Estampas

576

En Gainesville, Florida, un chiflado con una Biblia dice que quemará en una hoguera algunos ejemplares del Corán. Después de un chiflado con un Corán no hay nada más peligroso que un chiflado con una Biblia.
Se ha armado un escándalo internacional. La prensa europea se tira de los moños y supura odio y amenaza violencia el mundo islámico.

No es para tanto. El chiflado tiene derecho a quemar lo que le de la gana pues vive en un país libre.

Lo que más gracia me hace son los aspavientos del mundo musulmán. Santo cielo qué ofendidos están. La Unión Europea y la ONU por el estilo. Catherine Ashton (que debería arreglarse los dientes) ha soltado una de esas frases empaquetadas, Ban Ki-moon y su traje que salvaría de morir de hambre a mil niños haitianos, han expelido alguna monserga. Por dios (léase Darwin), calma, sosiego. Hay que celebrar que exista un país donde chiflados fanáticos como el pastor Jones puedan quemar el Corán o la Biblia.
Lo que deben hacer las dictaduras musulmanas (es decir, todos los gobiernos musulmanes) es luchar por niveles de libertad semejantes a los de USA para sus propios países. ¿Qué le pasaría a un ciudadano en un país musulmán que se atreviera a quemar el Corán cosa a la que naturalmente tiene derecho? Bueno bueno. No quiero ni pensarlo.

El Vaticano (experto en quemar libros) ha dicho que la iniciativa de Jones es un “ultraje a un libro considerado sagrado”.

Una soberana estupidez. No hay ningún libro sagrado.

575

Sentado a la sombra me zampo tres higos. Dulces y huelen a chocho limpio. El viaje y el estudio de los culos tanzanos me ha dejado gratamente agotado. Por entre las ramas del olivo caen algunas gotas de sol. Tengo que llenar el comedero de los pájaros. Tengo que dar por terminado el remoloneo. La luz de la piscina asciende cual vaharada. Ayer me dejé caer y el agua aún tolerable frescamente firme cerré los ojos e inmóvil hasta que el culo tropezó con el fondo y los abrí y el pito subía como un snorkel y allí permanecí todo lo que pude. Una boca en el snorkel por favor. Después salí y estuve tendido al sol que era el sol de las seis de la tarde ladeado y turrón.

Esta semana me he corrido cuatro veces dos de ellas pajas. Digamos que me mantengo con vida.

574

La última noche dormimos en Stone Town. Vagamos un poco y compramos tallas de madera, máscaras rituales. Esas niñas tapadas como animales. El sol me ha quemado el lomo y suelto la piel como una lagartija. Pasamos por la casa donde dicen que nació Freddie Mercury. Uno entiende que se haya largado a Inglaterra en cuanto pudo.
Vamos a cenar al mejor sitio de la ciudad. La comida espantosa. El servicio abominable. Es normal que demoren treinta minutos en traer el vino. Suerte que la vista es hermosa y hay un grupo de rusos borrachos que proporciona cierta diversión.
Si estoy un día más en esta atmósfera siniestra de mujeres esclavizadas disfrazadas tapadas y tapiadas me saldrá un virulento salpullido o sabe Dios (quiero decir Darwin) qué.

De regreso al hotel, leo a la escasa luz de la lámpara mientras en los altavoces la cantaleta coránica. Ni la cercanía del mar consigue disipar su nauseabunda nata. Salgo al balcón, miro los patios y las callejuelas. Qué horror. Me recuerda el infierno natal.

Suerte que mañana regreso a la civilización.

573

Es un techo de paja y tres mesas sus sillas un destartalado cobertizo un fogón de leña y algunos cachivaches. Pero la vista es magnífica y los dhows danzan en la marea alta. Los pescadores trajinan con el agua a la polla y al cielo le han crecido unas turgencias negras.
¿Lloverá?
Lloverá, dice el muchacho que sirve el agua y las cervezas, pero enseguida saldrá otra vez el sol.
Pedimos calamares, pescado, pulpo, patatas fritas, arroz.
Efectivamente. Cae un aguacero gordo y veloz y acto seguido vuelve a lucir el sol.
Pasa el tiempo.
Slowly, slowly pregona el cocinero su alegre carota asomando por la puerta del cobertizo. Apurarse aquí es un pecado mortal así que no queda otro remedio que esperar pacientemente. Tendrá su lado bueno pienso deben estar quince o veinte minutos corriéndose y horas y horas chupando.

