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La última noche dormimos en Stone Town. Vagamos un poco y compramos tallas de madera, máscaras rituales. Esas niñas tapadas como animales. El sol me ha quemado el lomo y suelto la piel como una lagartija. Pasamos por la casa donde dicen que nació Freddie Mercury. Uno entiende que se haya largado a Inglaterra en cuanto pudo.
Vamos a cenar al mejor sitio de la ciudad. La comida espantosa. El servicio abominable. Es normal que demoren treinta minutos en traer el vino. Suerte que la vista es hermosa y hay un grupo de rusos borrachos que proporciona cierta diversión.
Si estoy un día más en esta atmósfera siniestra de mujeres esclavizadas disfrazadas tapadas y tapiadas me saldrá un virulento salpullido o sabe Dios (quiero decir Darwin) qué.
De regreso al hotel, leo a la escasa luz de la lámpara mientras en los altavoces la cantaleta coránica. Ni la cercanía del mar consigue disipar su nauseabunda nata. Salgo al balcón, miro los patios y las callejuelas. Qué horror. Me recuerda el infierno natal.
Suerte que mañana regreso a la civilización.

















