26 noviembre 2007

Mañana, ayer, domingo. Reordenar el estudio. Llamadas. Convoco a L. para que me sirva de modelo. Feliz porque le han asignado tareas que acercan a Pavese. Su risa en el aparato chapoteo. La imagino púgil peluda de tetitas pálidas. El tarareo de su juventud. Vendrá con una amiga, dice, te gustará, buenas curvas, contundente.

Si hay fotos, las muestro.


Tarde. Sofá y El poder del arte, de Simon Schama.
El gran Caravaggio: Cuando no estaba en prisión vivía en pobres cuartuchos del Campo de Marte, con apenas muebles, sus espadas y puñales, una guitarra y un violín, y un perro llamado Cuervo al que enseñó un numerito consistente en sostenerse sobre sus patas traseras. Ataviado con su vistoso, pero raído y sucio, traje de terciopelo negro, Caravaggio hacía su papel de hombre elegante y peligroso y frecuentaba las calles de los bajos fondos alrededor de la Piazza Navona en compañía de otros amigotes y matones. Los sbirri, los agentes de la policía papal, lo conocían perfectamente por su mucho genio y por su afición a blandir la espada y a lanzar improperios a los viandantes, sobre todo si se trataba de algún pintor al que Caravaggio consideraba un parásito patético y mediocre, o lo que es lo mismo, a prácticamente todos los artistas con la excepción de él mismo.

Y la puta ahogada en el Tíber convertida en virgen madre de Dios (honor que le hacía a la virgen). Y la no menos puta, deliciosa Fillide Melandroni convertida en Santa Catalina.

Caravaggio, ese moralista que intentó insuflar un poco de decencia a la Iglesia y sus santos.

Enviar comentario:

   

« Anterior · Siguiente »

© Juan Abreu, 2006-2008