Gimnasio

Gimnasio

«Entro. Hace un año que vengo al gimnasio. Casi todos los días. Llego, introduzco la tarjeta en la ranura que activa el torniquete. Muchas veces no tengo ganas. Pero me obligo a hacerlo. Otra ceremonia. Liturgia de advenimiento de un mundo más físico. Un mundo donde soy más cuerpo. Fosa coronoidea. Espina ciática. Arteria femoral.

La relación con mi carne, músculos, huesos, piel, tripas, sexo es diferente desde que vengo al gimnasio.»

Gabriel, la voz de Gimnasio. Emanaciones de una rutina inicia una exploración que lo lleva a repasar su accidentada vida de paria, mientras se ejercita en un gimnasio barcelonés, y a meditar acerca del envejecimiento, el amor, el deseo, la vida y la
muerte.

Un discurso carnal al tiempo que desesperanzado, que constituye un canto a la gloria del cuerpo y una constatación de su carácter efímero.

Todo dicho de manera que, a nuestro pesar, en más de una ocasión, nos arranca una carcajada.

Ficha técnica.

Gimnasio. Emanaciones de una rutina
Editorial Poliedro. 137 páginas
ISBN: 84-96071-03-0

Críticas.

Proscritos

El mundo editorial anda en un impás de aburrimiento y previsibilidad realmente enfermizo. Solo hay que asomarse a las mesas de novedades o a las listas de ventas para sentir el vértigo del encefalograma literario plano. Algunos editores, sin embargo, asumen el riesgo de ofertar formas literarias alejadas de discursos esperables y releídos hasta el hartazgo. Hay editores, en este sentido, con el suficiente grado de inquietud y riesgo como para buscar fórmulas más allá de lo esperable. Y ése es el caso de Julieta Lionetti, fundadora de Poliedro. Varios títulos respaldan a la joven editorial: la nueva novela de Tom Spanbauer, La ciudad de los cazadores tímidos, o Gimnasio de Juan Abreu. Este escritor cubano y anti-castrista lleva varios años en España trabajando en una literatura al margen de los géneros. Gimnasio es un claro ejemplo de hibridez: un modelo bastardo a medio camino del relato corto, el diario personal o el dietario. A partir de la veneración absoluta al cuerpo femenino, Abreu especula sobre el sexo, la cultura cubana o la relación entre ciudades y países. Metafísica del sudor encaminada a la belleza de la carne. Muslos prietos y narraciones poco convencionales en la cabeza de un tipo viajero, inquieto y carnal; un tipo que ve en el sentido del humor una buena manera de luchar contra el hastío de la condición humana. Literatura espuria para tardes hormonales.

