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Bélgica (3)

A Brujas le llaman la Venecia del Norte: es una exageración. Pero hay canales, es verdad. Ahora mismo he estado a punto de lanzarme a uno de ellos porque pasaron dos o tres hablando flamenco. Oír hablar flamenco es como si te dieran cien patadas en el oído. Bajo su apariencia bucólica, hay que decirlo, Brujas es una ciudad envenenada por el nacionalismo (léase tribalismo), como toda Bélgica. Los llamados flamencos se obstinan en hablar una jerigonza llamada flamenco, que suena como mil chirridos, todos espeluznantes, en vez de hablar francés o cualquier otra jerigonza más hablada en el resto del mundo. Pero no hay manera. ¡Nuestra jerigonza espantosa o la muerte! La imbecilidad tribal es algo muy viejo un monstruo antiguo que aquí rumia por los rincones y del que si afinas la nariz percibes claramente el hedor.

Una lengua no es un mundo, todo lo contrario, es un villorrio. Y los nacionalismos se atrincheran en ese villorrio con su xenofobia su oscurantismo y su fatal ensimismamiento en esa tóxica porquería que llaman lo nuestro. Lo mejor que podría pasar en el mundo es que todos hablásemos el mismo idioma. O en el peor de los casos dos o tres lenguas poderosas cultural y numéricamente. Una lengua sin poder cultural y numérico no es nada. Bueno, sí, es algo: un incordio funesto y disociador.

Ahora pues, descendamos y confundamos allí su lengua, para que ninguno entienda el habla de su compañero. Así los esparció Jehová sobre la faz de toda la tierra, y dejaron de edificar la ciudad.

Dios, no hay que olvidarlo, privó a los hombres de una lengua común para cegarlos y para sumirlos en la confusión.

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© Juan Abreu, 2006-2019