Estampas

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1959. Manuel Puig Miyar. Oil on canvas, 27 × 35 cms.

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Lo más horrible de la foto del niño muerto en la playa no es la foto. Fotos mucho más horrorosas se podrían hacer a diario en el mundo. ¿Niños asesinados por ser cristianos, en Africa? ¿Niños prostituidos en medio mundo, o nos limitamos a los que van a follarse a Tailandia los europeos que lloriquean ay conmovidos e indignados por el niño de la playa? ¿Niños de los basureros de Perú o Brasil? Pero. Esos no son carnaza suficientemente melodramática para la roja hipócrita y oportunista prensa europea. Una prensa siempre ansiosa de símbolos que les ayuden a dejar bien claro lo malsana, criminal y egoísta que es Europa. No hay nada tan masoquista como un rojo culogordo periodista europeo.

Lo más impresionante no es la foto del niño en la playa como decía sino la pedorrea literaria obscena y ridícula que provoca. Un niño muerto es sobre todo un festín para los literatos. He leído cada cosa. ¡Este caído de pala y cubo! ¡Sueños de espuma blanca! Y los más literatos hasta lagrimitas, sí, lloré, doctor, ¡los hombres también lloran! y ¡auschwitz! y ¡darwin! y la niña vietnamita que nunca falta. Ya me tienen hasta los huevos con la niña vietnamita.

Hay algo francamente asqueroso en este revolotear en torno al niño muerto en la playa.

Un poco de contención señores.

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Hay tanta oscuridad en el estudio que tengo que encender las luces por las cristaleras lo que entra es un vapor gris y una penumbra húmeda. Ha terminado de golpe el verano y el cielo se tapa y me invade cierta melancolía. Siempre me pasa con el cambio de estaciones pero me gusta el cambio de las estaciones aún recuerdo aterrado el espeluznante verano perpetuo de la isla que llega un momento en que te embrutece y animaliza completamente. Como todo allá, a fin de cuentas.

Pinto en esa melancolía y creo que ella tiene algo que ver con que los últimos retratos sean más oscuros grises y pardos azulados y claridades verdosas y unos naranjas nublados de verde esmeralda.

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Ya instalado en casa a la primera oportunidad como es lógico me pongo a releer a Chautebriand. Y encuentro esto: “Si mis obras sobreviven, si he de dejar un nombre, acaso un día, guiado por estas Memorias, algún viajero venga a visitar estos lugares que describo”.

Yo soy ese viajero naturalmente.

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Al entrar en casa me reciben los fusilados desde todas las paredes y parecen decirme ¿pero dónde has estado? ¡Tienes trabajo! ¿Quién nos pintará si no lo haces tú? La pintura cubana está llena de esbirros y de culoflojos que jamás nos pintarían por puro esbirrismo o por miedo. ¿Sánchez? Sólo pinta paisajes culecos ya pintados mil veces antes por otros y retratos de su cerebro, me refiero a sus cuadros de basureros. ¿Kcho? ese nos fusilaría otra vez si pudiera. ¿Garciandía, ese miedica especializado en diarreas abstractas copiadas de aquí y de allá? ¿Novoa? Pero si el pobre muchacho tiene aún el cerebro colonizado por los soviéticos. ¿Garaicoa? Toda esa chorrada conceptual apesta a pretensión pomposa y a farsante a cien millas. ¿El de los gallos gigantes, cómo se llama? Ah sí, Fabelo. ¿Es necesario mencionar a ese patán rey de lo ridículo y de lo cursi parroquial? ¡Gallos gigantes montados por mujeres desnudas! Por Dios, a qué clase de alcantarilla ha llegado la pintura cubana…

Bueno bueno, cálmense, les digo.

Y me pongo a trabajar no vaya a ser que les dé por hablar de mi pintura.

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Francia (9)

Los mejores días transcurren en Eymet con Margarita y Alain. Los despertares son frescos y la casa es del siglo XIII y está frente a la iglesia y muy cerca de la hermosa plaza del pueblo y conversamos largamente y hacemos una excursión al castillo de Biron y paseamos por los campos del Perigueux y compro un gato de madera que montará guardia al pie de los fusilados y una rana tallada un juguete antiguo que hay que ir armando un regalo para la joven Chloe y Margarita es un diáfano torbellino y Alain hace gala de su humor infantil y corrosivo y bebemos un champán tal vez más grácil que un azor.

El pintor Camacho está por todas partes y eso me produce un profundo placer. Los grandes amores son grandes amistades, por eso perduran. Los cuerpos pasan y nunca nos pertenecen. Qué privilegio tener la oportunidad de ver un gran amor con más de dos protagonistas sucediendo ante mis ojos como una bandada de pájaros en el cielo ensanchado del atardecer.

