1993
Ya casi termino el libro de Gayford sobre Miguel Ángel. El domingo me pasé cuatro horas tumbado en el altar de las modelos leyendo. Más bien flojito el libro y todo el esfuerzo que se toma Gayford por quitar categoría e importancia a la homosexualidad de Miguel Ángel es bastante ridículo. El artista sostuvo en vida, es verdad, que su afición por la belleza masculina era casta, pero no hay que olvidar que la Iglesia, siempre tan interesada en lo que hace la gente con su culo, condenaba a muerte a los homosexuales en aquellos tiempos.
Lo cierto es que Miguel Ángel estuvo toda su vida rodeado de bellos mozos que vivían con él y a los que escribía encendidos poemas de amor; para no hablar de que la mayor parte de la obra del gran escultor es un canto a la belleza del cuerpo masculino. Tanto, que cuando esculpe o pinta a una mujer lo que le sale es un hombre con tetas.
Miguel Ángel fue muy tacaño y de trato difícil y al morir era dueño de valiosas propiedades y en su dormitorio encontraron un baúl lleno de monedas de oro y plata. La fortuna guardada en el baúl equivalía (casi, unos cientos de ducados menos) al precio que “Elena di Toledo, esposa de Cosme de Médici, duque de Toscana, había pagado quince años antes por una de las viviendas más grandiosas de Florencia: el Palazzo Pitti”.
Miguel Ángel era muy rico al morir. Pero le apestaban los pies y no se cambiaba de zapatos para no gastar y poca higiene en general y nada de darse gustos que hay que ahorrar.
El gran Miguel Ángel.













