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Vivir en un lugar donde todo el mundo me llamaba compañero es una de las cosas más asquerosas que me han pasado en la vida. Gracias al fidelismo tuve que soportar esa abyección durante veintiocho años. Odio la palabra compañero. La palabra ciudadano, en la isla pavorosa, por otra parte, estaba reservada al enemigo o al candidato a enemigo. Lo que dice mucho del fidelismo. Cuando los fidelistas empezaban a llamarte ciudadano, ya podías considerarte seguro candidato a la marginación social, la cárcel, o el exilio.
Aquí en España a la izquierda culogorda (es decir a toda la izquierda) le encanta lo de compañeros y hasta lo de alzar el puño en alto: no hay para mí un espectáculo más repugnante.













