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Sábado, 5 de enero de 2019

Yo cruzaba la bahía de La Habana, una extensión putrefacta color excremento y aceitada por los desperdicios de los barcos rusos y me apeaba en el embarcadero de Regla para ir a mi trabajo de peón en la termoeléctrica de Tallapiedra. Todos los días. Durante años. Algunos días tenía que ir todo el trayecto con la nariz tapada porque el hedor de las guas contaminadas era insoportable. Todo el que viajaba en la lanchita de Regla como le llamaban a la vieja embarcación que cruzaba la bahía sabía que una caída en aquellas aguas podía resultar mortal y nos aferrábamos al armatoste temerosos de aquello que llamaban bahía pero que más bien era un inmenso albañal. Y ahora me tropiezo (en un libro de Mark Kurlansky) con una cita del escritor costumbrista Abilio Estévez que habla de la “bahía hermosa, diabólicamente hermosa” refiriéndose a esa misma bahía hedionda que yo cruzaba todos los días para ir a trabajar.

Nunca he entendido con qué ojo ven la realidad cubana algunos novelistas cubanos pero tampoco voy a aventurar lo que estoy pensando porque va y se ofende Estévez.


Franco

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