Al rato, va un niño a los dhows y regresa con el pulpo, los calamares y el pescado.
Bueno, al menos ya está la comida en el restaurante y no nadando por ahí, me animo.
Poco después, sale el cocinero del cobertizo y comienza a lanzar el pulpo contra un arrecife.

Cuando termina, frota al animalito concienzudamente contra la arena.
Regresa con una gran sonrisa. Hay que ablandarlo, así se hace hasta en los restaurantes de cinco estrellas, afirma al pasar. Yo imagino una cocina y en medio un trozo de arrecife y su mar.

¿La comida? Bien. El pulpo un poco duro.

572

Volamos a Zanzíbar. La avioneta mide poco más de tres pies y voy contemplando el mar. Aterrizamos en Stone Town, un villorrio con ínfulas históricas, sucio y algo apestoso. Gran tradición esclavista. Gran influencia musulmana. Se nota. La infección religiosa es palpable. Mujeres tapadas como lo que son esclavas y el odio al cuerpo flotando en el ambiente. Algunas llevan hasta un trapo sobre los ojos, no sé cómo no se rompen la crisma. Mezquitas por todas partes y la cantaleta coránica en altavoces. Suerte que todo es en árabe o lo que sea la jerigonza.

Afortunadamente, el Zanzibari, donde nos alojaremos, está a una hora de camino, al norte de la isla junto al mar. La carretera es de mangos, maíz, caña de azúcar y cocoteros. Ya instalados, qué playas qué lugar magnífico qué servicio menos mal que somos extranjeros. No hay nada como ser extranjero. En todas partes.
Para un extranjero siempre es más fácil lo fundamental: huir.

Contratamos una excursión en dhow, esos botes de madera y vela triangular, y vamos a pasar el día a una isla cercana. Hacía mucho tiempo que no me bañaba en un mar de verdad. Tibio y transparente. No crean nada de lo que dicen sobre el Mediterráneo la Costa Azul La Costa Dorada La Costa Brava pamplinas todo esa costa es básicamente un interminable témpano de hielo y para meterse en el agua hay que ser un oso polar o similar criatura.
Esta sí que es una playa. Arena fina e inmaculada como debe ser. La temperatura, el color del agua qué puedo decir del color del agua sin traicionarlo.
Nadamos.
En el dhow nos acompañan algunos seres humanos y un par de alemanas. Cuesta trabajo relacionarlas con el género femenino a pesar de que tienen tetas. Ladran, ladran. Cuando se lanzan al agua ruego porque aparezca un tiburón judío pero ese tipo de cosa nunca se nos concede en este mundo imperfecto.

Comemos pescado fresco jugoso arroz frutas y una crujiente ensalada. Después vuelvo al mar que este mar no se da todos los días.

Hay una hamaca en el Zanzibari que debe ser declarada oficialmente paraíso terrenal.

Al día siguiente vamos a contemplar la puesta de sol. Clay es el capitán del bote. Esbelto, joven, el pecho al aire y una risa estupenda. Es musulmán. Hablamos del ramadán. Dice que lo hacen para mostrar respeto a Dios. Lo escucho pensando que Dios podría corresponder a tanto respeto mandando enfermedades mortales a los políticos y demás ladrones que los tienen viviendo como viven. Pronto se correría la voz de que Dios está matando a todos los políticos y demás ladrones y las cosas empezarían a mejorar. Pero eso sería pedirle demasiado a Dios.
Miro el cuerpo magnífico del muchacho y se me ocurren un montón de cosas que insultarían a Dios.
Tanto oscurantismo ofende mi inteligencia. Vuelvo el rostro al paisaje.Todo es violeta.

571

Vamos a beber cerveza de plátano. Leah se la pone en la boca y sorbe y todos sentados en círculo porque nos explican que tomar la cerveza de plátano implica una suerte de ceremonia de aceptación del forastero y de aceptación del padre de un varon que pretenda a su hija y le queda como un bigote color leche tostada sobre el labio y nos pasamos el recipiente la cerveza sabe a excrecencias corporales deja un picor en la lengua y mientras ejecutamos la ceremonia todo el tiempo pensando lo que me gustaría ver a Leah después que se tragara dos o tres vasos de esta cerveza y la consecuente pastosidad.

