Estampas

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Viernes, 25 de septiembre de 2026

En cierta ocasión me invitaron a hablar de mi experiencia como exiliado. Hice, naturalmente, lo que me pedían, hablar de mi vida lejos de la isla en la que nací. Fue muy divertido. Cuando acabé de leer mi texto, se levantó un cubano muy indignado… ¡las palmas! ¡cómo me atrevía! Y. Cuando en el intercambio con el público, dije que se exageraba mucho respecto a la lubricidad y dotes sexuales de las mujeres cubanas, la ¿escritora? Wendy Guerra se levantó airada y abandonó la sala. Fue muy divertido, como he dicho.

Estoy reeditando el primer volumen de mis emanaciones, que recogía el contenido de esa charla en una adenda. Pero. He decidido eliminar dicha adenda de esta nueva edición. Creo que el final del libro, tan mojadito, alcanza su definición mejor limpio del polvo y la paja de la adenda. Sin embargo, me place que quede en algún sitio, y qué mejor sitio que este:

Un fausto evento
Nací, como saben, en una isla del Caribe. Deseo afirmar en primer lugar, categóricamente, que salir de esa isla es lo mejor que me ha pasado en la vida. Una absoluta bendición.
Hay toda una literatura trágica sobre el Exilio, la nostalgia de la tierra que nos vio nacer, etcétera. Mi amigo el escritor Reinaldo Arenas, llegó a decir que después de haber salido de la tierra que lo vio nacer se convirtió en un fantasma. En una especie de alma en pena. Yo lo traté bastante en Estados Unidos y nunca me pareció un alma en pena.
Pasé en la isla los primeros veintiocho años de mi existencia.
¿Qué puedo decir de ese sitio que sirva para ilustrar, de alguna manera, mi relación con él?
Veamos. En la isla donde nací hay unos árboles llamados palmas. A los poetas de la isla les encantan. Se ha escrito mucho sobre las palmas. Un poeta muy mencionado en la isla las llamó «novias que esperan». Otro, menos mencionado, delante de las cataratas del Niágara –¡delante de las cataratas del Niágara!–, escribió que no podía dejar de pensar «en las palmas deliciosas».
Pero esas no son las mayores tonterías que se han escrito sobre las palmas. Vean esto:
De pie sobre nuestro suelo
Simbolizas la Victoria;
Y cuando el ala ilusoria
Del aire ante ti suspira
Cada penca es una lira
Que canta tu eterna gloria.
Las palmas, verdaderamente, son espantosas.
Uno ve sus troncos flacos, grises y aburridos en el horizonte, coronados por un penacho reseco y cundido de insectos, de cagadas de pájaros, y piensa indefectiblemente: qué feas.
Al margen de inspirar a los poetas de la isla, las palmas no sirven para nada. Bueno… sirven para construir bohíos. ¿Han entrado alguna vez en un bohío? No se los recomiendo. Son sitios donde, en cuanto te descuidas, te cae un alacrán en la cabeza.
Y ya que estoy dentro del bohío: les presento a la tinaja. Una cosa de barro. Allí se almacena agua para beber. Muchos habitantes de la isla afirman tranquilamente que el agua de tinaja es mejor que la de cualquier nevera.
Tengo una nevera: si aprieto un botoncito, suelta hielo picado, o en cubitos, o agua fría purificada. A mí me parece mejor que una tinaja.Todas las mañanas, cuando abro los ojos y veo el techo de mi habitación pulido y sólido, ese techo que jamás me arrojará un alacrán en la cabeza, me digo que todo eso del lugar donde uno nació y sus intrínsecas maravillas está muy sobrevalorado.
Muy sobrevalorado.
Del sol de la isla donde nací, por ejemplo, que te achicharra en cuanto te descuidas, que te escalda el lomo a la menor oportunidad, dicen maravillas los nacidos en la isla.
Del mar, qué contarles: ¡las cosas que dicen!
Hace poco estuve en Grecia y en cuanto me sumergí en aquellas aguas maravillosas comprendí que eran iguales, —¡qué digo! ¡mucho mejores!— que las de la isla donde nací.
¡Y allí, a dos pasos, el Partenón!
El mismo poeta muy mencionado, al que aludí antes, también dijo: «Nuestro vino es agrio, pero es nuestro vino». Una total sandez.
Una sandez muy peligrosa, además. Es el tipo de sandez que exalta el esperpento cavernícola llamado Nación. Lo que indefectiblemente lleva a la violencia y a la estrechez intelectual.
A mí todo esto me parece bárbaro, incivilizado. Es el tipo de pensamiento, de doctrina tribal que ha hundido la cultura de la isla donde nací en un triste clima de miseria espiritual. Miseria espiritual que permite hablar a un intelectual de la isla, sin el menor pudor, de «socialismo con swing»; como si fueran una gracia cincuenta años de dictadura, la tragedia de millones de familias separadas, el horror del presidio político, miles de fusilados y decenas de miles de ahogados en el mar tratando de escapar de ese paraíso que lo único que necesita es… ahora lo sabemos… un poco de «swing».
Es decir, que les pongan una guaracha de los Van Van a los presos políticos entre paliza y paliza.
