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Jueves, 17 de septiembre de 2026
Casi termino de despiojar el volumen de emanaciones que publicaré en septiembre, u octubre a más tardar. Y, haciéndolo, voy tropezando con momentos como este, que me llenan de melancolía:
Domingo, 13 de julio (2010).–Siempre hay alguien mirando por encima del hombro del que escribe: el editor, los inversores, la Iglesia, la esposa, los comisarios, la factura del gas, el futuro de los hijos, la hipoteca, los pasajes en clase preferente, los encapuchados de siempre, la tribu. Es casi imposible escribir libremente. Pero en Factual se podía. Llama el periodista Arcadi Espada:
–Quiero que escribas una columna de sexo.
De sexo. A mí, que veo la vida desde un punto de vista genital.
–¿Estás seguro?
Uno tiene que ser limpio con la gente que admira.
–Seguro.
–Ya sabes cómo soy.
–Por eso precisamente quiero que escribas esa columna de sexo.
–Libertad absoluta, eh…
–Hombre, hombre… – responde Espada.
Entonces me puse a pensar en cómo escribir de sexo sin que fuera ridículo o burdo o ginecológico o grosero o aburrido o hipócrita o pacato o políticamente correcto. Me puse a pensar en cómo escribir una columna alegre. Porque el sexo sin alegría es reproducción. Una columna sobre sexo que más que una columna sobre sexo fuera una columna gastronómica porque follar es un comer aumentado. El resultado fue: Una educación sexual.













