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Lunes, 26 de noviembre de 2018

Acabo de leer Mi fe se perdió en Moscú, el libro de memorias de Enrique Castro Delgado, un comunista español que huyó al paraíso soviético al concluir la Guerra Civil. Castro Delgado no es un hombre inocente, tuvo un papel destacado en el terror comunista que se impuso en el Madrid republicano, pero es un hombre honrado. Cuando creía en las monsergas comunistas las defendió hasta el crimen, cuando dejó de creer en ellas, al constatar la verdadera naturaleza del comunismo, lo denunció con valor y eficacia en sus libros y artículos de prensa. Es uno de los raros casos de comunistas españoles, acaso el único, que confiesa sus crímenes. Castro Delgado describe la atmósfera de terror y asfixia moral que caracteriza a los países envilecidos por el comunismo con minuciosidad implacable, con veracidad irreprochable. Lo sé, porque yo he vivido esa atmósfera de terror y de asfixia moral. La lectura del libro de Enrique Castro Delgado me produjo una angustiosa sensación que los años de vida en libertad casi habían borrado: la de ser un animal que vive cada minuto a merced de inmensas fuerzas implacables, y a la espera de ser definitivamente aniquilado por esas fuerzas inmensas e implacables. Sólo un libro verdaderamente poderoso es capaz de provocar algo así.

Tengo el placer de acompañar al amigo Sergio Campos en la presentación de Mi fe se perdió en Moscú en Barcelona. Será el próximo viernes y están todos invitados.

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