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Domingo, 5 de mayo de 2019

Escribí una novela futurista que me gusta mucho y que con los años se convirtió en la primera parte de El Gen de Dios y en esa novela al final los héroes de la novela, después de atravesar una inmensidad negra y letal llegan a una puerta de palabras que los conduce a un libro. Es lo que siempre he deseado, que al morir después de atravesar la oscuridad de la muerte abra los ojos otra vez y esté dentro de un libro. Yo no escribo para encontrarme sino para alejarme. El libro al que llegan mis personajes es El monte de Lydia Cabrera y es los Diarios de campaña de José Martí y allí está mi querida Lydia sentada en un sillón. Y entre los follajes anda Arenas escribiendo en los árboles y mis padres y hermanos y hay sobre todo seguridad en aquel lugar ya ajeno a la muerte o más allá de ella y allí, a salvo, se quedan.

Sé que ese lugar no existe (por eso lo escribo, para que exista) y les he endilgado toda esta cháchara para decirles que siento casi lo mismo cuando mis generosas lectoras me mandan fotos con mi libro y cuando las recibo sépanlo me emociono y enternezco y pienso aquí me quedo. En sus pieles tibias como mis personajes dentro del libro encuentro el gran sosiego. Y esa posiblemente sea la mayor tragedia de mi vida no poder quedarme ahí.

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© Juan Abreu, 2006-2018