Cuentos desde Miami

Cuentos desde Miami

Selección y notas de Juan Abreu.
Con un prólogo de Iván de la Nuez.

Con esta antología Poliedro quiere dotar de un lugar público a una serie de escritores cubanos que quedó varada en una playa
sin salida: lo que se ha dado en llamar la Generación del Mariel.

Exiliados de la Isla, rechazados por los cubanoamericanos de Miami de posturas reaccionarias, silenciados por la industria editorial española e ignorados por la norteamericana por escribir en español.

Como señala Iván de la Nuez en su prólogo, los marielitos resultan incómodos: «En momentos de una empalagosa sublimación de la cultura cubana por parte de los escritores cubanos y cubanoamericanos abonados a las recetas multiculturales, las historias de los marielitos no se dedicaban a “soñar en cubano” sino, y precisamente, a tener “pesadillas miamenses.”»

Desde el núcleo de esa ruptura de la “cubanidad” han nacido las historias de este libro.

Ficha Técnica.

Poliedro, 2004
286 pags.
ISBN: 84-96071-17-0

Críticas.

“CUENTOS DESDE MIAMI”. NACIDOS DEL DOLOR

El Nuevo Herald

No me sorprende el título de la excelente antología de cuentistas cubanos del exilio que, bajo el cuidado del pintor y escritor Juan Abreu, acaba de publicar la editorial catalana Poliedro. Es de notar que en Cuentos desde Miami, el “desde” acucia carácter transitorio cuando en realidad para muchos de los antologados la ciudad signifique indefinida permanencia.

Escriben, desde y sobre Miami, pero tratándose de exiliados, conscientes de serlo, no sienten que pertenecen del todo a la ciudad, tal vez por voluntad de no entregársela sin reparos. Y algo más: aquellos que concibierons sus cuentos desde Cuba, lo hicieron, como sucede a menudo con quienes viven en la isla, proyectándose a sí mismo en la ineluctable geografía física del escritor que anhela escribir en y con libertad, o asea, imaginando que su vida transcurre del otro lado del estecho de la Florida.

Por primera vez, sin hacer concesiones al confuso y malintencionado término de diáspora, ni al criterio de reunir ” las dos orillas” que, en la mayoría de los casos han convertido a otros intentos de antologías en auténticas ollas podridas – por no decir de “grillos”- Abreu ha logrado, con lucidez y coherencia, dar cuerpo, en y para Europa, a un movimiento literario que, a partir del éxodo del MAriel (1980) ha enriquecido notablemente el ámbito cultural de Miami.

Las veintitres historias reunidas en el volumen revelan el rostro más sorprendente de la ciudad: el de sus letras, que penan y purgan (no sabemos qué) por fundar los cimientos de tanto edificio atropellado, de tanto auto que atropella, tanta premura, tanto dolor.

De este desafío fundacional participan algunos que ya no están: Leandro Eduardo Campa (desaparecido), René Ariza y Guillermo Rosales, los tres protagonistas de una vida bohemia marcada por la autodestrucción y el desamparo.

Entre los que llegan a partir del Mariel cabe mencionar a Esteban Luis Cárdenas (Su cuento Un café exquisito es una obra maestra del género), Carlos Victoria (en cuyo cuento se oye la voz de uno de los ausentes: Reinaldo Arenas), Nicolás Abreu Felippe, Alejandro Armengol, Fernando Villaverde, Luis de la Paz, José Abreu Felippe y el propio Juan Abreu.

Les preceden María Valero, Marcia Morgado, Lorenzo García Vega y Manuel C. Díaz. Y llegan entre los últimos Rodolfo MArtínez Sotomayor y Armando de Armas.

No deseo hacer distinciones, ni dictar sentencia acerca del mejor o los mejores cuentos, pues parto siempre del principio de que el valor subjetivo y la experiencia personal (a veces irrelevante) de crítico se interponen cuando se enjuician trabajos por separado. Además, se trata aquí de una antología, y en un trabajo de este género lo que cuenta es el denuedo del antologador que, para el caso, como ya he dicho, supera (con creces) cualquier intento anterior de ofrecer un panorama de las letras cubanas en esta ciudad.