Cuando salimos de la choza descubro el almendro. Y de pronto del cielo cae mi niñez.

570

Vemos las niñas bailar. En la tierra roja del patio de la escuela. Me dice Leah que preparan la ceremonia de fin de curso. Es sexo claro pero además y fundamentalmente la conexión principal. ¡La conexión principal! Ya sé que la cultura lo es todo el escudo inventado contra la monstruosa Naturaleza lo es todo pero he aquí la prueba de que el arte ha estado desde siempre en los genes y conectado a la raja de la Nebulosa de Andrómeda.

Mueven el culo como preparando el Big Bang ahora ya sabemos de dónde salió el Universo. Negras nalgas como escuadrones de madres. Todo el baile es culo. Culo que se encrespa y late como el sol o más bien como un agujero negro y su correspondiente túnel del Tiempo. Que nadie venga a hablarme ahora de ballet, esa gimnasia para mariquitas y anoréxicas. Estoy totalmente extasiado por los culos danzantes y a punto de correrme.
Sin leche.
Una epifanía.


Y esa noche en el Serengueti a una nube le salen alas.

569

Vamos en bicicleta hacia el Lago Manyara. Atravesamos platanales, visitamos la miseria de una familia. La señora de la casa amable y culo fabuloso. Un anciano limpia peces raquíticos, nubes de moscas. Niños polvorientos. La cabaña es de fango. Le entrego un reluciente billete norteamericano a la señora. El marido distante bajito y feo muestra un estrafalario orgullo. Yo como cada vez que veo niños mocosos y barrigones de inmediato pienso en la imperiosa necesidad de matar al presidente del país. Al rato me calmo un poco e incluyo a todos los ministros en la matanza.

Esa manipulación, ese mal sabor de boca.

Volvemos a montar en las bicicletas y salimos a la intemperie. Un inmenso espacio refulgente nos separa del lago. ¡Jirafas, jirafas! Dos, cuatro, seis.
Dejamos las bicicletas y avanzamos por la pradera. Cobro consciencia de que estamos a pie de león. Es el mismo duro suelo seco que pisan las fieras cuando dan caza y matan y despedazan el que pisamos. Le pregunto a Josep, pero me tranquiliza. No vienen mucho por acá. ¡No vienen mucho! Encontramos el esqueleto de un ñú. Lo mató una familia de leones hace unos días, nos ilustra Josep. Leah, la otra joven guía sonríe beatíficamente. Nos acercamos a las jirafas.

Miren, la jirafa tiene su órgano sexual afuera. Nos advierte diligente Josep. Cierto. Agarro los binoculares y vaya órgano sexual el del jirafo. Le cuelga un buen trozo y no está más que morcillón, por lo que aprecio. La hembra jirafa también lo ha visto y se aproxima naturalmente ojo a la miradita. Leah se ríe, Josep se ríe, todos nos reímos. Me encanta esta gente.

En la distancia el lago reverbera como un montón de sal hirviente.
Allá un grupo de pescadores. Sus barcas. Estas aves rapiñando restos. Alzo la cabeza y contemplo el cielo blanco. Las montañas rodean el lago. Son de humo. A la izquierda y a unos quinientos metros las tumbadas moles de los hipopótamos. Montamos y a pedalear.
Voy detrás de Leah concentrado en su culo quién fuera ese sillín. Leah tiene los dientes afilados y la dejaría comerme. Sí, aquí, que me coma y pase esa larga lengua por mis huesos y los deje limpitos al sol.

Después de ver los hipopótamos nos vamos a comer a casa de La Mama. Platanales otra vez y agua que corre y una mata de ¡santo cielo! guanábanas y unos plátanos diminutos que se los mete uno de una sentada en la boca. La Mama cocina en un fogón de piedras y leña.
Le doy otro reluciente billete norteamericano a La Mama que es como mi Mama pero negra. La misma dulzura pero seguro me la invento.

Regresando por un terraplén sombreado vemos las niñas bailar.

