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Uno va aflojándose y acobardándose y en general enmierdándose y tiende naturalmente al corral. Para combatir esa abyección, cuando veo que estoy ya con un pie dentro del corral, leo a Paglia. “Condeno todos los códigos de expresión y defiendo la ofensa por su valor intrínseco, como herramienta de ataque contra la opinión recibida y las presunciones no cuestionadas”. “Tenemos el derecho democrático a ofender”. Y leo sobre todo al gran Thomas Bernhard. “No hay nada más repulsivo ni absurdo que leer en público”. “Estoy en la montaña de Ohlsdorf, porque la concentración es para mí importante y el cartero me ataca los nervios, ya que no me trae a casa más que ridiculeces que me indignan, un montón de papel estúpidamente impreso como si el destinatario fuese idiota. ¿Podría responderme la pregunta de por qué los editores publican rápidamente lo que la gente muy joven escribe en muy poco tiempo, sin ningún esfuerzo, sin ningún genio y de forma muy estúpida?”. “Estimo que mi nombre debe aparecer lo mínimo posible en periódicos y radios. Si oigo mi nombre en la radio, me veo en medio de la porquería, si leo mi nombre en el periódico, creo estar en una cloaca”. “Nunca se está suficientemente en contra”.

Y me voy sintiendo mejor.

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© Juan Abreu, 2006-2019