22 enero 2008
Aumenta mi desprecio por la realidad.
Veo a esas manadas de salvajes azotándose en las calles. Un padre con la espalda ensangrentada y dos pasos detrás a su hijo de siete u ocho años en lo mismo. Otro niño se abre la cabeza con un machete.
Sangre e imbecilidad: una fiesta religiosa musulmana.
Y en las televisiones tratan esa bestialidad como si fuera un asunto digno de respeto.
Sarkozy. No mucho. Aquí y allá. Para mí la diferencia entre un mafioso y un político consiste en que el mafioso puede llegar a enmendarse y dejar de ser un delincuente. Contemplo a Sarkozy con interés antropológico y desesperanzado.
Veo una foto suya junto a Heil Benedicto que me da mala espina y echo un vistazo al artículo que la acompaña.
Sarkozy:
“En la trasmisión de los valores y en el aprendizaje de la diferencia entre el Bien y el Mal, el instructor no podrá nunca reemplazar al sacerdote o al pastor, incluso si es importante que se aproxime, porque siempre le faltará la radicalidad del sacrificio de su vida y el carisma de un compromiso basado en la esperanza”.
Es como decir que la razón y el conocimiento no bastan, que necesitamos la superchería y el fanatismo organizado para triunfar como civilización.
Parecía menos cretino.