Exilio, esa es una palabrita venenosa.
Tan venenosa como la palabrita Patria.
Yo no me considero un exiliado, me considero un hombre libre en el paisaje del mundo.
Si me hubiera quedado en la isla donde nací, en ese entorno empobrecedor, hoy sería otra persona, peor sin duda.
El entorno es muy importante. Lo cambia a uno. No se han cantado lo suficiente las virtudes humanistas del agua corriente, los supermercados abastecidos, el transporte puntual y la electricidad ininterrumpida.
Verdaderas fuentes de humanidad.
El entorno es muy importante.
Lo hace a uno mejor persona.
Les pondré un ejemplo. Al llegar a Barcelona trabajé como lector en una editorial. Un trabajo muy mal pagado. Leía manuscritos y escribía informes de lectura. Cierto día llegó a mis manos la novela de un escritor de la isla. La novela me pareció interesante. Recomendé su publicación. El editor confirmó que mi opinión fue decisiva. La novela se publicó. Poco después vino el autor a Barcelona a presentar su libro y coincidimos en una comida. Yo sabía quién era él y él sabía quién era yo, en el áspero marco de la política de la isla. Yo recomendé su novela. Él, en cuanto llegó a la isla, escribió el correspondiente informe sobre su encuentro conmigo. Dos o tres días después de su regreso atacaron mi ordenador cientos de virus informáticos que pusieron en grave peligro mi trabajo de años.
El entorno es muy importante.
Puede mejorarte o envilecerte.
Hay toda una cultura de la nostalgia de la isla donde nací.
El Exilio, dicen, siempre con mayúsculas, y ponen caras de carneros degollados. ¡Qué triste es todo aquí, en el Exilio; cómo extraño a mi vecino Yukisleidi, por amor de Dios que alguien me traiga un mango, un aguacate de Jatibonico!
(Jatibonico es un pueblo horroroso de la isla donde nací).
Todo eso me parece muy exagerado.
Demasiado exagerado.
La nostalgia es algo denigrante. ¿Quieren saber para qué me han servido veintiocho años de Exilio? Para aprender que la nostalgia del lugar donde uno nació es algo denigrante. Una patraña. Una estafa. Los mangos de Puerto Rico o Costa Rica son tan buenos, o mejores, que los de Jatibonico.
Esa es la pura verdad.
Y si no lo fueran, ¡qué más da!
También es la pura verdad que siempre detesté a mi vecino, Vladimir, creo que se llamaba, que por cierto era presidente del CDR de la cuadra y me denunció varias veces.
Puedo pasármela perfectamente sin los mangos de Jatibonico. Para no hablar de lo placentera que es mi vida sin Vladimir…
Salir de la isla donde nací me ha permitido ver La Ronda nocturna, la Capilla Sixtina, la Victoria de Samotracia, atravesar el Puente Vecchio, tomarme un helado en la Plaza de San Marcos, echar una moneda en Santa María del Popolo para que se enciendan los bombillitos e iluminen los caravaggios, follar con una kuwaití, asistir a una obra de teatro de Thomas Bernhard, ver La danza de Matisse, visitar la tumba de Brodsky, pasarme horas ante el Bosco en El Prado, entrar a una fastuosa librería de Barcelona; sentarme en el columpio con M. a esperar que el cielo se funda detrás de la mimosa.
Cosas todas, y cada una de ellas, mucho más importantes que la isla donde nací. Sin la menor duda.
Cuando salí de la isla fui carnicero, rotulista, peón, viví en un garaje.
Hubo penurias, pero ninguna, nunca, jamás, opacó ni siquiera un instante la inmensa felicidad de no estar allá, en la isla donde nací.
¿Y qué decir de cómo ha influido la lejanía de la isla en mi literatura?
Esa lejanía ha sido decisiva para mi trabajo.
¿Por qué? Muy sencillo: porque lejos de la isla donde nací soy libre.
Soy un escritor libre.
Y trato desesperadamente de que mi obra lo deje muy claro.
Esa libertad es la que nos hace diferentes del escritor que solicita a su Amo, atildado, comedido, un poco de «dictadura con swing».
He recorrido San Francisco, Miami, Nueva York, París, Roma,
Florencia, Tokio y Berlín siempre feliz de haber salido de la isla donde nací. Muy feliz.
Sobre todo feliz de no ver ni una palma.
Sólo puedo pensar en algo más horripilante que una palma: la Unión Nacional de Escritores y Artistas de Cuba.
Vivir lejos de la isla donde nací ha sido y es algo extraordinario, nutriente (en tonos los sentidos), maravilloso. Si creyera en Dios, estaría siempre agradeciéndole haber salido de allí.
Decir otra cosa sería una falsedad.
Todo parece indicar que nunca regresaré a la isla donde nací.
¿Y qué?
Carece de importancia.
Hoy, que soy ya mayor y llevo el mismo tiempo fuera de la isla que el tiempo que pasé dentro, he descubierto (soy un animal lento y torpe) que el único lugar al que puedo llamar patria habla, tiene el pelo negro, hermosos ojos, come, ríe, me ama y está sentado ahora mismo entre el público.
Cuando el bote que me sacaba de la isla donde nací se adentraba en el mar, en el horizonte distinguí un grupo de palmas.
¡Qué árboles tan espeluznantes!

