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Jueves, 18 de noviembre de 2021

Como mi libro es un río (que va a dar a la mar del erotismo español y a la grotesca mueca que es actualmente la política española) no se detiene, el destino de los ríos es fluir incansables. Así mi Eros y política. En consecuencia, aquí les dejo la eropolitización correspondiente a la señora Cuca Gamarra. Seguimos.

Eros y política (Cuca Gamarra)

Tuve una novia hace mucho tiempo que se llamaba Cuca, o le decían, nadie se llama Cuca, y tengo muy buenos recuerdos sexuales de ella. Era una de esas mujeres soeces de aspecto y contenido que suelen ser espectaculares en la cama. Si te gusta eso, claro. A mí sí. Que te digan ¡párteme en dos, papi!, ¡ahora, ahora, te la voy a dar toda!, y cosas así. Les digo esto porque, en teoría, debería ver con buenos ojos, eróticamente hablando, a la señora Gamarra. En mi imaginario erótico las Cucas ocupan un lugar cimero. Pero. Ay.

Tengo la sensación, con toda seguridad infundada, de que retozar físicamente con la señora Gamarra debe ser como revolcarse en un montón de asbesto. Como masticar pladur. Algo muy desagradable. El mayor problema de la señora Gamarra, presumo, es que resulta posible que pertenezca a ese género de mujeres tan amargadas que la amargura les llega hasta al mismo órgano sexual. Padecen de lo que he dado en llamar, síndrome del coño cejijunto. Entraña cierta dificultar ayuntarse con mujeres que padecen este síndrome porque, a los pitos en general, les atemoriza. Temo que me pegue una dentellada, me ha dicho el mío al enfrentarse a uno de estos coños. Y eso que mi pito no se anda con chiquitas, como es fama. La señora Gamarra es capaz de amargar con su sola presencia una bañera llena de la famosa miel de la Ópera Garnier de París, ¡a cincuenta metros! Y, como si este don amargador arrasador fuera poco, la señora Gamarra tiene, nadie me discutirá eso, cara de conserva caducada.

La señora Gamarra trae a la política española la cara de conserva caducada el síndrome del coño cejijunto el revolcón montón de asbesto, el masticar pladur y el amargor arrasador capaz de amargar una bañera llena de la famosa miel de la Ópera Garnier de París ¡a cincuenta metros!

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