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Miércoles, 2 de octubre de 2019

Eros y política (Marta Rovira)

La señora Rovira ha engordado en su exilio caviar en Suiza y se ve mejor, más matrona, aunque su rostro de institutriz inglesa y ríspida se mantiene incólume. Pero. Quién no ha soñado con ser abusado por una de esas (en nuestra imaginación) siempre perversas y depravadas institutrices inglesas y sus gafas. La fantasía de la institutriz inglesa es muy común y derriba muchas barreras.

A mí en cierta época me dio por fantasear con institutrices inglesas, preceptoras alemanas y otros fetiches sexuales dominantes y en las fantasías siempre yo era un jovenzuelo inexperto e inocente y estas mujeres aparecían uniformadas calzaban botas altas y portaban toda suerte de adminículos para doblegar al díscolo varón. Y tetas descomunales, indefectiblemente. Porqué estas fantasías. Ni idea. Pero me lo pasaba genial a merced de esas féminas lascivas, me encantaba ser su objeto sexual. Me encantaba ser un objeto sexual. Todavía me encanta. Creo que a todos (¡y todas!) nos gusta. ¿No?

Pero ay, me he desviado. La señora Rovira, engordada y todo no alcanza los niveles eróticos de las institutrices de mis fantasías, pero aún así, tiene lo necesario. Creo que con el correspondiente uniforme de oficial de la KGB o la Gestapo podría llegar a ser la institutriz inglesa de nuestros sueños.

La señora Rovira trae a la política española la fantasía de la institutriz depravada la cara de arpía a la fuga y el deseo juvenil de ser abusado por una mujer mayor y autoritaria que nos hace comer toda la papita disciplinadamente antes de someternos a prácticas sexuales no por humillantes menos placenteras.

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