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Veo en un video que me mandan a los pequeños abreu en Miami abriendo regalos. Crecerán libres y fuera del alcance de la grosería de la isla. Ningún esbirro fidelista disfrazado de maestro los adoctrinará. No pasarán hambre, tendrán ropa y zapatos y se les tratará con respeto y se premiarán los méritos que obtengan su esfuerzo y su talento, no su sumisión o su fanatismo. Serán, ya son, ciudadanos de un país libre. Yo aún recuerdo la primera vez que, apenas bajado del bote en Key West, alguien me llamó señor y se me escaparon unas lágrimas. La que hay de compañero a señor, esa es la distancia entre un esclavo y un hombre libre.

No miren el pasado, les digo, nosotros los del pasado nos sacrificamos para que ustedes puedan ser lo que deseen y lo único que pedimos es que sean dignos de ese sacrificio. Que no se rindan a la pereza o a los obstáculos que acarrea la persecución de la excelencia. Que no se detengan. ¿Ha sido difícil para nosotros, sus padres, sus abuelos? Lo ha sido. Mucho. Es verdad.

Tanto, que en estos días crece en mi jardín un árbol de victoria, pero también un árbol de asombro.

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© Juan Abreu, 2006-2019