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Domingo, 20 de septiembre de 2026
Comencé a leer los Diarios de Ricardo Piglia hace dos años. Y de súbito, habría leído unas cien páginas, el libro desapareció. Lo busqué por todas partes, sin éxito. Algo frustrado, volví a las lecturas que esperaban su turno, y la desaparición del libro se convirtió en una anécdota de sobremesa: risas acerca del desbarajuste de mi biblioteca. Pero. Hace unos días, ¡dos años después!, entre libros que había mirado y remirado mil veces, aparecieron los diarios de Piglia. De inmediato, dejé todo lo que estaba leyendo y regresé a Piglia. No conozco mucho la obra de Piglia, pero lo que he leído, me ha parecido bien, pero para mi gusto, demasiado literario, incluso a veces demasiado inteligente. Yo, como Proust, no amo los frutos de la inteligencia (literariamente hablando) sólo amo la vida y el movimiento. Pero. Los Diarios de Piglia son otra cosa. Siguen siendo demasiado literarios para mi gusto, pero la vida irrumpe constantemente diluyendo, o mejor diría, encausando y encarnándose (nunca mejor dicho) en el hombre que escribe.
Y en la página 213 me encuentro con que Piglia durante sus años de formación, diríamos, vivió en el mítico (para la pandilla del Jardín) conventillo de la calle Olabarría.Y se me humedecen los ojos.













