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Domingo, 14 de juniuo de 2026

A poco de llegar a Barcelona escribí Gimnasio. En él describo mi encuentro con La Sagrada Familia de Gaudí, sumido en la admiración del isleño salvaje deslumbrado por la grandeza de Europa:

“Doy un rodeo (nunca sigo Mallorca o Córcega) para llegar al templo por el lado de Gaudí. La primera vez que vine a Barcelona (a ver La Sagrada Familia, a eso vine) me encontré de súbito frente al horror de las esculturas de Subirachs. Que no se limita a las espeluznantes esculturas deliberadamente antigaudianas, sino que contamina toda la fachada de La Pasión (basta ver el dibujo original de Gaudí para comprobarlo). Fachada llena de repugnantes líneas rectas despreciadas por el maestro de Reus. Ofensa total al maestro. Insulto inclasificable que me puso al borde del desmayo y el vómito. La fachada de Subirachs habría que volarla”.

“Estoy un rato dejándome penetrar por el esplendor único de la catedral. La hora del crepúsculo es ideal para contemplarla. Alimenta. Licores morados. Cuchicheos de piedra. Ternuras enroscadas. Lagartos. Deseos reprimidos. Pavor. Dolor dorado. Apófisis estiloides. Sapos.”

“Desolación. Multitudinaria resonancia que destila plagas y milagros, fanatismos, el alma de los vegetales, la soberbia y la antihumanidad del arte. Esponjadas arboledas. Maldiciones. Babosas. Fe. Vulva y vegetación, madre amantísima chorreando. Tortugas.”

Mi opinión sobre Gaudí y su obra más famosa ha cambiado con el tiempo, Ahora me gusta La Sagrada Familia como artefacto peculiar de una imaginación hipertrofiada por la falta de sexo y la consecuente Fe. Quién sabe que maravilla hubiera concebido Gaudí si hubiera follado alguna vez.

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© Juan Abreu, 2006-2019