Todos son cuentos nacidos del dolor, de la vocación del escritor de entender su realidad, de volcar sobre el papel el imaginario y la riqueza que les dan la vida. Eso, Juan Abreu lo entiende muy bien porque con conocimiento de causa actúa desde Barcelona para darle, fiel a Miami, el espacio que otros le han negado; para que en Europa (y aquí) se dejen de tantas pamplinas sobrevalorando las letras (que se pagan a precio de barquillo de helado) de los escritores de dentro, a expensas de la censura, el fingido olvido y el desinterés que manifiestan hacia los que, en resumidas cuentas, escriben sin más recursos (¡pero qué recursos!) que la plena sinceridad y la absoluta libertad.

De ese Miami, subidos al expressway con Armando de Armas, abandonados en el downtown marginal de Campa, soñando con el reconocimiento improbable de las letras de Miami como Luis de la Paz o José Abreu, huyendo de esta segunda isla como María Valero, arrastrando un carrito del Publix junto Lorenzo García Vega, esperando mucho o nada, con la isla latiendo, como Manuel C. Díaz o viviendo las ausencias de Carlos Victoria, ha erigido Juan Abreu este gran cuento, este formidable cuento, que es el suyo propio y el de todos a los que la adversidad, la desidia, la mezquindad y la incertidumbre no han podido vencer.

