13 noviembre 2007

Hace algunos días un estupendo artículo de Felix de Azúa. Pero, ay, cuánta ingenuidad. Propia de alguien acostumbrado a los modos y maneras democráticas. ¿De veras cree Azúa que una “consulta popular” saciaría las ansias naziterruñeras de los independentistas? El objetivo de esos patriotas no es demostrar que tienen razón sino imponer su fe a como de lugar. Cosa que van consiguiendo según las encuestas en las que, cierto que lentamente, suben sus números. El fanatismo patriotero no es una ideología es una infección. La mayoría de los seres humanos somos portadores del virus. De ahí el resultado de las encuestas.
Perder una “consulta popular” no los calmará. Al contrario. Les abrirá el apetito. La única manera de impedir que esa gentuza triunfe (con la consiguiente desaparición de la democracia) es trazar una línea en la arena. Y no permitir que la crucen.



El Gran Berlanga

Al tercer día de nacer ya me estaba cagando en la sociedad española. Siempre he tenido la sensación de que no iba a tener nada positivo, y he intentado crearme válvulas de escape. La principal es el erotismo, una de las pocas cosas que me asciende del nivel del barro y de la mierda de esta sociedad que me ha tocado.


Sí que nos asciende, mi admirado Don Luis.

Comentarios:

  1. Por cierto Juan… vas mejorando… hoy a una buena amiga independentista le has llamado “gentuza”... jajajaja

    Cristina, tu cristinita

    — Cristina, tu Cristinita, 13/11/07   

  2. Yo me pregunto que pensó a los tres días de nacer para maldecirlo todo…. suerte que el erotismo le trajo al mejor mundo que hay.

    Entrañable.

    Muy entrañable.

    — Cristina, tu cristinita, 13/11/07   

  3. Mi querida Zoé, gracias por compartir con nosotros tu delicioso encuentro con Berlanga. Don Luis no es sólo el mejor cineasta que ha dado España, es también un personaje fabuloso.
    El tipo de gente que nos señala el camino y nos salva.
    Cariños.

    — JA, 13/11/07   

  4. Berlanga es uno de mis ídolos. Hace años que coincidí con él en Sevilla, en un acto de estos encopetados. Antes de presentármelo la persona me dijo que bueno, que el señor Berlanga estaba mayor, y que lo disculpara si se excedía conmigo, le dije que no me importaba. Berlanga estaba sentado, todo regio y elegante, al verme se levantó, todo un caballero, me besó la mano, quiso darme su silla, pero le rogué que no, entonces alguien fue corriendo a buscarme una silla. Él se sentó y como quien no quiere la cosa puso su mano en mi nalga, y me la apretó, entonces alguien corrió hacia mí a disculparse, el otro no soltaba mi nalga. Hice señas al otro que lo dejara, porque total, si en una guagua cubana me han repellado hasta las orejas cualquier hijo de familia como a tantas mujeres cubanas, para mí era un honor que Berlanga me cogiera una nalga. Bueno, ahí estuvo agarrado hasta que apareció la silla. Pero la conversación no fue menos atrevida.

    — La Cabezona, 13/11/07   

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