10 enero 2008
Merecido reposo. Lecturas. El poder del arte de Schama, revaloración de Turner al que no apreciaba lo suficiente, el buen Van Gogh que devora colores y un sorbo de aguarrás y, por supuesto, el arte sólo puede tratar del artista.
Caravaggio y Rembrandt a otras alturas.
El asqueroso David.
La boca de la Dafne de Bernini. El gran arte es siempre lujuria.
Niebla, un ave de madera en el limonero, la mañana una esponja.
El absurdo sentimiento de culpa que acompaña siempre cualquier descanso. Ayer noche, tensión motivada por el vacío que deja el libro acabado. Dibujo para relajarme. Mi polla queda especialmente bien. Su hermosura llena casi media libreta de apuntes.
Ya de madrugada, me interno en la Suite francesa de Irène Némirovsky. Bello libro. Irène salió huyendo de los bolcheviques y cayó en manos de los nazis y los franceses.
Lo mismo.
Pero qué magnífica venganza su libro. Antes de que la mataran, por judía, dejó al viento las vergüenzas de la crápula humana y particularmente las vergüenzas de la crápula francesa.
Santo cielo, qué pueblo, aferrado a sus porcelanas y rindiéndose rastreramente a los alemanes.
Y enseguida, más nazis que los nazis, a perseguir a las hijas de la Némirovsky para mandarlas también a Auschwitz.
Por suerte no lo consiguieron.
Las niñas, que cargaban con el manuscrito de la novela de su madre.
Casi a las tres, me duermo, mi fe en el poder de la palabra, fortalecida.
