Orlan Veinticinco

Orlan veinticinco

En la segunda entrega de la trilogía iniciada con Garbageland, Alfil Tres ha escapado de la persecución de los superpolicías Mics y llega al NewPlaneta virtualcarnal donde Orlán Veinticinco medra y planifica el ataque final sobre Tierra Firme.

La cría de Garbageland es indispensable para la Blasfemia Máxima, que se dispone a librar la batalla definitiva contra el Reorden Mundial, la inoculación del Gen de Dios y la disneyficación obligatoria; contra esa Tierra Firme donde los cielos son pantallas y Dios tiene las orejas tan grandes como el ratón Mickey. Un Dios cuyos caminos ya no son insondables pero cuyos recursos son infinitos, como los de las grandes corporaciones. En el viaje de iniciación que lo transformará en el gran espadachín de la Memoria, Alfil Tres debe conquistar la belleza inútil, marca de agua de todo lo creado.

Orlán Veinticinco es el relato de otro Apocalipsis pero sin la fe primigenia de un apóstol, ni la bizantina de un Dante, ni la herética de un Blake. Nuestro pecado, el pecado de sus personajes de gracia inasible, es pretender ser libres en un Futuro de sumisión.

Por eso, cuando el Hijo de Dios, los Cánceres Disney y los Mics se ciernen sobre nuestros héroes al final de la trepidante batalla del estadio de la Gran Revelación, uno repite con Lezama Lima, a quien la novela rinde homenaje: “Ah, que tú escapes”.

Ficha técnica:

Juan Abreu
Mondadori, Barcelona, 2003
295 págs.,
17,50 euros
ISBN: 84-397-0994-3

La crítica:

“ORLAN VEINTICINCO”, FUTURA NOVELA DE CULTO

El Nuevo herald

El escritor cubano Juan Abreu es enemigo de las sociedades de consumo. A ultranza, pero a su manera. No se unió a los defensores de la cultura europea en aquella famosa campaña contra EuroDisney.
Lo que hizo fue escribir Garbageland un despiadado ataque a los designios corporativos de convertir amplias zonas verdes del mundo en parques temáticos. Nunca ha intentado destruir un Mc Donalds, como hace algunos años hizo José Bové, ese trasnochado antiglobalista francés. Tampoco lo veremos ahora en los noticieros de la tarde forcejeando con un policía de la ciudad de Miami durante las esperadas manifestaciones en contra del Area de libre comercio de las Américas.
Está en Miami, sí, pero vino con motivo de presentar su novela Orlán veinticinco, en la Feria del Libro.
Abreu combate el neoliberalismo desde la literatura. Por eso acaba de escribir esta alucinante novela que retoma los mismos temas de Garbageland y los expande hasta la obnubilación.

La trama es a lo Matrix: en el año 2500, después de la tercera guerra de reorden, hay un gobierno mundial y Orlán Veinticinco, clon de una artista del siglo XX que odia la New-Estética, trata de destruirlo. El NewOrden es un mundo que se divide en espacios habitables y basureros gigantes. Hay una Tierra Firme, pero también hay un Webland-Tierra Santa, donde un dios con las orejas grandes como el ratón Mickey, atiende los ruegos en persona. Hay además un cielo con pantallas universales donde se anuncian las megacorporaciones. Se vive en un mundo virtual, donde el arte por el arte está prohibido, se venera la pornografía, y los deportistas son dioses. El dogma es consumir y no aburrirse nunca. Es decir, el embrutecimiento colectivo.
Los protagonistas son Alfil Tres, espadachín de Orlán Veinticinco; Moiton Toonesevich, afamado científico dedicado a la investigación de las tendencias de la raza humana a la virtualcarnalidad; Los Mics, miembros del ejército de Disney Corp. puestos al servicio del gobierno mundial; las Hermanas Impolutas, guerreras karatekas que cuidan a Orlán Veinticinco; los Monjes Lladró, religiosos que defienden la New-Estética; los cánceres Disney, engendros virtugenéticos usados contra las guerrillas Anticonsumo; y por último, miles de clones reforzados.
Pero, ¿qué es esto?. Una maravilla de la imaginación. Abreu ha escrito una novela única. Una épica futurista con la calidad literaria de un clásico y la posibilidad de convertirse en una superproducción hollywoodense. Claro, solo si la traducen al inglés y la lee George Lucas. Orlán Veinticinco podría ser la próxima Laura Croft: películas, juegos de vídeo y una línea de productos. Un sueño hecho realidad para cualquier escritor. Pero no para Abreu. Sería lo peor que podría ocurrirle: se convertiría en un millonario y se quedaría a vivir para siempre en Webland-Tierra Santa, capital del entretenimiento y el consumo total.
Creo haberlo dicho antes: Abreu está en camino de alcanzar el reconocimiento internacional que merece. Esta nueva novela es una prueba de ello. No es solo la monumentalidad imaginativa del argumento; es esa prosa telegráfica, reinventada y poética en la que cada palabra parece nacida para cada oración: “El hijo de Dios aterrizó suavemente. excelsa elegancia sin embargo accesible, familiar: juguetona majestuosidad. Magnificencia casera. Estaba hecho a imagen y semejanza del Padre. Belleza beatífica. Belleza canónica: garbo de la gran cabeza, esbeltez de los cilíndricos brazos, gallarda nariz acharolada. Cuerpo amoroso, lubricado, lustroso, aterciopelado: cuerpo paternal”.
Orlán Veinticinco termina con un Dios que promete el entretenimiento total instalado en los cuarteles generales de DisneyCorp y declarando oficialmente el comienzo de su Reino Virtualcarnal. Pero no hay que temer: La trilogía que comenzó con Garbageland, no ha concluido. En camino está El Masturbador, la novela que cierra el ciclo. ¿Triunfará el arte sobre la vanalidad? Quien sabe. Abreu sigue trabajando en eso.




