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Domingo, 10 de mayo de 2026
Siempre he desconfiado de los hombres barbados, los considero impostores. Sobre todo si son escritores y gente así. Un caso extremo en España es el de Manuel Jabois, que escribe con la barba con los lamentables resultados que conocemos. Llega un momento en que la barba absorbe a su portador, que ya sólo puede existir como barba. Hablo de esto porque descubro, leyendo a Schopenhauer, que el filósofo piensa lo mismo y lo expresa de la más categórica manera. Lo que en esta tarde lluviosa en que leo ha despertado mi júbilo y provoca que aflore a mi rostro una de mis siniestras risitas.
“La barba debería, por ser casi una máscara, estar prohibida por la policía. Además, como es un símbolo sexual plantado en medio de la cara, resulta obscena; de ahí que le guste tanto a las mujeres. La barba se suele decir, es connatural al hombre y es cierto; por eso le resulta muy apropiada al hombre en su estado natural, así como el afeitarse lo es del hombre en su estado civilizado (…) La barba incrementa la superficie animal del rostro y la destaca: por ello le imprime a éste una apariencia tan marcadamente brutal; ¡basta con observar de perfil a un hombre barbado comiendo! (…) La ferocidad y la atrocidad que la barba le confiere a la fisionomía proviene del hecho de que una correspondiente masa inerte ocupa la mitad del rostro, precisamente aquella mitad en que se expresa la índole moral del individuo (…) Todo lo barbado es animal.
Arthur Schopenhauer













