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“ Si no quedaba nada más, las personas recurrían a un lodo blanco que llamaban tierra Guanyin, por el nombre de la diosa de la Misericordia. (…) Era una visión infernal: prietas hileras de aldeanos de aspecto espectral frente a pozos profundos, sus cuerpos marchitos cubiertos de sudor bajo la luz deslumbrante del sol, a la espera de su turno para descender al agujero y sacar unos pocos puñados de aquel cieno blanco como porcelana. Niños con las costillas a flor de piel, desmayándose de agotamiento, sus cuerpos mugrientos como estatuas de barro que arrojaban su sombra sobre la tierra. Viejas con ropas andrajosas que quemaban papeles donde se habían escrito conjuros mágicos y que se inclinaban con las manos juntas y murmuraban extraños encantamientos. Entre más de 10.000 personas excavaron un cuarto de millón de toneladas. En cierto pueblo, 214 familias de un total de 262 habían comido aquel fango, a razón de varios kilos por persona. Algunos de los aldeanos se llenaban la boca de barro mientras cavaban en el pozo. Pero la mayoría de ellos añadían agua al barro y lo amasaban después de mezclarlo con paja, flores y hierbas, y cocinaban pasteles de barro que les llenaban el estómago, aunque a duras penas les ofrecieran ningún sustento. Una vez ingerida, la tierra actuaba como cemento, secaba el estómago y absorbía toda la humedad del tracto intestinal. La defecación se volvía imposible. Hubo personas que murieron entre grandes dolores, con el colon taponado por la tierra. En Henan, según recuerda He Guanghua, fueron muchas las personas que empezaron a comer un tipo local de piedra llamado yanglishi. Lo molían y empleaban para hacer pasteles. En consecuencia, los adultos tenían que valerse de ramas para extraerse unos a otros los excrementos por el ano.”


¿Seis bofetadas, siete, ocho?


Y aquí lo dejo porque a este paso terminaría arrancándole la cabeza a bofetadas a los ex maoístas que se cruzaran en mi camino.

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© Juan Abreu, 2006-2011