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Sábado, 18 de abril de 2026

A poco de llegar a Barcelona comencé a leer para la editorial Tusquets, era una manera de ganar algún dinero (muy poco, leer manuscritos para editoriales y escribir un informe argumentando si te parecía publicable o no, era un trabajo muy mal pagado) en aquella época en que mi economía era bastante precaria. No recuerdo quién me orientó en esa dirección (la de lector de Tusquets), tal vez Iván de la Nuez o Claudio López Lamadrid. No ganaba mucho, casi nada, pero podía llevarme todos los libros que quería cuando visitaba la editorial, las chicas de Tusquets qué muchachas amables, nunca dijeron no a mis insaciables deseos de lectura. Mis informes solían ser lapidarios, pero también cómicos (algún día los reuniré y publicaré, podrían ser una lectura simpática) y cuando mi informe de lectura era positivo y recomendaba la publicación de un manuscrito (como ocurrió con La rumba de Lázaro, de Ernesto Mestre, para mí la mejor novela escrita por un cubanoamericano en las últimas décadas) me tomaban en serio. Entonces me llamaba Beatriz de Moura a su oficina, y me hacía explicar detalladamente los motivos por los que pensaba que el libro merecía ser publicado. Beatriz fue una mujer bella en su juventud y en la época en que la conocí, conservaba algo de esa belleza juvenil. Era una mujer muy interesante, además. Un tanto arrogante, pero para a un tipo como yo, tan arrogante, eso no significaba nada. Tengo algunas cosas que agradecer a Beatriz y Tusquets, amén de ese primer trabajo; gracias a ellos conocí a Berlanga, un personaje fabuloso, y publiqué mi novela, Diosa, en la colección La sonrisa vertical. Fue lo único que publiqué con Tusquets (salvo un cuento en un volumen de relatos eróticos, si mal no recuerdo). La llegada de Leonardo Padura a la editorial, y el éxito comercial de sus libros, frustró cualquier posibilidad de que un anticastrista connotado como yo, publicase en Tusquets.

Ahora que leo que ha muerto Beatriz de Moura, siento la necesidad de decir que le agradezco su amabilidad, profesionalismo, y su presencia imponente. A mí las mujeres imponentes me fascinan. Ya sé que la muerte es el fin de todo y que en la muerte no se descansa ni nada por el estilo, pero por si me equivoco, quiero decir descansa en paz, Beatriz.


Genocidio mental

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