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Llevo al perrito a la veterinaria una mujer larga y enjuta y me dice que como va a cumplir un año (la semana próxima) debemos castrarlo. Le pido detalles del asunto porque no me hace mucha gracia mutilar al perrito, así le digo. No es mutilar me dice ella pero es mutilar qué coño. Engordará, posiblemente, perderá su figura potente y estilizada tal vez, cuerpo de cazador de velocista raudo en la maleza que tiene. El proceso de convalecencia el postoperatorio como se dice será algo engorroso dice, pero yo lo cuidaré. Dice la mujer que la parte positiva eso dice es que se evitan o se reducen considerablemente las posibilidades de que padezca tumores testiculares o de próstata que es algo común una causa de muerte habitual de los perros. Vivirá más tranquilo. Es que se vuelven locos cuando tienen ganas, dice. Lo comprendo le respondo a mí me pasa lo mismo. El perrito mientras habla la veterinaria se ha sentado en mi regazo y la mira con esa expresión que tanto envidio una expresión que es sólo presente sin futuro ni pasado. Concertamos una cita para la operación. Pero. Veremos. Ya antes de salir a la calle con el perrito pienso tal vez sea mejor que muera de sus tumores como Rilke de su infección (si es que es verdad lo del pinchazo con la espina del rosal y el quiero morir mi propia muerte etcétera).

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© Juan Abreu, 2006-2011