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Jueves, 24 de septiembre de 2026

Piglia: “Encuentro con Borges: Sensación de estar frente a la literatura, o mejor, de ver funcionar una máquina de hacer literatura. Habla lento, con extraños cortes en el interior de la frase. Absurdamente, yo me sentía tentado a arrimarle las palabras, como si él se detuviera porque no las encontraba. Siempre él traía por fin una palabra distinta a la que yo imaginaba, más bella y más exacta que la mía. Hizo que le tocara la cabeza para notar la cicatriz del accidente que dio lugar a «El sur». No fue posible percibir ninguna marca, pero sentí que el acto era, en algún sentido, un ritual parra él. Lo mismo al irme: me retuvo la mano un largo rato y io temí ser quien estuviera reteniéndosela, pero al fin la apretó más levemente y volvió a sonreír. Es menos alto de lo que yo recordaba y más bello: ojos grises, sonrisa suave. Imposible hacerle decir algo distinto a lo que dice siempre, lo cual no cambia la magia que construye al hablar para decir lo mismo que uno ha leído. Emocionado cada vez que lo escuchaba usar un tono sentencioso y hondo para recitar textos suyos o de otro. (Manos chicas y feas, zapatos absurdamente viejos y una entonación inolvidable al hablar)”.

La cicatriz de El sur, qué grande Borges.

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Miércoles, 23 de septiembre de 2026

Tengo que leer más a Piglia, es un escritor (al menos en sus diarios) que siempre es consciente de su ridiculez. Y eso es muy valioso y muy raro.

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Martes, 22 de septiembre de 2026

Acaba el despioje y comienza la composición, diseño, etcétera del volumen de emanaciones correspondientes a los años 2008/2011. Pero, a la luz de la guerra de exterminio (queman los libros) desatada por Rusia contra Ucrania, me complace (mucho) dejar aquí esto sobre los rusos. Detesto a los rusos, como se sabe:

