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13 de junio de 2017

Estoy leyendo el libro de Imre Kertész sobre su vejez y su decadencia. La última posada, o eso dice la traducción. Un título malo pero nada que ver con el libro hasta donde voy formidable muy honesto y muy valiente. La famosa escritura de lo real que tanto me interesa la veo asomar aquí y allá, no siempre, como en Léautaud, porque en Kertész todavía hay impostura literaria y la literatura aparece y da mordiscos esporádicamente, pero aún así hay logros impresionantes en el sentido de escribir sin literatura de escribir lo real. Kertész considera el suicidio en varias ocasiones una idea que me parece aparejada de forma indisoluble a la vejez. Por la traición del cuerpo: esto ya no soy yo y te matas.

Extraños síntomas físicos. Ausencia de libido. Absoluta miseria física e intelectual. Mi vitalidad ha alcanzado el punto más bajo. Salí al balcón y calculé fríamente la distancia hasta el asfalto.

No se puede envejecer sin considerar el suicidio si te queda un poco de decencia esa es la verdad.

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© Juan Abreu, 2006-2011