568

Las mujeres tanzanas son culonas y hermosas. A los pocos días es un hecho que estoy en el país de los grandes culos. Arrancan en la cintura estrecha dichos promontorios forman un ángulo de noventa grados se elevan treinta o cuarenta centímetros de escarpada carne que en el tope ondula y luego descienden a la base de los muslos sin ceder un ápice a la gravedad y como si fuera poco es evidente por la manera en que lo llevan y mueven que estas mujeres saben que un culo así es un cerebro mejorado y una fuente ilimitada de placer y poder.
Me gustaría verlas agacharse y mear. Pienso sacando la cabeza por la ventana y con la lengua afuera.

Hay un evidente culto al culo en este país. A eso llamo yo sabiduría

Dicen que tenemos que ver los cinco grandes: elefantes, leones, búfalos, hipopótamos y jirafas. Pero es obvio que son seis los grandes. Seis.

Me trago el polvo rojo que levantan al caminar y abro al máximo las aletas.

Más adelante si me recupero hablaré de sus bocas.

Dejamos atrás la población y por fin recojo la lengua. Las praderas pasan y mientras recupero el resuello vuelvo a meditar sobre las diferencias entre la pobreza en Tanzania y la pobreza en India. En la pobreza de los indios todo es sentimental, infectado de religión. Aquí no. Me dicen que empiezan a follar a los nueve o diez años. Ese es un gran signo de sanidad mental.
No hay nada virtuoso en la religión como se sabe, sólo escarnio y embrutecimiento colectivo.

Nuestro guía y el gran todoterreno con su techo que se convierte en mirador. Ñus, gacelas Thomson, cebras, buitres, babuinos, grullas, estorninos soberbios, avestruces, árboles candelabro. Elefantes al alcance de la mano.

Leo en la guía mientras el coche poderoso sube y baja por los terraplenes una apología de Julius Nyerere. Nyerere viene a ser algo así como el padre de la Patria Tanzana. Un viejo conocido, Nyerere. Viajó a la pavorosa hace muchos años y en la ciudad de Santiago de Cuba lo recibió una conga que revela en todo su esplendor la siniestra frivolidad de los cubanos:

¡Nyerere Nyerere Nyerere!
¡Santiago te saluda sin saber quién eres!



La condición, brutal.

567

Bajo la escalerilla del avión y entro en la noche de África. La luna como la yema de un huevo. De un huevo europeo porque los huevos aquí son todo blanco. Pero todavía no lo sé. Mañana me comeré el primero en las inmensurables praderas y a mis pies allá abajo al borde de una charca beberán los elefantes, las jirafas, las cebras. La noche de África. El aeropuerto es como de película de Gregory Peck. Más pequeño que el avión que nos ha traído. Salen al paso flamboyanes y un enorme tamarindo.

Todo me resulta familiar: es aterrador

En la carretera, chozas y polvo y figuras agachadas hasta el hotel. Cuerpos rotundos, niños, perros, gallinas. Ducha y cena. La comida elemental, poca mariconada, nada de cocina, alimento. Algún chispazo como una sopa de calabaza y coco.
No puedo menos que comparar esta pobreza con la de India. Diría que esta pobreza folla y la de los indios reza. Es una gran diferencia.

El plan es salir a las praderas y las selvas al encuentro de leones, búfalos, cebras, impalas, elefantes y leopardos. Es lo que hacemos. El segundo día a la reserva de Tarangine. Moscas y leones jadeantes: devoran un búfalo.

Los observo con mis binoculares que hace tiempo como saben no me los quito ni para follar y estos días con más razón si cabe. Cabe. De la pradera sube un vaho un humo un aliento ardiente. Todo es literatura desde que bajé del avión. Ernest claro y Achebe y Tutuola pero tambien Lydia Cabrera.
Tropiezo de súbito con el árbol de Saint-Exupéry. Qué gran emoción.

Noche. El bungalow donde dormimos es de tela una especie de velamen sobre una plataforma elevada. La madera de la plataforma es negra. Custodiará el lugar un guerrero masai por si las fieras. El guerrero masai lleva un largo cuchillo un arco y dos fechas. En la madrugada escucho el desplazarse de los elefantes y el ruido inclasificable de las hienas: cualquier cosa excepto la famosa risa de las hienas. Huele a campo un olor que había olvidado. Me despierto a las cuatro y veo al masai de pie en el sendero y la habitación es una nave y el mastil es mi pito y las velas mi corazón.

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© Juan Abreu, 2006-2010