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Domingo, 4 de octubre de 2020

Eros y política (Baltazar Garzón)

El apareamiento entre una Fiscal General y un juez expulsado de la judicatura española es puro erotismo judicial. El eros político español es el gran tema de la literatura española contemporánea. ¡Qué riqueza, qué variedad, qué relajo! Y en el caso que nos ocupa, ¡qué togas húmedas, qué deposiciones despatarradas! ¿De qué hablan la fiscal y el exjuez en esas noches ardientes, ebrias de amor y de éxito vaginal garantizado? ¿De leyes? Quién pudiera instalar micrófonos. Pero. Ay. Es ilegal.

El señor Garzón es alto, que siempre es una ventaja en el mundo cinegético masculino y su pelambre lo hace interesante y atractivo, le da un aire de aventurero de bailarín sicalíptico de pirata de hombre de ambientes turbios (y no me refiero a sus relaciones con degenerados famosos como Maduro, Evo Morales o la señora Kirchner) que suelen despertar el morbo femenino. El único problema erótico que le veo al señor Garzón es que es caderudo (un rasgo feminoide). Algo que disminuye mucho lo varonil. Para no hablar de que ese tipo de caderas viene, con la mayor frecuencia, acompañada de unas nalgas generosas. Hombre caderudo es sinónimo de hombre nalgón.

El señor Garzón trae a la política española la añoranza del micrófono oculto e ilegal la altura cinegética el aire aventurero y bailarín sicalíptico el exjuez encamado con la Fiscal General (o el exjuez Fiscal General cama interpuesta, ¿cómo saberlo?) la familiaridad con degenerados famosos las togas húmedas las deposiciones despatarradas las caderas anchas y el desafortunado hombre nalgón.

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