hubo pasado, no dije esta boca es mía, pero su recuerdo aún me abraza. Fue en ocasión de un simposio de historiadores organizado por una respetable universidad. Un viejo profesor extranjero, invitado especial, acababa de hablar de la pintura de paisaje de los Song cuando un joven universitario local se adueñó de la tribuna y se lanzó a una larga y apasionada denuncia de la ponencia de su erudito predecesor en el uso de la palabra. No se puede decir que su diatriba fuese muy original, pues rebosaba de todos los lugares comunes de la corriente maoísta, entonces en boga. Apoyado por una entusiasta claque de admiradores autóctonos, el tribuno revolucionario nos explicó que había que estar ciego por culpa de todos los prejuicios del elitismo burgués para admirar la pintura china antigua, obra de explotadores y de parásitos, mientras que el verdadero arte de China – que los mandarines académicos se obstinaban en ignorar – era producido por las masas populares de campesinos, obreros y soldados. En pocas palabras, el latiguillo habitual de la época (…) La violencia de este ataque sorprendió al viejo profesor, hombre frágil y refinado, pero permaneció en silencio. No quedaba, por lo demás, tiempo ya para el debate, y el presidente levantó precipitadamente la sesión.

Entre la concurrencia, formada en su mayor parte por gente educada y cortés, se había dejado sentir una incomodidad muy real; pero, en general, cuando a unas personas decentes se les enfrenta a la indecencia masiva, procuran aparentar por todos los medios que no pasa nada.”

Véase España.

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“No hay posición más divertida, más seductora, más original – y, en definitiva, mejor recompensada – que la del disidente en el seno de una sociedad tolerante, estable y próspera. No obstante, por placentero que sea, este lujo es efímero. En una carta a Virginia Woolf, John Maynard Keynes profetizaba la muerte de Occidente: las nuevas generaciones quieren disfrutar de todas las ventajas que les ha proporcionado el mundo de sus padres, pero sin pagar ningún precio, como sería, cultivar los valores en que se fundamentaba ese mundo. Esta situación no puede durar; salta a la vista .”

Véase España.

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Solito unos días y el derivar y el desasosiego consiguiente. Se incrementan y adquieren profundidad mis charlas con el gato y ahora además con un perrito que hemos adoptado lustroso y negro. Gran conversador. Y con sentido de la oportunidad, además, tan necesario. Cuando me pongo a escribir o a pintar se tumba en una camita que compramos para el gato pero que el gato ha ignorado siempre, y dormita, y se lamenta en sueños: también él la echa de menos. Sin embargo, si deambulo por la casa se acerca enseguida y camina a mi lado y hace todo lo posible por entablar conversación. Las charlas versan sobre asuntos varios y exhiben gran nivel intelectual ayer por ejemplo hablábamos de las patrias y del pueblo al que (dicen) uno pertenece y del lugar del que somos parte y de toda esa basura cobarde y me interrumpió con gran elegancia en cierto momento y trotó hasta el fondo del jardín e hizo una caquita, ya me dirán ustedes si eso no es sabiduría. Durante estas conversaciones, el gato se acerca y aunque no participa sigue atentamente nuestros argumentos. Y cuando baja el sol y la nata de su muerte se instala guardamos silencio, tres amigos a la intemperie, e intentamos con la mayor entereza posible enfrentarnos juntos a la oscuridad que nos lleva.

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Y desde que regresé de Portugal, a ratos, también leo a Pessoa.

Deja lo oculto en su pozo. Mientras duran,
que nos baste el sol, y las casas y el jardín.

Y lo intento, vaya si lo intento.

Con poco éxito francamente.

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Termino el libro de Leys y enseguida voy a Amazon y me compro un par de libros más de Leys. Hacía mucho tiempo que no entraba en contacto con una inteligencia tan diáfana y certera:

“La exigencia de igualdad es noble y debe apoyarse plenamente, pero dentro de su propia esfera, que es la de la justicia social. No tiene ningún espacio fuera de ahí. La democracia es el único sistema político aceptable; pero concierne exclusivamente a la política, y no tiene ninguna aplicación en ningún otro campo. Cuando se aplica en cualquier otro sitio, significa la muerte, porque la verdad no es democrática, la inteligencia y el talento no son democráticos, ni lo es la belleza, ni el amor, ni la gracia de Dios. Una educación democrática de verdad es la que prepara a la gente intelectualmente para defender y promover la democracia dentro del mundo político; pero la educación, en su propio campo, debe ser implacablemente aristocrática e intelectual, debe estar enfocada sin el menor pudor hacia la excelencia”.

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Vemos Médecin de campagne (no me atrevo a poner aquí la espeluznante traducción española) y el inmenso François Cluzet qué actor formidable y queda claro otra vez como si hiciera falta que joyas así (al clavezín podríamos decir) sólo pueden hacerlas los franceses. En España no se puede (demasiado reivindicar y demasiada grasa roja).

Qué lección de mesura, tiempo macerado y destilada desolación. La vida en su pasar siempre despiadado y sin final feliz y ese breve diálogo (más bien monólogo) entre Jean-Pierre y Nathalie, gran momento de humanidad. Y el horror de la Naturaleza bien señalado. Y esos rostros al final encaminados al inevitable atardecer pero llenos de vida y de esperanza.

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HIPERCOR. Silvia Vicente. Oil on canvas, 27 × 35 cms.

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La lectura me emociona a ratos no lo voy a negar por qué iba a negarlo al tiempo que me colma de una alegría que cae como una neblina es difícil de explicar porque cae no sólo sobre el momento en que leo y me emociono sino sobre toda mi vida y de alguna manera lo sé: cubre toda mi vida esa dicha. Será la del deber cumplido. Y las palabras hermosa y perfectamente ordenadas fijan una época: y unos olores y sabores y unos seres humanos que aún vivos pero hace ya tiempo muertos vuelven.

Cada vez que alguien lea estas páginas sucederá. Albergo esa esperanza. En una medida u otra volverán y hasta yo aunque ya esté muerto volveré quién lo podría negar la literatura es vida prolongada.

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Llegan las galeradas de mi libro de memorias, Debajo de la mesa, y esa preciosa impresión de que el suelo se hace un poco más firme bajo mis pies. Un poco más allá todo continúa parejamente gelatinoso y fugaz pero no bajo mis pies firme bajo mis pies. Y aún mejora la cosa pues a medida que leo mi libro me invade la mejor sensación posible: la de no haber escrito mi libro. Pero qué bueno esto, no puedo haberlo escrito yo, pienso.

Y pienso además como puedes ver madre mía no han podido con nosotros y este pensamiento hace que me sienta limpio y triunfal.


Cortesías

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