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Francia (8)

Visitamos Oradour-sur-Glane. Los nazis mataron a todos sus habitantes incluyendo mujeres y niños y quemaron el lugar el 10 de junio de 1944. 642 personas. Ha sido un acierto conservarla tal y como quedó tras su destrucción. Caminamos por entre las ruinas en silencio qué otra cosa se puede hacer y yo voy pensando en el horror del chimpancé nacionalista porque nunca olvido que todas las grandes ideologías criminales han sido y son nacionalistas.

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Francia (7)

Durante el viaje voy leyendo el estupendo libro de Noah Harari y en la página 192 me encuentro esto, que demuestra, como si hiciera falta, el carácter falso e irracional, obtuso y tribal del nacionalismo, esa infección supuestamente basada en la “autenticidad” de una cultura y en su carácter único e irremplazable.

“Todavía hablamos mucho de culturas auténticas, pero si por auténtico queremos decir algo que se desarrolló de forma independiente, y que consiste en tradiciones locales antiguas, libres de influencias externas, entonces no quedan en la Tierra culturas auténticas. A lo largo de los últimos siglos, todas las culturas cambiaron hasta hacerse prácticamente irreconocibles por un aluvión de influencias globales”.

“Los filmes de Hollywood han perpetuado la imagen de los indios de las llanuras como jinetes valientes que atacaban intrépidamente los carromatos de los pioneros europeos para proteger las costumbres de sus antepasados. Sin embargo, estos jinetes americanos nativos no eran los defensores de alguna cultura antigua y auténtica. Por el contrario, eran el producto de una revolución militar y política importante que barrió las llanuras del oeste de Norteamérica en los siglos XVII y XVIII, como consecuencia de la llegada de los caballos europeos. En 1492 no había caballos en América. La cultura de los sioux y los apaches del siglo XIX tiene muchos aspectos atractivos, pero era una cultura moderna (resultado de fuerzas globales) mucho más que auténtica”.

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Francia (6)

Las Memorias de ultratumba es, después por supuesto de la Historia de mi vida de Casanova, el libro que más me ha impresionado. De los miles de libros que he leído pocos me han causado un impacto tan alimenticio. Un hombre formidable Chautebriand. Un noble, un aristócrata, en el mejor y único sentido. Un mujeriego fiel, como debe ser. Un romántico empedernido y un hombre valiente. Un hombre que sabía ya en su época que la Revolución Norteamericana era la Revolución y que la Revolución Francesa fue el germen de los espantos del siglo XX.

Lo expresa muy bien Marc Fumaroli: “La verdad sobre el Terror soviético, al esclarecer, retrospectivamente, la verdad sobre el Terror jacobino e imperial, hace evidente, de entonces acá, que la Revolución Rusa de 1917, la Revolución permanente en la China de Mao, la Revolución de los jemeres rojos en Camboya, y un buen número de otras barbaridades indecibles del siglo XX, han encontrado una especie de garantía idealizada en el precedente del terror de 1793. Este infierno político y policial francés fue el tronco originario de infiernos análogos que se multiplicaron a lo largo del siglo XX, pero a más vasta escala y con superior eficacia”.

Con la gran cultura francesa de la libertad siempre he tenido una actitud desconfiada porque la famosa Revolución Francesa siempre me ha parecido un acontecimiento grotesco y criminal.

Con razón, claro está.

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Francia (5)

Llegamos a Combourg bajo una fina lluvia que me dicen que aquí cae la mayor parte del año. Paseamos por los vastos jardines bajo los castaños inmensos así que aquí fue donde creció Chauteabriand el magnífico. Yo también decía de niño como Víctor Hugo seré Chautebriand o nada. Y afuera más allá de las torres en una intersección a la vista del lago, la estatua. Qué apuesto Chautebriand.

Más tarde, desde las murallas de St. Malo contemplo Gran Bé, donde está la tumba del escritor. Cuando baja mucho la marea se puede llegar al peñasco a pie pero ahora está altísima la marea. Un montón de franceses se bañan en el mar helado. Hay hasta un trampolín y los jóvenes sobre todo se zambullen desde allí. Me parece ver algunas focas pero tal vez sean franceses a fin de cuentas. Yo es que me congelo de sólo mirar ese mar. Estoy un rato contemplando la cruz en la distancia y pienso en la vida y en la muerte y en el poder de la imaginación y en ese tipo de cosas y me digo lo que siempre me digo en lugares como este ¡qué lejos has llegado geográfica y humanamente Juan Abreu! y al decirlo siento como si le diera una patada en el culo a los castristas y sonrío.

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