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Martes, 8 de septiembre de 2026

Dice nuestro primer Espada hoy, que Lindsay Clancy es como José Bretón. Tiene razón. Ambos son asesinos de niños. Sobre todo, y por encima de cualquier otra consideración. El ser lo establece el crimen, también el castigo. No la depresión ni el “oír voces” ni el odio a tu mujer y el deseo de hacerle daño. Lo que eres lo define el crimen.

Aunque es cierto que hay algunas diferencias. Bretón fue juzgado como un asesino hombre y Clancy está siendo juzgada como asesino mujer. No es lo mismo. Veamos el caso de Timothy Ray Jones, que mató a sus cinco hijos (también oía voces) y fue condenado a muerte. Como merecía. El jurado tardó una hora y cincuenta minutos en mandarlo a la silla eléctrica.

Pobrecilla “estaba sobrepasada”, dicen los admiradores de Lindsay Clancy, que los tiene. Se agolpan a su paso para mostrar su apoyo a la asesina formando corazoncitos con los dedos. Son las mismas que, en su momento, querían follarse a Charles Mason. Gente perturbada.

En USA, donde el espectáculo es siempre más valioso que los hechos y los abogados hacen fama y fortuna defendiendo lo indefendible (O.J. Simpson no mató a Nicole, etcétera) hay una corte de piadosas y piadosos que piden su absolución. Piedad, dicen. La loquita pobrecita, dicen. Hay que absolverla. Nada de castigo. Lo que significa en la práctica: a la mierda los niños. Siento un gran desprecio por ese tipo de piedad siempre a costa de la vida de otros.

De este caso me interesa, lo que más, el nervio putrefacto que lo atraviesa, que no es otro que el victimismo femenino elevado a razón moral y judicial. Porque lo cierto es que si la mujer es siempre la gran víctima, el resto de las víctimas, incluidas las suyas, son pequeñas. Nunca mejor dicho.

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© Juan Abreu, 2006-2019