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Jueves, 14 de noviembre de 2019

Eros y política (Ángela Merkel)

Lo de la señora Merkel es para mí un asunto de coleccionista. No lo escondo, aunque sé que estará mal visto como todo en estos miserables tiempos que vivimos. Siempre he coleccionado, desde mi juventud y ahora en la vejez cuando la vida me lo permite, sigo coleccionando. No sólo mujeres también colecciono pinturas, libros y hasta figuritas de Tintín. Y en mi colección de mujeres (hombres no colecciono) falta una teutona poderosa. Así Merkel. Sé que la señora Merkel ya está algo papuja y ajada y tiene cara de herrero. Pero. ¿Qué tipo de coleccionista sería si no fuera capaz de sacrificarme por mi colección? No crean que la teutona poderosa es el único ejemplar que me falta. Mi colección es modesta, aunque destaca en ella para mi orgullo una kuwaití. Y qué kuwaití. Sé que hay piezas que ya nunca cobraré: una coreana, una lituana. ¿De dónde voy a sacar a estas alturas a una coreana?

Cuando vea acercarse a la muerte en lo que pensaré será en los vacíos de mi colección. Ay, me faltó una neozelandesa, ay una esquimal, ay una tibetana. Me consuelo pensando en que no se sabe siempre con seguridad la nacionalidad de quienes uno se folla. Depende de las circunstancias. Nunca he indagado por la nacionalidad de una mujer en la penumbra en la que han transcurrido algunos alegres ayuntamientos grupales en los que he tenido la dicha de participar. ¿Y si la tetona aquella en el garito francés era neozelandesa, y si era esquimal? Ya nunca lo sabré.

La señora Merkel trae a la política mundial la pieza de caza anhelada y la fantasía de un erotismo ancestral que causa en el afortunado al que se le concede acceso sexual, la impresión de haberse acoplado a un uro u otro animal fabuloso y ya extinguido.

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© Juan Abreu, 2006-2019