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Martes, 26 de mayo de 2o26

Al amanecer mi perrito negro se bajó de la cama siempre duerme a mis pies avanzó unos pasos en dirección a la cocina yo aún tenía los ojos cerrados y lo escuché quejarse y me senté en la cama de un salto (metáfora) y le pregunté qué le pasaba estaba tumbado en el suelo y no podía levantarse, eso le pasaba. Apoyar las patas delanteras le causaba un gran dolor a juzgar por sus lamentos y al verlo y escucharlo sentí el peor terror de todos que es el de la perdida de un ser querido. Qué trampa más bien hecho nos han hecho todo lo que amamos ha a morir, me dije. Eran las siete y veinte de la mañana.

Llamé al veterinario y me dijo que lo llevara en seguida. Pesa veinte kilos mi perrito y no puedo me lo ha dicho el cirujano que me operó de la hernia lumbar pero lo cargué y bajé con él a cuestas las escaleras hasta el coche. El veterinario lo examinó le pinchó un antinflamatorio y me dijo hay que hacerle una radiografía y cuando la hubo hecho me llamó para que viera en la pantalla la artrosis: era como una nubecilla gris o una pequeña ampolla adherida a la parte inferior y superior del hueso de la articulación de la pata derecha. Como su dueño, que apenas puede subir ya escaleras por el dolor de rodillas, le dije a la doctora.

Y ahora es que me siento a ver si saco adelante el artículo de mañana para el diario y son casi las cuatro de la tarde y todavía no se me ha pasado el susto.


Una mañana de mayo

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© Juan Abreu, 2006-2019