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Amanece y niebla y apenas veo el olivo y el gato salió por la trampilla hace un momento y se perdió en la humareda. Recuerdo entonces, la sopa química de mi cerebro tiene sus caminos, la niebla de los campos de caña cerca de un pueblo espantoso llamado Colón (¿o era Los Arabos?) cuando yo era un esclavo, allí pasé más de un año cortando hambriento caña doce horas diarias más o menos porque si no cumplías la meta la cantidad de arrobas de caña que tenías que cortar no podías irte del cañaveral y seguías cortando las horas necesarias hasta cumplir la meta a la luz de un farol chino.
Nos levantábamos de noche con frío, para ser la pavorosa, y nos poníamos la ropa dura del sudor y negra de la caña quemada ahora me llega qué cosa el olor del sombrero de yarey qué olor tan repulsivo y salíamos de la barraca a beber en un jarro asqueroso un poco de leche en polvo rusa y al beberla me daban ganas de vomitar día tras día y mes tras mes. La niebla también cubría el terraplén cuando llegábamos al cañaveral y como espectros en él nos internábamos flacos y mugrientos y desdentados.
Santocielo lo que trae la niebla.













