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Martes, 22 de septiembre de 2026

Acaba el despioje y comienza la composición, diseño, etcétera del volumen de emanaciones correspondientes a los años 2008/2011. Pero, a la luz de la guerra de exterminio (queman los libros) desatada por Rusia contra Ucrania, me complace (mucho) dejar aquí esto sobre los rusos. Detesto a los rusos, como se sabe:

Jueves, 18 de febrero (2011). – Se celebra en La Habana una feria del libro. Traen a los rusos. Vienen a mi mente los rusos. Se resiste mi mente. Será el hedor. Será por los muñequitos rusos. Trabajaba yo en una termoeléctrica y por allí pasaban los rusos. El hedor de los rusos mataba a los pocos peces que habían sobrevivido en las pestíferas aguas de la bahía habanera. Y aquellos espeluznantes barcos rusos anclados por todas partes. Al bajar de la lancha, terminada la jornada, tropezaba con algunas rusas. Era difícil distinguirlas de vacas en celo. Los varones rusos prefieren, sobre todas las cosas, el vodka. Imposible diferenciarlas de cachalotes necesitados.
Colonizaron la isla un tiempo, los rusos. Los Castro vendieron el país a cambio de armas y financiamiento para sus estupideces. Hay toda una generación de intelectuales cubanos tarados por lo ruso. Únase eso a la natural tara de ser cubano y tendremos una idea del engendro que es la llamada cultura cubana. Claro que ya los rusos no son lo que eran. He visto algunas turistas rusas en Barcelona y no están mal. Ya no hay comunismo allá. Han cambiado el comunismo por el asesino Putin; es una mejora, hay que reconocerlo. Siempre me ha parecido increíble que Bulgákov, Dostoievski, Chejov, Shalámov y Brodsky nacieran en esa hedionda bola de hielo.
En mi juventud, en la pavorosa, nos llenaron el cerebro con toda la porquería literaria rusa: Shólojov, Bek, Ehrenburg, Polevoi. Sólo hay un país en mi mente tan horroroso como el de los Castro: Rusia. Y ahora vienen a una feria del libro. Es un buen momento para que la isla se hunda de una vez.

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© Juan Abreu, 2006-2019