Estampas

1979

He regresado muy caliente de Israel porque a mí lo de Dios me da ganas de follar. Pero, también, muy piadoso, he de reconocerlo, lo que son los Lugares Sagrados. Así que me he puesto a pensar en cómo ser útil a mis semejantes. Y lo primero que me ha venido a la cabeza naturalmente son amigos y conocidos con problemas de disfunción eréctil, los pobres sufren mucho aunque lo disimulen inventándose peregrinas teorías condenando el sexo. Cosa comprensible, pobrecillos, tener una mujer con ganas y que tu pilila sea una especie de mondongo blanducho o tripa desinflada, es algo que trastorna a cualquiera.

Echemos una mano, me he dicho, o, más exactamente, ¡echemos un pito!

Que sepan mis amigos y conocidos que aquí tienen mi pito tieso mi pito siempre estupendo al servicio de sus pobres mujeres insatisfechas mujeres ay que ya han abandonado toda esperanza de amor físico, el único que existe, y con el agujero completamente petrificado por la falta de uso arrastran sus vidas oscuras y el único placer a su alcance es cuidar al babuino con el que el picha fláccida del marido accidentalmente un mal día la cargó, y hacerse pajas constantemente pensando en mí o en cualquier hombre al que se le ponga dura o hasta fantaseando con un burro, infelices.

Mejor me hubiera ido casándome con un perro o un caballo al menos me follarían y no tendría que vivir esta vida siniestra sin amor porque el sexo es el amor y el amor es el sexo y lo demás son desvaríos de pichas flojas incapaces de amar a una mujer, se dirá la infeliz con toda razón.

Ah, y una última cosa, si el problema de mi amigo o conocido es que, además de picha floja, es una loca tapada y avergonzada de serlo, que no se preocupe, también me lo puedo follar a él y curarlo de su hipocresía, de su miseria física y moral y de su cobardía.

¡Santocielo cómo he vuelto de Tierra Santa!

1978

Israel (10)

Salgo de Jerusalén completamente harto de lo de Dios y harto de piedras y cagadas de camello santas y de reliquias y de rezos y harto de sombreros espantosos y de cortes de pelo espeluznantes y harto de pensamiento mágico obstinado en suplantar y anular la realidad.

Si un ser humano no se da cuenta de que ningún Dios de los que imagina puede compararse siquiera remotamente en poder o belleza con un iPhone, es que está irremediablemente perdido.

Llego a Tel Aviv. Y. ¡Albricias! Tel Aviv es como un soplo de aire fresco según el lugar común pero lo más importante es un vigoroso latir de civilización y progreso. Qué ciudad y no sólo una ciudad hermosa y moderna sino una ciudad que mira hacia el futuro y por lo que veo bastante limpia de la mugre de Dios que aplasta Jerusalén.

La bella línea de la costa con sus amplias y blancas playas y sus rascacielos refulgentes me recuerdan Miami. Una Miami rodeada de oscurantismo y de enemigos siniestros pero una Miami a fin de cuentas.

Y mientras recorro los salones del Museo de Arte Moderno pienso en que la batalla por el futuro de la democracia israelí es en gran medida una batalla entre el Israel rendido al pensamiento mágico y este Israel de la razón de la ciencia del laicismo y de la civilización que representa Tel Aviv.

Que la luz de la razón sea contigo Israel.

1977

Israel (9)

He visto Shoah, no se puede saber nada del Holocausto ni de los judíos, ni siquiera se puede saber nada de los seres humanos si no se ha visto Shoah. También he visitado un campo de concentración nazi y además he leído decenas de libros sobre el tema del Holocausto pero a pesar de esto con el mayor interés voy al Museo del Holocausto de Jerusalén. Nuestro cerebro tiende a la dispersión y al olvido selectivo y hemos de estarnos apuntalando y reorientando constantemente el cerebro (dejemos a un lado por un momento la cuestión del yo y el quién hace qué y abracémonos desesperadamente a la ilusión del libre albedrío) si queremos mantener cierto grado de lucidez.

Cae una lluvia pulverizada cuando nos apeamos del tranvía y ya a la entrada del Museo mis papilas gustativas no puedo negarlo y naturalmente todo mi aparato estético y moral se exalta a la vista de grupos de muchachos y muchachas soldados que deambulan de aquí para allá. Miro con cierto cariño sus ametralladoras porque siempre que veo a estos muchachos tengo muy presente que la próxima vez que los representantes de la barbarie (los camelleros de Hamás y el resto de los enemigos de Israel) ataquen serán estos muchachos y muchachas ¡tan jóvenes! los que estarán en primera línea de combate defendiendo con su vida la Civilización Occidental (la única que existe) y defendiendo nuestra libertad.

Sigue siendo doloroso venir a estos lugares, nunca puedo contener las lágrimas, pero es necesario venir.

Siempre venir y venir y venir y nunca olvidar.