A.J. Luna





EL CAMINO DE TODA CARNE

Revista Encuentro

“Entro. Hace casi un año que vengo al gimnasio. Casi todos los días. Llego, introduzco la tarjeta en la ranura que activa el torniquete. Muchas veces no tengo ganas. Pero me obligo a hacerlo. Otra ceremonia. Liturgia de advenimiento de un mundo más físico. Un mundo donde soy más cuerpo. Fosa coronoidea. Espina ciática. Arteria femoral”, comenta el narrador de este libro. Narrador al que podríamos tomar por Juan Abreu (La Habana, 1952) y que tiene por costumbre (por ceremonia, dice con Montaigne) visitar un gimnasio cada tarde en Barcelona.
“Ojos candorosos, cuerpo perentorio. Tetas de pera, puntas en forma de chupones. Chocho bocón, mucha carne expuesta (...) Boca siempre semiabierta. Lengua gruesa. Culo poderosísimo”: los cuerpos de ese gimnasio son descritos con la misma puntuación expectante que utilizan los clasificados de contactos sexuales en los diarios. La Vikinga (así nombra el narrador a un cuerpo) no se deja ver en el solarium (tetarium, lo llama él) y el libro cuenta las rutinas del narrador hasta topársela, al final, medio desnuda. Hasta verle las tetas.
Gracias a un deslenguamiento que dista lo mismo del pudor que de la pornografía, despreocupado tanto de gustar como de disgustar, Juan Abreu ha escrito un libro de exactas descripciones corporales. Con frases despojadas de todo accesorio, pero no entecas sino ricas. Ocupadas lo mismo del florecimiento que de la podredumbre (tensiones ambas del esfuerzo gimnástico), igual del deseo que de la hipocondria. Pues si el narrador de Gimnasio es un voyeur, se trata de un voyeur que aguarda la inminente muerte de su padre.
El libro narra también la moribundia de un viejo. Llega desde Miami la noticia de que éste va a morir de un tumor cerebral, y las últimas páginas confirman esa muerte. Gimnasio marca el duelo por el padre del mismo modo en que Habanera fue (Muchnik Editores, 1998), escrito junto a sus hermanos Nicolás Abreu Felippe y José Abreu Felippe, marcó el duelo por la madre muerta.
“Te rejuvenezco para que levantes pesas, disfrutes tetas y culos conmigo en este gimnasio de pijos barceloneses aunque te estés muriendo en Miami”, ofrece el narrador a su padre. Y, como lastre de este esfuerzo imaginativo, acarrea un recordatorio constante de la muerte, enumeraciones de paisajes fisiológicos que suenan como bajo obstinado (empecinado, podríamos decir) a lo largo de todo el libro. Hasta juntar explícitamente muerte y deseo sexual: “Cuando la muerte ronda a los míos se me pone tiesa”.
Rodeado a diario de cuerpos trabajándose y rondado por la muerte de su padre, al narrador le corresponde una temporada de erecciones. E incluso a la salida del gimnasio la ciudad aparece a la luz de decrepitudes anatómicas, de aproximaciones a la muerte: “Balcones bolsas de ojos de ancianos. Paredes pellejos”. La vida glandular y arterial de Barcelona, lo subterráneo, es procurado por el ojo. De ahí algunas de las fotografías que acompañan al texto, fotos de excavaciones en las redes de agua, de conductos con indudable aspecto genital.
Todo monumento (como deduce el narrador a propósito de un obelisco) es homenaje al falo. La vulva parece quedar fuera de lo monumental, aunque por fortuna la arquitectura de Gaudí es un sostenido homenaje a la vulva. (Los balcones de la casa Batló encuentra justificación definitiva si imaginamos que han sido hechos para sostener culos de putas exponiéndose como mercancía.) El sexo aparece repentinamente en la escalera de un parqueo subterráneo, la decepción erótica en el encuentro con una conocida actriz de cine, en páginas hilarantes.
Alguna vez el narrador habla de un proyecto de libro (el ejercicio de la pintura lo ha abandonado luego de repensar a Beuys) compuesto por los monólogos de un cubano que termina por declararse ciudadano de un bar de Barcelona. Adelanto del bar de ese libro por venir es este gimnasio, espacio acogedor que no llega a país adoptivo. Pues a propósito de quienes salieran de Cuba se dice: “Muy pocos nómadas entre los evadidos: la mayoría buscaba un nuevo corral-nación”.
También al narrador de este libro le tocó salir por el puerto del Mariel: “Así gané la dicha de los que no tienen Nación”. Desasido profesional, se autotitula. “Un escritor como yo”, afirma, conquista su condición de nómada tras un largo período de imbecilidad bucólica, de cobardes aspiraciones, de frecuentes renuncias y de innumerables ceremonias domésticas (ha tenido la fortuna de que un dictador asole su lugar de nacimiento y lo eche a patadas); esto determina que convierta la página en blanco en Patria, en País, en Hogar permanente. Es decir, en No-Hogar, en horizonte siempre promisorio.”
Gimnasio sería ya un excelente libro de contar solamente el camino de los cuerpos hacia la perfección y hacia el envejecimiento y la muerte. Pero lo que lo hace aún más recomendable es la rabia. Rabia más desesperanzada que la de un Reinaldo Arenas, por ejemplo. (Acerca de la voluntad testamentaria dejada por Arenas de que dispersen sus cenizas en aguas cubanas, escribe Abreu: “Esperan dentro de algún closet, en New York, las cenizas de Reinaldo. (...) Aguardan a que ‘Cuba sea libre’. Cosa que no sucederá nunca porque la isla está llena de cubanos. Dejó por escrito su deseo. De la imagen de sus cenizas emana sabiduría aunque no son las cenizas de un sabio. ¿Por qué aquel mar? Por la mierda de la nostalgia, supongo. Rey nunca pudo deshacerse de eso. Tampoco de la estafa del ‘sitio en que crecimos’ y el ‘árbol de la infancia’. Pura mierda. Chantaje nostálgico, mierda y más mierda. Oblación ante el altar de la Patriacorral.”)
Con tal causticidad, Juan Abreu brinda un matiz extremadamente raro, escaso (y por tanto precioso) en literatura como la cubana. Una literatura que accede a pensar muy pocas veces la posibilidad de que los horrores del mundo moral logren metástasis dentro de las bellezas del físico mundo (para plantearlo en los términos de la ecuación herediana). Literatura empeñada en remendar idilios del mismo modo en que se remiendan virgos.
Próximo en temperamento a los ataques contra Austria (y en especial contra Salzburgo) de un Thomas Bernhard, cercano en descreímiento al cubano Lorenzo García Vega, Juan Abreu ha imaginado en otro de sus libros –Garbageland (Mondadori, 2001)- un destino para la Isla: basurero mundial.

Antonio José Ponte




EL GIMNASIO TRANSGRESOR DE JUAN ABREU

El Nuevo Herald

Cuando en 1996, Juan Abreu se marchó de Miami era poco conocido como escritor. Había publicado un par de libros y escribía una columna semanal en el Diario Las Américas, es cierto; pero la literatura no era su forma esencial de expresión. Su medio era entonces la pintura. Y aunque expuso con éxito en Nueva York y San Francisco, prefirió irse a vivir a Barcelona.

