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Martes, 18 de agosto de 2026

Veo el video de un meneo de culo (las cosas de los cubanos siempre terminan igual) encabezado por un “pintor” recién llegado. El pari o fetecún se produce, para más inri (como se dice), en la Torre de la Libertad, en la que recibían a los exiliados políticos cubanos (los hubo) cuando llegaban a Miami huyendo del castrismo. En algún sitio, han levantado un montículo de banderas cubanas que parece un zurullo gigante. Me fijo en las damas, obedeciendo a mi naturaleza, y se me hace evidente que, secretamente, ansían que el pintor un hombre alto, corpulento y mulato (con la carga fálica simbólica que eso implica) las ensarte. Es un deseo frustrado, hasta donde sé, porque el disidente prefiere ser ensartado, como ellas. Algunos hombres también desean que el pintor los ensarte, también hay que decirlo. Todo es tan ridículo, patriotero y vulgar que produce vergüenza ajena. No en balde, después de setenta y siete años siguen perdiendo (no escribo seguimos, porque ya me quité) frente al castrismo. A partir de 1959 los cubanos se envilecieron tanto que han convertido la cubanidad (a saber qué coño es eso) en una letrina insondable.

También, qué remedio, echo un vistazo a la “obra pictórica” del famoso “pintor”. Hacía mucho tiempo (y miren que en la actualidad se pinta mierda) que no veía unos burdos engendros antiestéticos de tamaña magnitud: la relación de esos espantajos con la pintura es la misma que la de un piojo con el último teorema de Fermat.

Ahora bien, un mérito hay que atribuirle a las susodichas “pinturas”: una vez colgada una de ellas en cualquier casa, un hedor de alcantarilla desbordada se propagará por la morada en cuestión, inevitablemente.

Y eso no es fácil.

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© Juan Abreu, 2006-2019