Estampas
1974
Israel (6)
Con la visita a Belén me pasa algo curioso. Voy a Belén, pero tengo la sensación de que no voy al lugar Belén sino a la palabra Belén. Me resulta imposible ir a Belén, compruebo yendo a Belén, sólo puedo ir a la palabra Belén.
Y conduciendo de regreso bajo la lluvia pienso otra vez como hago últimamente a menudo en lo triste que resulta nuestra incapacidad de nombrar nada verdadero, porque el lenguaje es en sí mismo un artefacto de ficción que convierte en ficción obviamente todo lo que toca.

1973
Israel (5)

Si se quiere visitar el manicomio más singular del mundo, hay que venir al Santo Sepulcro. Atravesamos las feas callejuelas de la ciudad vieja y y llegamos al escenario de la crucifixión muerte y resurrección de Jesús. Dicen. No más entrar, uno se encuentra con la piedra donde prepararon el cuerpo de Jesús para la sepultura. Dicen. Allí la multitud se postra y frota contra la piedra sagrada toda suerte de objetos, trapos, joyas, libros, amén de besar la piedra y tocarla y verter en ella una especie de aceite o colonia de olor dulzón. A la derecha, hay una escalera que sube al lugar donde (dicen) crucificaron a Jesús, el famoso Gólgota. Allí sigue la cola de gente que se agacha y mete la cabeza debajo de una especie de cubículo donde estuvo (dicen) prisionero Jesús y la gente reza y solicita milagros y cosas por el estilo, supongo. El templo está controlado por seis diferentes tipos de cristianos, que se detestan (iba a poner odian) y se vigilan de cerca para que el otro no invada la parcela de iglesia perteneciente al otro en lo que constituye una muestra más de la concordia el amor y la compasión que caracteriza los cultos religiosos. A cada rato estalla una gresca por los motivos más insólitos.
Vuelvo a sentir el toque Disney, lo único que falta aquí es que en la puerta te reciba un muñeco de Jesús gigante.
Vago por allí un poco y me deprimo como de costumbre ante el espectáculo de la especie renunciando por temor a la muerte a todas las conquistas de la razón.
A la salida del lugar, cierro los ojos y alzo el rostro para que me de la luz del sol. Después, miro amorosamente a los soldados israelíes que están por todas partes asegurándose de que estos cristianos piadosos no se peleen y tengan la religión en paz y me digo que si alguien necesita alguna prueba de la grandeza de la democracia israelí sólo tiene que venir aquí.

1972
Israel (4)

Dejamos atrás los altos pedregales y entramos en el desierto de Judea. He paseado en camello por desiertos africanos y esto que veo no me parece un desierto a lo sumo un gran pedregal. Es sabbath y la carretera está despejada así que voy a buen paso. El cielo parece vidrio y al rato a la izquierda aparece el famoso Mar Muerto. Una gris extensión de aspecto gelatinoso y orillas de sal. Dicen que las aguas del Mar Muerto son curativas. Bueno. Lo mismo dicen del Ganges y si te metes en el Ganges lo más probable es que revientes en cinco minutos
Llegamos a un checkpoint. A ver si hay suerte y una de esas soldados de generosas pelambres me pide el pasaporte o aún mejor me hace bajar del coche y me inspecciona. Veamos, sí, en el retrovisor tengo tremenda pinta de sospechoso. Pero. Nada. Ay.
El plan es ver el Mar Muerto y luego ir a Masada. Dicen que desde Masada la puesta de sol es única. Hay que desconfiar siempre de esas puestas de sol únicas, una puesta de sol es una puesta de sol como es evidente. De camino, visitamos Ein Gedi. Allí estoy un rato frente al gigantesco flamboyán de mi infancia.
Comemos, no tan mal, cerca del kibbutz, en una terraza que cae sobre el mar (es un decir) y bebo una robusta cerveza del país. Después, seguimos viaje y llegamos a Masada justo a las cuatro de la tarde cuando acaban de cerrar el acceso a la cima. No digo nada pero en el fondo me alegro porque si de algo no tenía ganas era de trepar como una cabra a estas horas. Ya miraré las ruinas esas en Google Maps, me digo aliviado.
Y acto seguido corro a comprarme una gorra del Israel Army para hacer rabiar a los progres cuando me pasee por Barcelona.

