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Libres e Iguales, movimiento libertario, ofreció ayer una hermosa velada en el Círculo Ecuestre de Barcelona. Fue una noche memorable. Yo iba bebiendo un vinillo blanco y escuchando y diciéndome si este fuera el lenguaje habitual de la política, qué maravilla la política sería. Tuve la oportunidad, al llegar, de saludar a Mario Vargas Llosa y hablamos naturalmente de Arenas, a quien el gran escritor peruano conoció y defendió gallardamente. Mario es un formidable escritor pero es además un señor extremadamente decente, y esto no es un detalle menor teniendo en cuenta lo escasa que es la decencia entre escritores y en la especie en general, como se sabe.

Yo, balsero siempre, marielito siempre, paseaba maravillado por el magnífico palacio que ocupa el Círculo Ecuestre y miraba pasar a las elegantes señoras y estuve un rato contemplando un cuadro del pintor Casas que tienen allí muy bonito.

Cayetana Álvarez de Toledo fue la primera en hablar y en el panorama político español no es posible encontrar hoy una voz más hermosa y sugerente y un cerebro mejor ordenado y tan en sintonía con esa hermosa voz. Arcadi Espada, a continuación, brillante como acostumbra, pero tal vez más. Y después Mario Vargas Llosa vino a hablarnos de los populismos y de la feroz eclosión de la tribu en algunas provincias españolas y su discurso nos llevó al horror de la caverna a la que pretenden regresarnos los nacionalistas, pero también desplegó para nosotros un paisaje de esperanza y de inquebrantable fe en la superioridad moral de la civilización sobre la barbarie tribal.

Y su voz resonaba en el gran salón como una trompeta que llamara a la batalla por la luz de la libertad.

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