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Sábado, 30 de agosto de 2025
En la Galería de los Uffizi me pasa algo inesperado. No tiene nada que ver con la Galería de los Uffizi que recuerdo. La que recuerdo es muy superior. Y esto atañe no sólo al edificio (que ahora encuentro opresivo, tortuoso, sombrío) también a las obras que contiene; por ejemplo, la ejecución del soplo de Céfiro en el Nacimiento de Venus de Boticelli, me parece cutre. Qué cutrez, me digo. Lo único que se salva es el Tondo Doni de Miguel Ángel, el autorretrato de Rembrandt, un Caravaggio y poca cosa más aquí y allá. ¿Qué ha pasado? ¿Qué me ha pasado?
Algo parecido me sucede al atravesar el Ponte Vecchio, despojado ahora del encanto que tenía en mi recuerdo, convertido en una sucesión de fatuas tiendas pijas. Amén de lo del recuerdo (casi veinte años) tengo la sensación de que el grueso envoltorio literario en que la realidad está encerrada (al menos para cerebros como el mío) se ha resquebrajado y permite ver su interior, que no sabría decir qué es, pero que comparado con el envoltorio literario y la exquisita belleza de mi recuerdo resulta feo, deprimente, vulgar, desolado e incluso apesta a basura amontonada bajo la lluvia en las calles de la extrema intemperie del mundo. ¿Me ha sido dado acaso percibir la extrema intemperie del mundo?
Cuando salimos de los Uffizi, intento ver a mi amado Pontormo, pero la Iglesia de la Santa Felicita está cerrada. Y casi me alegro de que así sea. Me aterra la idea de que mi Pontormo ya no sea mi Pontormo.