1971
Israel (3)

Lo primero que hay que decir del Monte de los Olivos es que hay muy pocos olivos. Tres o cuatro cuento por toda la ladera y el valle y hasta donde alcanza la vista. El Monte de las Tumbas sería un nombre más apropiado porque lo que sí que hay es un montón de tumbas. A los judíos les encanta que los entierren aquí (aunque por lo que veo no queda mucho espacio), porque precisamente en este lugar será donde comience lo de la resurrección de la carne y, lógicamente, quieren ser los primeros. No parece mala idea si uno cree en esas cosas, porque imaginen la cola que habrá.
La vista desde la cumbre del Monte de los Olivos es muy bonita. Enfrente se alza la ciudad amurallada y la Cúpula de la Roca destaca en el vaho del atardecer como una teta dorada. Mientras estamos allá arriba, llega un señor con un borriquito como el de Jesús, supongo, y los niños pueden subirse a él y hacerse una foto cual minijesucristos o algo así; por un precio, claro.
Desde el Monte de los Olivos, según se cuenta, Jesús ascendió al cielo. El taxista insiste en mostrarnos una de sus huellas (de Jesús, sí) que ha quedado impresa en una roca. Sólo la huella de un pie porque el otro, aclara el hombre, estaba en el aire pues Jesús ya había emprendido el vuelo. El taxista dice esto muy serio y se apoca un tanto cuando declinamos la oferta.
La huella. Un sólo pie. Alzaba el vuelo.
Ah, y que esta tomadura de pelo dure ya dos mil años.

1970
Israel (2)

Entramos en la ciudad amurallada por la Puerta de Jaffa. Detesto los lugares llamados sagrados como es lógico y voy algo incómodo. Lo de Dios apenas deja respirar y lo cubre todo con una mugre espesa. Huele almizclado bajo los tenderetes y de la piedra raída brota un sopor sumiso. Y está naturalmente el ambiente primitivo que rezuman estos lugares. Sin embargo, noto enseguida un aire Disney que llama mi atención. Toda Religión, bien mirado, es poco más que un parque de atracciones.
Superada la barrera de seguridad, salimos a la explanada y a lo que queda del templo de Salomón (dicen) y estamos frente al Muro de las Lamentaciones. Los dioses son misóginos y las mujeres tendrán que ir al otro lado de una valla, a un pedazo más pequeño y mal iluminado del Muro. Si Dios existiera sería un chocho como es evidente pero quién se lo dice a esta gente.
Yo no sólo considero pura gentuza a un Dios que discrimina a las mujeres sino también a sus seguidores, así que me quedo bajo el sol contemplando ese Muro por el que tanta sangre se ha derramado y aún se derramará. No me acerco. No lo toco. ¿Para qué? A saber que microbio o germen podría pegárseme. Los judíos ortodoxos rezan contra la pared embutidos en sus ridículos trajes y portando unos estrafalarios sombreros.
A la sombra de un portalito, varios muchachos hermosos con ametralladoras. Hace frío. Me siento en una silla de plástico y contemplo el desolador panorama. Es la apoteosis del pensamiento mágico indecentemente impuesto a la ciencia y a la civilización. Pasa un grupo de escolares, pasa un aullido tribal. Después, salimos a una terraza que domina el Valle de Cedrón.
Y entonces, a lo lejos, veo el Monte de los Olivos.

1969
Israel
Vamos por la noche acristalada. Las carreteras rojas y las colinas de piedra. Los olivos en la oscuridad como garfios. Nos tomará cuarenta minutos llegar a Jerusalén, dice el conductor del shuttle. Jerusalén. No siento ninguna emoción especial. Ni siquiera literaria. Colinas, colinas. Y casas uniformemente feas. Llegamos al alba y hay que caminar un poco hasta el hotel. Estoy posiblemente en el lugar más infectado de Dios del planeta, si exceptuamos el grano supurante de La Meca.
Oh Jerusalén, ciudad santa, arrastro la maleta por tus sucias calles y lo primero que pienso es que pareces un suburbio de Murcia.