William Navarrete



VINDICANDO UNA LITERATURA INVISIBLE

Revista Encuentro

“Cuando llegué a Miami en 1980, luego de constatar que allí había más de tres mil personas que se autotitulaban poetisas, abandoné aterrorizado la ciudad”, recordaba Reinaldo Arenas.
Un cuarto de siglo separa ese malestar del más conocido de los escritores de la llamada “Generación de Mariel” de esta antología preparada por Juan Abreu, que incluye a diecisiete autores seleccionados precisamente por la cualidad de no serlo apenas: escritores casi invisibles cuya vocación literaria ha persistido gracias a una tozudez verdaderamente colosal. Su escasa oportunidad en los predios del acierto editorial ha sido aquí su suerte. Genuinos, y muy a su pesar, coleccionistas de manuscritos inéditos, repletas sus Florida rooms de los ejemplares intonsos que han publicado a sus expensas en ediciones de autor ―productos de las tantas veces mal llamada vanity press―, muertos o desaparecidos otros, dueños en muchos casos de biografías tristes o atroces, que Abreu anota con gesto notarial, han sido relegados a los márgenes de la literatura. Cuentos desde Miami acerca una lupa a esa literatura del margen: las cuentas del minúsculo rosario resultan ser, en la mayoría de los casos, que no en todos, perlas muy finas. Una antología personal la que nos propone Abreu ―”la selección responde, más que a cualquier otro motivo, a mis gustos personales”, escribe en la nota introductoria―, que se propone dotar de visibilidad a los escritores menos leídos de la literatura cubana.
Ya era hora. Miami es la única isla, de entre el vasto archipiélago del exilio, que cuenta con una literatura verdaderamente propia, autoreferencial, completa. Una literatura madura, rondada por la marginalidad y las pasiones más disímiles; una literatura que se ha ido alejando de la mera enunciación de la nostalgia o la colección de postales patrias que seguramente propugnaban aquellas tres mil poetisas que espantaron a Arenas para lanzarse a construir la memoria literaria de una ciudad, que se parece, en los textos de esta antología, a cualquier otra urbe menos al Miami de cartón y pasquín que vocean periódicos y micrófonos de todas partes.
Otro es el Miami de casi todos estos cuentos. Otros son los perfiles íntimos que narran Esteban Luis Cárdenas, Alejandro Armengol, Leandro Eduardo Campa, Lorenzo García Vega o el propio Juan Abreu, en relatos que bastan para hacer de este libro una necesidad y un regalo de muy buena literatura. Los asomos de una picaresca en los magníficos relatos de Campa ―las lecciones de su Curso para estafar no tienen desperdicio―, la magistral frialdad con la que Cárdenas narra un episodio de una, si se me permite el oxímoron, encantadora sordidez, están entre lo mejor. También la mirada de María Valero, que mueve los márgenes de la sensibilidad del desterrado en lo que parece un cortometraje de Jim Jarmusch. De Fernando Villaverde, uno de los narradores más importantes de la literatura cubana, ha elegido Abreu un relato magnífico, como de Carlos Victoria, cuyo excelente recuento de una amistad sirve también para situar al lector ante los avatares de una literatura que ya tiene su propia historia íntima, su propia memoria, sus muertes. Con dos relatos cada uno están representados Armando de Armas y el malogrado Guillermo Rosales, cuya suerte editorial en Francia trajo recientemente a España el Boarding Home en una edición que no contenta con cambiarle el título, le adosó un epílogo que lo afea y minimiza. José Abreu Felippe, René Ariza, Manuel C. Díaz, Nicolás Abreu y una fantasía de Luis de la Paz acerca del menosprecio con que la ciudad trata a sus escritores completan lo mejor, de entre los veintitrés textos antologados, de estos Cuentos desde Miami. E incluso los menos afortunados, como los de Rodolfo Martínez Sotomayor o Marcia Morgado, sirven al retrato de conjunto, aunque sea para matizar el entusiasmo.
La nómina, habrá notado el lector atento, no incluye a una buena parte de los narradores más importantes y reconocidos que vivieron y murieron en la ciudad floridana. Fuera quedan, en efecto, Enrique Labrador Ruiz, Carlos Montenegro, Lino Novás Calvo, el propio Reinaldo Arenas o Lydia Cabrera, por ejemplo. Y es que Cuentos desde Miami apuesta claramente por los escritores menos leídos y evita que los acompañen figuras de valor reconocido y en algunos casos enraizados ya en el canon de la literatura nacional. Con ello, Juan Abreu se priva de haber hecho una antología definitiva de la literatura cubana de Miami, pero consigue su propósito, a todas luces militante: un tomo que, con la excepción de Lorenzo García Vega, carece de nombres asentados en el trasiego crítico y la mera lectura y que, sin embargo, ostentan una estatura literaria que pocos podían imaginar. Una reunión de escritores que, en su mayor parte, hacen de la ciudad el espacio de su literatura; escritores a quienes rondó la maldición y que hicieron de la beligerancia contra los usos sociales y literarios del Miami cubano una obra, más que una bandera; escritores que han hecho de su lengua un reducto de intransigencia ante las posibilidades más amplias del “dreaming in cuban”, privándose de ensayar la suerte de un Oscar Hijuelos, un Jerzy Kosinski, un Andrei Makine o, en tono mayor, la de un Nabokov o un Conrad, para jugarse el destino literario con sus lectores naturales, aunque constataran muy pronto que ni las tres mil presuntas poetisas compran libros, ni sus hermanos los publican.
Mariel es uno de los principales nutrientes del mainstream literario de Miami, y Abreu, él mismo marielito y coeditor de la revista Mariel que aglutinó a esa generación, incluye en la antología a un buen número de esos escritores. El ensayo de Iván de la Nuez que figura a manera de prólogo traza con innegable acierto los perfiles de ese grupo heterogéneo, su cualidad deslocalizada y singular dentro de una cultura dividida entre dos orillas, que los dejó navegando en el no lugar de la anomia. Una literatura, cabría añadir, que reúne buena parte de los signos con que Deleuze y Guattari calificaron la “literatura menor” de Kafka, al convertir en arma de doble filo una lengua que va camino del idiolecto, la cerrazón y la resistencia. Habrá que indagar en las razones de una poética del Mariel, más allá de la sinrazón política que le es constitutiva. Cuentos desde Miami parece ser una buena herramienta para comenzar a desbrozar ese mar de silencios y malentendidos.
Dar visibilidad a la literatura cubana escrita en Miami es el paso previo a su inserción en el cuerpo de la literatura cubana e, incluso, de la literatura de Miami. Desde Cuba se han patrocinado rescates parejos, como también desde revistas enclavadas fuera de Miami, pero esos tientos han estado siempre mediados por cautelas extraliterarias que generan parejas precauciones en el lector.
Un lector que se preguntará algo que ya han dejado de preguntarse los escritores cubanos de Miami: ¿qué rayos pasa? O más bien: ¿qué rayos les han caído en las espaldas dobladas sobre el teclado a los escritores de una ciudad que proclama su prosperidad, mientras ignora a sus escritores, empujándolos, en algunos casos, incluso a la mendicidad? Entre Lorenzo García Vega y Guillermo Rosales o Leandro “Eddy” Campa se trama el enigma y la desgracia de una larga nómina de excluidos del corpus de la literatura cubana y de la literatura en general. El carrito del Publix que empuja Lorenzo ―uno de los poetas más importantes de la lengua española; uno de los escritores más distintos de la literatura cubana―, el Boarding Home de Rosales y la desaparición de “Eddy” Campa, cuyos demonios personales azuzó la hostilidad del entorno, son estigmas de los que la literatura cubana no se librará ya jamás para su vergüenza, pero también para su gloria.

Jorge Ferrer

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© Juan Abreu, 2006-2011