1976

Israel (8)

Ya conocen ustedes mi teoría acerca de la necesidad de bombardear todos los lugares santos y sagrados. Tierras santas mecas y otros basureros semejantes. Lo saludable que sería para la Humanidad si toda esa porquería desapareciera. Pues asómbrense. En Jerusalén encuentro jóvenes israelíes que piensan lo mismo. Bueno, no lo mismo, pero casi: dicen que vendría bien un terremoto que se tragara la Cúpula de la Roca y lo que hay debajo (unas piedras más viejas) que es sagrado sagradísimo para los judíos y que el terremoto dejara a los religiosos más fanáticos sin lugar sagrado por el que matarse. No sé si desean también que el terremoto se trague el Muro de las Lamentaciones y el Monde de los Olivos con su huella de Jesús alzando el vuelo y sus numerosas tumbas inauditas (¡la tumba de Adán!), pero ya es un buen comienzo desear el terremoto, ¿no?

Hablamos de esto mientras cenamos en un buen (dicen) restaurante en Jerusalén. La comida mala y cara. El vino del Golán, excelente eso sí, un vino resonante moderno y sofisticado un vino muy alejado de toda mentalidad camellera. Y pienso mientras bebo que la existencia de este vino justifica absolutamente que Israel ocupe ese territorio del Golán bañado como se dice por el río Jordán. No sólo que lo ocupe sino que se quede allí para siempre.

1975

Israel (7)

Podría escribir largo y tendido como se dice sobre la relación a mi juicio innegable entre suciedad y religión. Una relación que denota descarnamiento moral. Lógicamente. Pero. Sólo diré que en Jerusalén hallo en abundancia pruebas de que (como de costumbre) tengo razón. Un paseo por el barrio donde viven los judíos ortodoxos erradica mis inexistentes dudas entre la relación simbiótica, diría yo, entre suciedad y religión.

No sólo apestan físicamente estos ortodoxos sino que viven en una especie de basurero deprimente surcado de callejuelas mal iluminadas por las que transitan con sus ridículos disfraces y sus insólitos sombreros a toda velocidad como si marcharan siempre al encuentro de Dios que los aguarda a la vuelta de la esquina o escondido detrás de algún montón de escombros.

Llevan miles de años apresurándose hacia ese encuentro que no ha tenido lugar ni nada indica que vaya a tenerlo en los próximos milenios pero eso no les dice nada. ¿Cuál es el supremo mandamiento de toda Religión? Ignora impertérrito toda evidencia.

Me cuentan mis amables anfitriones sobre estos religiosos y todo lo que me cuentan es bastante espeluznante: vagos, fanáticos, antihigiénicos, misóginos, y sobre todo y esto es lo peor enemigos de la democracia y de la modernización de Israel.

Y si haces algo que los ofende, te escupen.

Oh Dios misericordioso.

1974

Israel (6)

Con la visita a Belén me pasa algo curioso. Voy a Belén, pero tengo la sensación de que no voy al lugar Belén sino a la palabra Belén. Me resulta imposible ir a Belén, compruebo yendo a Belén, sólo puedo ir a la palabra Belén.

Y conduciendo de regreso bajo la lluvia pienso otra vez como hago últimamente a menudo en lo triste que resulta nuestra incapacidad de nombrar nada verdadero, porque el lenguaje es en sí mismo un artefacto de ficción que convierte en ficción obviamente todo lo que toca.

1973

Israel (5)

Si se quiere visitar el manicomio más singular del mundo, hay que venir al Santo Sepulcro. Atravesamos las feas callejuelas de la ciudad vieja y y llegamos al escenario de la crucifixión muerte y resurrección de Jesús. Dicen. No más entrar, uno se encuentra con la piedra donde prepararon el cuerpo de Jesús para la sepultura. Dicen. Allí la multitud se postra y frota contra la piedra sagrada toda suerte de objetos, trapos, joyas, libros, amén de besar la piedra y tocarla y verter en ella una especie de aceite o colonia de olor dulzón. A la derecha, hay una escalera que sube al lugar donde (dicen) crucificaron a Jesús, el famoso Gólgota. Allí sigue la cola de gente que se agacha y mete la cabeza debajo de una especie de cubículo donde estuvo (dicen) prisionero Jesús y la gente reza y solicita milagros y cosas por el estilo, supongo. El templo está controlado por seis diferentes tipos de cristianos, que se detestan (iba a poner odian) y se vigilan de cerca para que el otro no invada la parcela de iglesia perteneciente al otro en lo que constituye una muestra más de la concordia el amor y la compasión que caracteriza los cultos religiosos. A cada rato estalla una gresca por los motivos más insólitos.

Vuelvo a sentir el toque Disney, lo único que falta aquí es que en la puerta te reciba un muñeco de Jesús gigante.

Vago por allí un poco y me deprimo como de costumbre ante el espectáculo de la especie renunciando por temor a la muerte a todas las conquistas de la razón.

A la salida del lugar, cierro los ojos y alzo el rostro para que me de la luz del sol. Después, miro amorosamente a los soldados israelíes que están por todas partes asegurándose de que estos cristianos piadosos no se peleen y tengan la religión en paz y me digo que si alguien necesita alguna prueba de la grandeza de la democracia israelí sólo tiene que venir aquí.

