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Domingo, 1 de febrero de 2026

Hace algún tiempo una desconocida, mediante una amiga común, me regaló el retoño de la planta más fea del mundo. En ese momento yo no sabía que era la planta más fea del mundo, pero saberlo no hubiera cambiado nada, la mantuve con las raíces en agua durante unos días y después la trasplanté a una jardinera y allí fue creciendo hasta convertirse en la planta más fea del mundo. Al principio, al mirarla, me provocaba cierto estupor estético, pero a medida que la he ido conociendo ha empezado a sentir por ella cierta ternura.

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© Juan Abreu, 2006-2019