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Sigo con el libro de Cabrera Infante y llego al ensayo sobre el suicidio en Cuba. Entra en escena Martí, el Ápostol. Tiene razón GCI cuando dice que Martí se suicidó en Dos Ríos. Mi tesis es que estaba harto de los cubanos como al final está cualquier persona sensible. Se lanzó al galope a la muerte harto de los cubanos.
Leer a CI resulta fundamental para entender la fascinación de los cubanos prominentes (sobre todo políticamente prominentes) por el suicidio y para conocer un poco más a los cubanos (si es que aún queda alguien interesado en eso). Lo significativo, para mí, mientras leo, es que esta fascinación cubana por el suicidio, tiene un lado autocompasivo y llorica. Que encuentro indignante. ¿Por qué? Porque excluye la venganza. ¿Por qué no van y le disparan al causante de sus problemas? Me pregunto. Pero. No. Prefieren pegarse un tiro.
Haydée Santamaría, Dorticós, Augusto Martínez Sánchez ¡que en lugar de disparar a Castro y a la chusma que lo acompaña a detener a Hubert Matos, se dispara a sí mismo!, Nilsa Espín, hermana de Vilma Espín, que se pegó un balazo ¡en el baño del despacho de Raúl Castro!, con Raúl a dos pasos. Rafael del Pino, Onelio Pino, Eddy Suñol, y toda una larga lista. Y hasta a Hubert Matos incluyo yo en esa lista. ¿Por qué no se enfrentó a Castro a balazos en vez de entregarse como un corderito?
La historia de Cuba está llena de suicidas politica y militarmente prominentes que decidieron volarse la cabeza antes que volársela (o morir en el intento) al causante a fin de cuentas de que se volaran la cabeza.
Lo que no debe extrañar a nadie. ¿Qué es la Historia de Cuba sino un perenne suicidio?