Jueves, 18 de febrero (2011). – Se celebra en La Habana una feria del libro. Traen a los rusos. Vienen a mi mente los rusos. Se resiste mi mente. Será el hedor. Será por los muñequitos rusos. Trabajaba yo en una termoeléctrica y por allí pasaban los rusos. El hedor de los rusos mataba a los pocos peces que habían sobrevivido en las pestíferas aguas de la bahía habanera. Y aquellos espeluznantes barcos rusos anclados por todas partes. Al bajar de la lancha, terminada la jornada, tropezaba con algunas rusas. Era difícil distinguirlas de vacas en celo. Los varones rusos prefieren, sobre todas las cosas, el vodka. Imposible diferenciarlas de cachalotes necesitados.
Colonizaron la isla un tiempo, los rusos. Los Castro vendieron el país a cambio de armas y financiamiento para sus estupideces. Hay toda una generación de intelectuales cubanos tarados por lo ruso. Únase eso a la natural tara de ser cubano y tendremos una idea del engendro que es la llamada cultura cubana. Claro que ya los rusos no son lo que eran. He visto algunas turistas rusas en Barcelona y no están mal. Ya no hay comunismo allá. Han cambiado el comunismo por el asesino Putin; es una mejora, hay que reconocerlo. Siempre me ha parecido increíble que Bulgákov, Dostoievski, Chejov, Shalámov y Brodsky nacieran en esa hedionda bola de hielo.
En mi juventud, en la pavorosa, nos llenaron el cerebro con toda la porquería literaria rusa: Shólojov, Bek, Ehrenburg, Polevoi. Sólo hay un país en mi mente tan horroroso como el de los Castro: Rusia. Y ahora vienen a una feria del libro. Es un buen momento para que la isla se hunda de una vez.

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Lunes, 21 de septiembre de 2026

Nadie ha descrito como Piglia el irrespirable clima de una fiesta de intelectuales:

“Todo tenía ese clima de fiesta intelectual, abominable”.

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Domingo, 20 de septiembre de 2026

Comencé a leer los Diarios de Ricardo Piglia hace dos años. Y de súbito, habría leído unas cien páginas, el libro desapareció. Lo busqué por todas partes, sin éxito. Algo frustrado, volví a las lecturas que esperaban su turno, y la desaparición del libro se convirtió en una anécdota de sobremesa: risas acerca del desbarajuste de mi biblioteca. Pero. Hace unos días, ¡dos años después!, entre libros que había mirado y remirado mil veces, aparecieron los diarios de Piglia. De inmediato, dejé todo lo que estaba leyendo y regresé a Piglia. No conozco mucho la obra de Piglia, pero lo que he leído, me ha parecido bien, pero para mi gusto, demasiado literario, incluso a veces demasiado inteligente. Yo, como Proust, no amo los frutos de la inteligencia (literariamente hablando) sólo amo la vida y el movimiento. Pero. Los Diarios de Piglia son otra cosa. Siguen siendo demasiado literarios para mi gusto, pero la vida irrumpe constantemente diluyendo, o mejor diría, encausando y encarnándose (nunca mejor dicho) en el hombre que escribe.

Y en la página 213 me encuentro con que Piglia durante sus años de formación, diríamos, vivió en el mítico (para la pandilla del Jardín) conventillo de la calle Olabarría.Y se me humedecen los ojos.


Orgullo islamófobo

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Sábado, 19 de septiembre de 2026

El despiojamiento de mi libro también me deja este diálogo acerca de la manera más justa, inteligente y sensata de haber acabado higiénica y velozmente con el terrorismo etarra:

Miércoles, 22 de junio.- Patxi: Voy a integrarme a la lucha. La sagrada Patria Vasca me necesita. Qué, te apuntas…
Mendiko: Bueno, yo por la sagrada Patria Vasca todo, pero tengo que pensármelo.
Patxi: ¿Pensártelo? Coño, la sagrada Patria Vasca…
Mendiko: No si ya lo sé, pero… ¿te enteraste de lo que le pasó a Uñiko?
Patxi: No, qué.
Mendiko: Lo mataron anoche. El padre del perro españolista que ajustició, le pegó ocho balazos.
Patxi: ¡Ocho! ¡Hijo de puta español!
Mendiko: Sí, ya no es tan fácil ser patriota, Patxi. ¿Tampoco sabes lo de Terxnuka? Nuestro héroe querido que se cargó hace años a aquel periodista españolista y al concejal españolista y su mujer…
Patxi: ¡No me dirás que le dispararon!
Mendiko: No, no le dispararon. Le pasaron por encima con un coche. Tres veces. Dicen que fue el hermano del concejal. E iba en un cuatro por cuatro el muy español.
Patxi: Cabrones. Ya no se puede vivir en este país. Hijos de puta.
Mendiko: Hombre, comprenderás que me lo tenga que pensar.
Patxi: Coño Mendiko, adónde iremos a parar, ¡que en nuestro país tengamos los patriotas vascos que andar cuidándonos las espaldas! Puta España.

