19 noviembre 2007

Mañana de domingo lamentable.
Imposible desenroscar el tiempo, como quisiéramos.

Más tarde Poussin, Redon, Watteau, Cézanne y Delacroix en la Fundación La Caixa. El viento desabotonado en el Parc de Montjuïc. Las hojas que se bajan las bragas. El cielo que saliva. Barcelona a vista de pájaro vulgar y desastrada. La Sagrada Familia y La Polla Agbar salvan apenas la situación.
Nos metemos a comer en un sitio con balcón sobre la ciudad: en primer plano un trozo de bosque, un improvisado campo de fútbol que podría estar en Beirut o Cochabamba y más allá el escamerío de los tejados. Los alimentos espeluznantes y caros. El servicio… ¿qué servicio? Pero un Pinot francés hace de oasis y basta.

Regresamos. Atravesando la ciudad tengo la sensación de seguir en La Habana (debe ser el siniestro efecto de algo escrito por el ser-vil vicent) y me apresto a lanzarme debajo de un autobús. Pero se me pasa.

En casa jugos y olores indescriptibles y un ronroneo que ya fuera de su envoltorio demuestra que puede llegar a convertirse en magnífico compañero de aventuras.

Noche. Dibujo a la bella M. con el brazo levantado.

Comentarios:

  1. Barcelona es la única ciudad que me ha recordado La Habana, y aunque Madrid o Niza tienen momentos que revuelven la memoria, Barcelona es una referencia constante. No sé por qué.

    Los domingos son universales. Los he sobrevivido en varias latitudes y tiene esa misma carga lenta y espesa. Sobretodo la tarde es la más insoportable, porque la mañana se duerme largo con la recompensa del brunch y por la noche tienes otras opciones que te desquitan, pero esa tarde es interminable…

    Aún en Shanghai o New York, donde los comercios abiertos “around the clock” pueden hacer olvidar un día aciago, a Domingo se le ven las orejas por alguna parte. Me imagino que por algo fue declarado día feriado por el Señor . Amén

    — Ignacio de Loyola, 19/11/07   

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