14 enero 2008

El sábado en Babelia artículo de Reina María Rodríguez.
Ininteligible.

Supongo que quiso decir vivimos en una dictadura, los intelectuales nos comportamos como vendidos y cobardes, necesitamos libertad, necesitamos democracia y derecho de reunión y de opinión y de huelga y de expresión y prensa libre. Y lo demás.

Pero no lo dijo. Nos endilga la misma jerigonza a la que nos tienen acostumbrados los intelectuales cubanos.
Sin ella no podrían salir, ni publicar, ni recibir premios.

La jerigonza es el precio. Lo pagan.



Correspondencia

Estimado Juan, quería contarte que ayer me llamó mi amigo por teléfono. Mi amigo vive lejos, seguimos cerca gracias al teléfono y al correo electrónico. Apenas si hemos estado juntos un par de veces, pero aún así somos amigos y nos queremos.
Cuando nos conocimos, envueltos por nuestro deseo y por la magia que se había creado a nuestro alrededor, compartimos besos, caricias, placer, entrega, pasión, calor, noches, además de risas, comidas y conversaciones.
Juan, vivo con el hombre que es padre de mis hijos. A la vuelta de aquel viaje le hablé de mi amigo, de nuestras noches juntos. Supongo que mi hombre se sintió un poco celoso, pero sólo un poco, porque sabe de mi respeto y cariño. Por encima de los celos, él se sintió excitado cuando le conté detalles de los momentos de pasión y placer que viví.
Anoche me llamó mi amigo. Habíamos cenado, estábamos disfrutando de las dos últimas copas de “Marina Alta”. Acabé la copa, me levanté, subí las escaleras, me recosté en el sofá, la sala estaba en penumbras, por el balcón entraban las luces de la ciudad. Por teléfono, con mi amigo, recordábamos aquellos días plenos y nos imaginábamos lo que podría suceder en nuestro próximo encuentro. Mientras hablaba, mi hombre subió y se sentó junto a mis pies, acercó su mano y la puso entre mis piernas. Le conté a mi amigo lo que estaba sucediendo y él empezó a hacerme sugerencias de lo que podía hacer mi hombre: “dile que te quite los pantalones y después las bragas”; se lo dije y empezó a hacerlo. “me está quitando los pantalones. Espera, me muevo para que pueda alcanzar mis bragas, las está bajando, ya están a la altura de las rodillas… en este momento ya no tengo bragas. Me acaricia, sus dedos abren lentamente mis pliegues, ahora es su lengua, lo recorre de arriba abajo, se para en el pequeño e intenso botón”. Con dificultad, entre jadeos y espasmos, le contaba a mi amigo. Él siguió haciendo sugerencias: “dile que, ahora, te chupe…” con cierta vergüenza se lo dije y enseguida sentí la tibieza de la lengua de mi hombre girando ágil alrededor de mi duro músculo circular. Estaba cerrado con fuerza, pero al sentir la lengua se aflojó, y se convirtió en otra a vía de entrada a mi cuerpo.
“Lo está haciendo” pude decir al teléfono, entre gemidos, casi gritos.
A partir de ese momento mis recuerdos se vuelven borrosos, creo que cuando ya estaba totalmente relajada, mi hombre dejó mi culo y volvió a recorrer, lengua arriba, lengua abajo, todo mi coño. Yo intentaba contarle a mi amigo lo que estaba pasando pero apenas podía hablar. Él me hablaba, oía su voz suave y calmada, sus palabras y sus jadeos me acariciaban el alma, avivaban el fuego en mi mente. Él oía mis gemidos, el rozar de mi pelo con el auricular del teléfono. Yo me agitaba, a duras penas podía sostener el teléfono en mi mano, hasta que en un movimiento me apoyé sobre las teclas y se cortó la comunicación. Fue como si se cortase el placer.
“Espera” digo y vuelvo a llamar. Él descuelga. “Perdón” le digo “perdí el control y el teléfono se colgó sin querer”. Enseguida se enciende de nuevo el placer, a través de las palabras de uno y las caricias de otro, y se va irradiando desde mi centro por todo el cuerpo, hasta los dedos de los pies y los poros de mi cabello. Estaba abandonada a los dos hombres que disfrutaban en mí, con los que gozaba, ellos convergían en mí a través del teléfono. Sus caricias, sus palabras, sus jadeos siguen; mi cuerpo se agita cada vez más fuerte, me muevo, me hablan, me tocan, mi cuerpo convulsiona, cada vez más rápido y más fuerte. Me derramo. El teléfono, en la mano, junto a mi cara es lo único que tengo que seguir controlando, pero también en ese momento pierdo el control, mi cara cae sobre el teléfono y de nuevo se corta la llamada. Ahora, relajada, inmediatamente vuelvo a llamar, no decimos nada, todos derramados sólo nos reímos, chorros de carcajadas a uno y otro lado del teléfono.
Cuando recuperé la tranquilidad y la llamada había terminado, pensaba que lo que había sucedido era insólito. Había sido agasajada por dos hombres singulares que habían puesto lo mejor de ellos para darme placer, separados por muchos kilómetros y sin conocerse, a través de un aparato como el teléfono, que puede parecer muy frío pero que en esta ocasión nos había permitido compartir vida, alegría y placer.

Saludos,
Belleza.

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© Juan Abreu, 2006-2010