ORLAN VEINTICINCO

Lateral

Juan Abreu es miembro de esa brillante generación de creadores cubanos represaliados descrita en Antes que anochezca. Nómada exiliado, juega a convertir los pequeños detalles de la existencia en objetos de fascinación o de horror extremo; los lugares más variopintos, en rincones de humanidad o degradación. Y es capaz de dotar a lo cotidiano de luz propia, como demostró en Gimnasio. Emanaciones de una rutina (Poliedro, Barcelona, 2002), su libro anterior.

Con Orlán Veinticinco, segunda entrega de un ciclo iniciado con Garbageland, presenta un futuro desolador en el que DisneyCorp y el Gobierno Mundial han instaurado un sistema de certezas aparentemente indestructible, donde la máxima aspiración es poder alcanzar –tras una existencia dominada por los Historiales Personales de Consumo y el nivel de Entretenimiento y de Gen de Dios– la mítica WebLand-Tierra Santa, olvidando así para siempre la Muerte. Pero un pequeño grupo rebelde, encabezado por Alfil Tres y Orlán –clon de la actual y revolucionaria artista, abanderada del carnal art–, se prepara para acometer la Performance Definitiva que logre reinstaurar el Caos y la Duda.

Fábula hilarante y amarga que arremete contra la sociedad de consumo y la banalización absoluta, la obra no deja de ser, paradójicamente, hija del mundo que repudia. Su ritmo fragmentado y en ocasiones hiperacelerado, fruto de una deconstrucción/ reconstrucción sintáctica que es capaz de ofrecer altas dosis de lirismo con loable economía de medios, no deja de ser reflejo de las pulsaciones íntimas de nuestras urbes, de la estética del videoclip. Su jocosidad exacerbada –sólo aparente, y cargada de pesimismo mordaz– resulta por momentos algo ligera, casi inconsistente, a fuerza de insistir en una serie limitada de símbolos; algunos demasiado evidentes (el McBurger, por ejemplo), quizá tópicos, aunque no por ello menos contundentes.

Parodia hiperbólica y entrañable, recorrida hasta la médula de una iconografía pop que en más de una ocasión roza lo kitsch, logra un sorprendente equilibrio con constantes referencias a la más alta cultura: desde la mejor literatura cubana, la de sus queridos Lezama (¡sacrosanta Paradiso!) y Arenas (el libro bebe de El asalto, entre otras), hasta la escatología cristiana, pasando por los grandes maestros del arte pictórico… Mezcla heterogénea y fascinante de elementos dispares (Gattaca y Blade Runner, Michael Ende, el mundo del comic y los superhéroes…), logrará convertir a Walt Disney en el mayor monstruo de la historia, y a Mickey Mouse en el protagonista de la peor pesadilla del lector.

Libertad y belleza son, pues, el núcleo de esta obra: reflexión sobre el papel del arte en los siglos por venir, y canto a la insumisión frente a cualquier tiranía; especialmente, ante el conformismo y la violenta erótica del poder imperantes. Verdaderamente amena, si semejante calificativo no resultara blasfemo en el código de valores que propone Abreu.

Sergio Colina

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© Juan Abreu, 2006-2011