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Viernes, 19 de septiembre de 2026

Me levanto adolorido (las rodillas) y con mayores ganas si cabe de limpiarme el culo con las maneras y las normas. Uno está rodeado de imbecilidad cada día que pasa más extendida y más espesa y trata de sobrevivir trabajando leyendo y buenos vinos y, cuando se puede que los buenos están siempre ocupados, cena con algún amigo. Folla, viaja, aun se hace pajas, ama. Por la noche ve alguna película tonta y se ríe. Sueña con una muerte violenta, con alteraciones del orden y con cualquier cosa que el común considere depravado inapropiado o indecente. Sueña con matar a unos cuantos hijos de puta.

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Jueves, 17 de septiembre de 2026

Casi termino de despiojar el volumen de emanaciones que publicaré en septiembre, u octubre a más tardar. Y, haciéndolo, voy tropezando con momentos como este, que me llenan de melancolía:

Domingo, 13 de julio (2010).–Siempre hay alguien mirando por encima del hombro del que escribe: el editor, los inversores, la Iglesia, la esposa, los comisarios, la factura del gas, el futuro de los hijos, la hipoteca, los pasajes en clase preferente, los encapuchados de siempre, la tribu. Es casi imposible escribir libremente. Pero en Factual se podía. Llama el periodista Arcadi Espada:

–Quiero que escribas una columna de sexo.
De sexo. A mí, que veo la vida desde un punto de vista genital.
–¿Estás seguro?
Uno tiene que ser limpio con la gente que admira.
–Seguro.
–Ya sabes cómo soy.
–Por eso precisamente quiero que escribas esa columna de sexo.
–Libertad absoluta, eh…
–Hombre, hombre… – responde Espada.

Entonces me puse a pensar en cómo escribir de sexo sin que fuera ridículo o burdo o ginecológico o grosero o aburrido o hipócrita o pacato o políticamente correcto. Me puse a pensar en cómo escribir una columna alegre. Porque el sexo sin alegría es reproducción. Una columna sobre sexo que más que una columna sobre sexo fuera una columna gastronómica porque follar es un comer aumentado. El resultado fue: Una educación sexual.

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Miércoles, 16 de septiembre de 2026

Algo más sobre Fauda y el 7 de Octubre:

«La temporada 5 de Fauda es de un pudor extremo. Por respeto a los espectadores, apenas ha rozado las abominaciones cometidas el 7 de octubre por los árabes de Gaza. Os ha ahorrado a las mujeres violadas en grupo y después quemadas vivas, a las familias atadas juntas y descuartizadas —padre, madre, hijo—. A la madre de un niño de siete años, embarazada casi a término, a la que abrieron en canal, el bebé apuñalado delante de ella y su otro hijo abatido. No os han mostrado a los árabes de Gaza violando los cadáveres de sus víctimas asesinadas, ni a los que le cortaron los pechos a una chica joven, en Nova, y jugaron al fútbol con ellos mientras un cómplice seguía profanándola. No habéis visto las torturas. Las mutilaciones genitales. Los ojos arrancados. Las manos y los pies de niños cortados. A los padres de familia rociados con queroseno que suplican de rodillas y sobre los que alguien tira un cigarrillo para estallar de risa y gritar «Allahu Akbar» mientras se retuercen entre las llamas. Fauda 5 no se ha extendido sobre la matanza sistemática de los jóvenes que solo estaban allí para hacer fiesta y bailar. Ninguna película, ninguna serie, puede reproducir de verdad los episodios de un pogromo en el que demonios ebrios de sangre se dieron el gusto a su antojo. No habéis visto a los perros abatidos a quemarropa ni a las vacas exterminadas con ametralladoras. Fauda es una ficción inspirada en la realidad. Vivo a 25 km de Gaza. He visto todas las imágenes, las de verdad, los 47 minutos del ejército y otras más. Con gusto le metería el pie en el culo a cualquier islamoizquierdista que todavía se atreva a pretender que Fauda pecó de falta de pudor al reproducir, en forma de ficción, apenas el 5 % de lo que ocurrió aquel día».

Los creadores de Fauda 5 han sido demasiado decentes, es evidente. En cuanto al islamoizquierdista, yo no le metería el pie en el culo por temor a que se me gangrenara o me contagiara su lepra moral. ¿Qué tal un puñetazo o una patada en los huevos?

Y en cuanto a Israel, que, por favor, no olvide que no ha terminado el trabajo: que no quede uno.

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