1972

Israel (4)

Dejamos atrás los altos pedregales y entramos en el desierto de Judea. He paseado en camello por desiertos africanos y esto que veo no me parece un desierto a lo sumo un gran pedregal. Es sabbath y la carretera está despejada así que voy a buen paso. El cielo parece vidrio y al rato a la izquierda aparece el famoso Mar Muerto. Una gris extensión de aspecto gelatinoso y orillas de sal. Dicen que las aguas del Mar Muerto son curativas. Bueno. Lo mismo dicen del Ganges y si te metes en el Ganges lo más probable es que revientes en cinco minutos

Llegamos a un checkpoint. A ver si hay suerte y una de esas soldados de generosas pelambres me pide el pasaporte o aún mejor me hace bajar del coche y me inspecciona. Veamos, sí, en el retrovisor tengo tremenda pinta de sospechoso. Pero. Nada. Ay.

El plan es ver el Mar Muerto y luego ir a Masada. Dicen que desde Masada la puesta de sol es única. Hay que desconfiar siempre de esas puestas de sol únicas, una puesta de sol es una puesta de sol como es evidente. De camino, visitamos Ein Gedi. Allí estoy un rato frente al gigantesco flamboyán de mi infancia.

Comemos, no tan mal, cerca del kibbutz, en una terraza que cae sobre el mar (es un decir) y bebo una robusta cerveza del país. Después, seguimos viaje y llegamos a Masada justo a las cuatro de la tarde cuando acaban de cerrar el acceso a la cima. No digo nada pero en el fondo me alegro porque si de algo no tenía ganas era de trepar como una cabra a estas horas. Ya miraré las ruinas esas en Google Maps, me digo aliviado.

Y acto seguido corro a comprarme una gorra del Israel Army para hacer rabiar a los progres cuando me pasee por Barcelona.

1971

Israel (3)

Lo primero que hay que decir del Monte de los Olivos es que hay muy pocos olivos. Tres o cuatro cuento por toda la ladera y el valle y hasta donde alcanza la vista. El Monte de las Tumbas sería un nombre más apropiado porque lo que sí que hay es un montón de tumbas. A los judíos les encanta que los entierren aquí (aunque por lo que veo no queda mucho espacio), porque precisamente en este lugar será donde comience lo de la resurrección de la carne y, lógicamente, quieren ser los primeros. No parece mala idea si uno cree en esas cosas, porque imaginen la cola que habrá.

La vista desde la cumbre del Monte de los Olivos es muy bonita. Enfrente se alza la ciudad amurallada y la Cúpula de la Roca destaca en el vaho del atardecer como una teta dorada. Mientras estamos allá arriba, llega un señor con un borriquito como el de Jesús, supongo, y los niños pueden subirse a él y hacerse una foto cual minijesucristos o algo así; por un precio, claro.

Desde el Monte de los Olivos, según se cuenta, Jesús ascendió al cielo. El taxista insiste en mostrarnos una de sus huellas (de Jesús, sí) que ha quedado impresa en una roca. Sólo la huella de un pie porque el otro, aclara el hombre, estaba en el aire pues Jesús ya había emprendido el vuelo. El taxista dice esto muy serio y se apoca un tanto cuando declinamos la oferta.

La huella. Un sólo pie. Alzaba el vuelo.

Ah, y que esta tomadura de pelo dure ya dos mil años.

1970

Israel (2)

Entramos en la ciudad amurallada por la Puerta de Jaffa. Detesto los lugares llamados sagrados como es lógico y voy algo incómodo. Lo de Dios apenas deja respirar y lo cubre todo con una mugre espesa. Huele almizclado bajo los tenderetes y de la piedra raída brota un sopor sumiso. Y está naturalmente el ambiente primitivo que rezuman estos lugares. Sin embargo, noto enseguida un aire Disney que llama mi atención. Toda Religión, bien mirado, es poco más que un parque de atracciones.

Superada la barrera de seguridad, salimos a la explanada y a lo que queda del templo de Salomón (dicen) y estamos frente al Muro de las Lamentaciones. Los dioses son misóginos y las mujeres tendrán que ir al otro lado de una valla, a un pedazo más pequeño y mal iluminado del Muro. Si Dios existiera sería un chocho como es evidente pero quién se lo dice a esta gente.

Yo no sólo considero pura gentuza a un Dios que discrimina a las mujeres sino también a sus seguidores, así que me quedo bajo el sol contemplando ese Muro por el que tanta sangre se ha derramado y aún se derramará. No me acerco. No lo toco. ¿Para qué? A saber que microbio o germen podría pegárseme. Los judíos ortodoxos rezan contra la pared embutidos en sus ridículos trajes y portando unos estrafalarios sombreros.

A la sombra de un portalito, varios muchachos hermosos con ametralladoras. Hace frío. Me siento en una silla de plástico y contemplo el desolador panorama. Es la apoteosis del pensamiento mágico indecentemente impuesto a la ciencia y a la civilización. Pasa un grupo de escolares, pasa un aullido tribal. Después, salimos a una terraza que domina el Valle de Cedrón.

Y entonces, a lo lejos, veo el Monte de los Olivos.

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