Quienes leíamos sus artículos periodísticos no nos sorprendimos. Su partida podía intuirse en las que casi eran crónicas de un viaje anunciado. En realidad, no sé cómo demoró tanto en irse. Abreu detestaba a Miami. Lo cierto es que en la Ciudad Condal comenzó a escribir otra vez y publicó, en colaboración con sus hermanos José y Nicolás, Habanera fue (Muchnik Editores, 1998), A la sombra del mar (Casiopea, 1998) y Garbageland (Mondadori, 2001) que presentó en la Feria del Libro de Miami de ese mismo año.

Ahora regresa,es un decir; sigue viviendo en la patria de Gaudí, con un nuevo libro: Gimnasio, Emanaciones de una rutina, publicado por la editorial Poliedro, el nuevo sello de Julieta Leonetii, y cuyo título y subtítulo parecen explicarlo todo. Y es que Abreu sitúa sus relatos (si es que pueden llamarse así estas magníficas viñetas) en un gimnasio de Barcelona en el que diariamente realiza sus ejercicios y donde sus emanaciones pueden llegar a ser de varias clases. Algunas son expresiones figuradas, agudas disquisiciones; otras son reales como los efluvios de un orgasmo. Que los hay, porque este es un libro, hasta con fotos, de fuerte contenido sexual. Si fuera una película tendría todas las advertencias fílmicas posibles: adult language, nudity, profanities and explicit sex.

Abreu no inventó esta literatura clasificada ‘’R’’; pero ha sabido utilizarla con acierto para expresar sus furias. Tampoco ha sido el primero en hablar sobre los triángulos de sudor que se forman en las rabadillas y empapan la licra de los pantalones de hacer ejercicios, pero ha aprendido a describirlos de una manera nueva, casi sacrílega: ``Una mancha oscura que parece una flecha indicadora nace en la cintura, oscurece el pantalón de licra y apunta hacia el canal oloroso. Allá abajo está Dios, pienso. Si yo fuera Dios también escogería ese centro de operaciones para monitorear el Universo’’.

Así, de irreverencia en irreverencia, nos lleva de la mano desde el salón de ejercicios hasta la piscina y el solarium (al que por la cantidad de senos al sol llama ‘’tetarium’’) y nos presenta su galería de personajes: la Vikinga, de ‘’vientre delicioso, alabeado’’; el Superpijo, con una piel que ‘’tiene textura de escualo agrietado’’; Musculito, en cuya espalda ‘’podría acampar una familia’’; la Escuálida, con ‘’su puntilloso esqueleto de pájaro’’; la Exhibicionista, que ‘’camina proyectando los pechos terminados en tornillos de chocolate’’; Ojos Bellos, con esas ``cejas copiosas que arrojan sombras sobre la luminosa mirada’’.

Con ese reparto estelar, Abreu hace su mise en escene. Y no sólo en el gimnasio, sino también en los exteriores de Barcelona. Los espacios abiertos parecen multiplicar sus casi siempre eróticas emanaciones: desde la fálica condición de los monumentos catalanes, hasta la vúlvica proporción de los edificios de Gaudí. Todo es sexo y cólera en sus observaciones. Ni la Sagrada Familia parece sosegarlo. Se recupera un momento contemplándola; pero enseguida arremete contra las esculturas de Subirach (las que están en la fachada de la Pasión) y dice: ‘’Si Gaudí resucitase se dejaría atropellar otra vez por el tranvía para no tener que ver lo que han hecho con su obra maestra’’. Ese es uno de los tonos de este libro: arremetedor.

Otro es el poético. Y es que hasta los párrafos más violentos están escritos con lirismo. Es una prosa dual: cruda pero elevada. La procacidad vestida de metáfora. Abreu ofende, pero lo hace de una manera hermosa. La emprende contra todo: patria, religión, costumbres. Ni los símbolos seculares de la humanidad escapan a su encono. No se detiene ante nada. Es iconoclasta a ultranza. Su embestida profanadora no tiene límites. Pero detrás de esa aparente furia se esconde la sensibilidad de un verdadero artista. Y la de un buen ser humano que se empeña en parecer malo transgrediendo a propósito.

Un par de relatos lo ponen al descubierto. Uno es cuando regresa a Miami a visitar a su padre enfermo; otro, cuando le comunican que ha muerto. La ternura oculta en ambos textos lo salva de una posible excomunión.

Gimnasio, Emanaciones de una rutina, es un libro extraordinario que desafía cualquier clasificación. Algunos lo odiarán a muerte por su irreverencia; otros se sentirán ofendidos hasta por sus fotos. El resto apreciará su calidad literaria. Si sobrevive las problemas anatemas que le esperan, será el vehículo que le brinde a Juan Abreu el reconocimiento internacional que merece.

MANUEL C. DIAZ

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© Juan Abreu, 2006-2011