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Sigo buscando información para 1959 y vuelvo a pedir desde aquí a cualquier persona que tenga acceso a fotografías de fusilados, que me las envíe. Ayer pinté a José Andrés Rodríguez Terrero un muchacho de veinte años de rostro muy limpio que fusilaron en Santiago de Cuba. Me gusta cómo me quedó el retrato como traspasado por un agua.
E investigando, descubro que, según testigos, al muchacho Chao Flores no sólo le quitaron las muletas y lo hicieron arrastrarse hasta el lugar de ejecución sino que lo empujaron por una escalera de piedra que se hallaba entre la celda y el paredón. Qué gran historia la de Chao Flores, pienso otra vez. Desde que pinté su retrato pienso con frecuencia en el muchacho arrastrándose y su muñón y los insultos de la turba que los castristas habían invitado a presenciar el espectáculo.
¡Así, así, gusano, arrástrate! Gritaba el pueblo, según los historiadores.
Veo una y otra vez ese momento en mi cerebro y hasta escucho los gritos.
Qué gran historia.
Y Padura ni una puta línea.
1959. José Andrés Rodríguez Terrero. Oil on canvas, 27 × 35 cms.













