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Viernes, 6 de noviembre de 2026

Ayer, en la alta noche, que diría Borges, tropecé con la serie Shogun. Bien. Muy bien incluso. Felizmente ambientada y actuada, sobre todo, en lo que atañe a los actores japoneses. Todos solventes, algunos extraordinarios. Pero. Qué ofensa para los devotos del piloto John Blackthorne, personaje formidable, imponente, de la novela de James Clavell. Nada que ver con el Blackthorne que encarna el actor Cosmo Jarvis, que tiene la expresividad de un trozo de madera y el carisma de un desagüe atascado. Shogun, la novela, es un clásico de la literatura de entretenimiento y algunos de sus capítulos (el de la ceremonia del té, por ejemplo), verdaderas joyas. No quiero comparar la novela con la serie, sería injusto. Pero. Hombre, si vas a adaptar una obra de esa categoría, un poco más de cuidado con el casting, ¿no?

Mientras pasaban los capítulos, cada vez que salía el señor Jarvis, imaginaba en su lugar a Clive Owens, Alexander Skarsgard, Matthew McConaughey, Michael Fassbender o a Tom Hardy. Y se regocijaba mi almita estética y visualmente.

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© Juan Abreu, 2006-2019